Pepe Salas era capaz de imitar a un niño chico o emitir sonido como un sordomudo
Pepe Salas era capaz de imitar a un niño chico o emitir sonido como un sordomudo - Archivo personal
Reloj de arena

Pepe Salas: Vamos a escuchar

Su familia no quería que se dedicara al artisteo, pero él pasó. Cantó, fue humorista y... vendedor de pisos en la playa

SevillaActualizado:

Siempre quiso ser artista. Lo llevaba en la sangre. Le gustaban los escenarios, los aplausos, el reconocimiento, el moscatel de los vítores y, a diferencia de la enamorada de Francisco Alegre, ver su nombre puesto en los carteles. Pero en casa no querían, no lo dejaban. Su madre llegó a regañarle por cantar en el baño.

Ser artista entonces, además de levantar pasiones y arrastrar batas de cola, cargaba con el sospechoso mantón del estigma de clase. Cantar y bailar fue para muchos un trasunto de gente humilde, de gente de casas de vecinos de las de lebrillos grandes para la colada y duchas en barreños de latón con regaderas de agua tibia.

Pero Salas, a diferencia de Pepe Pinto, que cantaba que quería ser valiente, lo era. Y aprendió bulerías con Enrique el Cojo y cuando le escondían los zapatos para que no bailara se los facilitaba Rafael El Negro. Quiso tener garganta de seda y alas en los pies como Mercurio. Pero vendía muchísimo mejor parcelas y apartamentos en una Matalascañas adánica sin apenas alemanes y con chozos de eucaliptos para protegerse de la solanera.

El artista no se consagró encima de un tablao cantando por Caracol. Pero fue uno de los mejores vendedores que tuvo su empresa, «Playas del Coto Doñana», colocándole a la gente de jurdó de Pilas, Carrión, Almonte y Bollullos los pisitos de Matalascañas. Un sueño al alcance de pocos y de los que ganaban en el «Un, dos, tres» de Kiko Ledgard el apartamento en La Manga. En un mes, en comisiones de venta, se llevó un millón de pesetas de las del año 75.

Pero Pepe Salas quería ser artista. Más allá del ladrillo. Y acertó con el humor. En un tiempo donde había humoristas que te hacían reír contándote el chiste de un entierro o haciendo películas donde se acababa el petróleo. Se hizo un hueco entre los mejores y un nombre en el artisteo. Y no faltó nunca a un día del club.

En el mundillo se conoce como día del club a esas galas benéficas que, con tanta generosidad, activan los artistas sin ver un duro. Ni antiguo ni moderno. En esas galas solidarias siempre se entregó hasta las trancas. Pese a que le costara más de un disgusto comprobar cómo se quedaba muchas veces para la última actuación, como recuerda con cariño Charo Reina.

«Quiso ser artista. Pero su madre no lo dejó. Aprendió bulerías con Enrique el Cojo y Rafael el Negro le dejaba el calzado para bailar»

Fue un profesional en todos sus compromisos. No se le olvidará nunca aquel día en el que tenía que trabajar en un local de un pueblo de la Sierra de Huelva y lo llevaron unos amigos, hermanos por más señas.

Por entonces el único GPS era el mapa de carreteras. Y el que tenía que interpretar si coger a la derecha o a la izquierda en una bifurcación se equivocó. Se encajaron en el pueblo contrario. No soportaba llegar tarde a una cita laboral. La que montó en aquel coche fue tan grande que hasta el perrito que movía la cabeza se quedó más tieso que el lagarto de la Catedral…

No era apto para todos los públicos. Pepe Salas era un artista y como tal exigía que se le tratara a él o cualquier otro que se subía a un escenario como tal. Respeto, que se dice ahora. Respeto era lo que le pedía al público que asistía a sus actuaciones.

Una noche, en un pub frente al Niculela de Los Remedios, comenzó su actuación. Pero había dos cotorras lenguaraces que se contaban la vida al fondo del local. El humorista cortó en seco el chiste y les dijo: callarse que aquí hay un artista trabajando, que lleva un micrófono en mano y os puede dejar en ridículo. Era su forma de decir eso de vamos a escuchar…

«Fue uno de los profesionales más exitosos de su empresa vendiendo apartamentos en Matalascañas. En un mes juntó un millón en comisiones»

Uno de sus rasgos distintivos era jugar con la voz. Era capaz de imitar a un niño chico o emitir sonido como un sordomudo. En la casa de Bernardo de los Reyes en el Rocío, con una reunión pasada de compás, Lola Flores, Paca Rico, Auri Rueda y alguna más, se llevó tangando a dos madrileños toda la velada.

Se hizo pasar por sordomudo. Y Lola, Bernardo y Paca le dijeron a los capitalinos que para hablarle se pusieran delante de su rostro porque sabía leer los labios. Pepe bordó la noche convirtiéndose en el Harpo del Condado. Cuado terminó la cena y María de la Colina se arrancó por sevillanas, Lola llamó a Pepe para que bailara.

Y los chicos de Madrid, lilas para tres reencarnaciones, solo sabían decir: cómo baila el sordomudo… En el club Messalina de Los Remedios cambió el whisky por el biberón de los niños y comenzó a hablar como tal La dueña, atacada, ajena a la broma, solo sabía decir: saquen al niño del club que me arruina… Como esta dos mil más para darle la razón cuando decía: vamos a escuchar…