Jean Baptiste Sams, de Costa de Marfil, estudia Ingeniería; Sani Ladan, de Camerún, Relaciones Internacionales
Jean Baptiste Sams, de Costa de Marfil, estudia Ingeniería; Sani Ladan, de Camerún, Relaciones Internacionales - Rocío Ruz
UNIVERSIDAD

De la patera a hacer Ingeniería en la Loyola

La universidad privada sevillana beca a un alumno de Camerún que llegó a nado a España y a otro de Costa de Marfil que llegó en una patera

SevillaActualizado:

Sani y Jean son veinteañeros y tienen varias cosas en común: los dos son africanos, los dos son buenos estudiantes, los dos quieren mejorar el mundo y los dos vinieron a España a estudiar. Sani tardó dos años en llegar desde su país natal, Camerún, y alcanzó Ceuta a nado tras tres intentos fallidos; Bautista tardó algo más de dos meses desde Costa de Marfil, tras cruzar cuatro países, y alcanzó la costa española a bordo de una patera.

Los dos tuvieron suerte porque varios de sus compañeros de viaje se quedaron por el camino y otros fueron devueltos al desierto. Algunos perdieron la vida en el Sahara deshidratados o ahogados en el Mediterráneo, el mar que los trajo a Europa y donde cumplen su sueño de estudiar y formarse. «Sólo queríamos estudiar porque en nuestros países no nos dejaron», cuentan los dos a ABC. Y añaden: «Queremos ser útiles a los demás y cambiar las cosas en África». Con su valor, coraje, ambición, y un poco de la diosa fortuna que les permitió llegar hasta aquí, nada de eso podría descartarse.

Un infierno de dos años

Sani Ladan nació en Duala, una ciudad costera situada al oeste de Camerún, país donde viven aún sus padres y sus tres hermanos. El sueño de Sani era ser corresponsal de guerra pero cambió de idea tras alcanzar España. Todo lo que ha aprendido sobre la durísima experiencia de la emigración no se puede estudiar en ninguna facultad del mundo y a él le gustaría enseñarla. Todo empezó hace ocho años cuando se presentó a una oposición en su país para obtener una beca. Sacó una plaza para estudiar Periodismo en Quebec (Canadá), pero el Gobierno «vendió» su plaza a otra persona. «Eso me frustró mucho y decidí ir a estudiar Periodismo a Nigeria porque en Abuya había una buena universidad. Tenía dinero para pagarme la matrícula pero todo se estropeó».

A Jos, la ciudad nigeriana donde vivía, llegó un día el ejército terrorista de Boko Haram, famoso por sus matanzas masivas y por sus secuestros y violaciones de niñas. Sani tuvo que huir a Níger, donde le robaron todo el dinero que tenía. «Tuve que permanecer siete meses allí antes de cruzar el Sahara para llegar a Argelia», cuenta. En el desierto murió por deshidratación un compañero de viaje de los cuatro que lo cruzaron y estuvo seis meses durmiendo en el interior de unas tuberías para evitar las redadas de los policías argelinos. «Un día nos descubrieron y prendieron fuego a los dos extremos de la tubería. Huimos como pudimos pero el primero que salió sufrió graves quemaduras. Se le quedo pegada la ropa al cuerpo», recuerda.

Dos compañeros más y él siguieron por una vía de tren abandonada que conectaba Argelia con Marruecos antes de que los dos países rompieran relaciones diplomáticas. «Estuvimos tres días andando hasta que llegamos a la primera ciudad marroquí. Alcanzamos el Monte Gurugú, en Nador, desde donde intentamos entrar en Ceuta. Fueron cuatro intentos hasta que al final logré entrar a nado en territorio español por la frontera del Tarajal», cuenta.

Sani: «La tortura psicológica de temer a cada minuto que yo fuera el siguiente que deportaran, fue lo peor»

«Hubo disparos y la marina real marroquí nos golpeó en el agua. La ola me llevó a la orilla y gracias a que llegué inconsciente no me devolvieron al desierto y me llevaron a un hospital. A los compañeros que no resultaron heridos sí los deportaron —cuenta—. Dos de los chicos que venían conmigo murieron antes de alcanzar la costa».

Estuvo un año en un centro de estancia temporal para extranjeros de Ceuta, donde empezó a aprender español. Luego lo enviaron al CIE de Tarifa, donde estuvo dos meses. «Es una etapa que no me gusta recordar no tanto porque ocho personas compartíamos una celda de ocho metros cuadrados, sino porque de madrugada entraban policías y se llevaban a alguno para deportarlo a su país». Esa tortura psicológica, la de temer a cada minuto que él podría ser el siguiente, duró sesenta días. Todo lo malo, incluso lo peor, trae siempre algo bueno y allí trabó amistad con uno de los policías del centro. «Me invitó hace poco a su boda y le estoy muy agradecido», cuenta.

A los invernaderos

De Tarifa lo enviaron a Almería y allí se tropezó con otra dura realidad: no sería fácil para él poder estudiar en España. «Al director de la ONG que me llevó allí no le cabía en la cabeza que yo saliera de mi país por ese motivo y me dijo riéndose que yo tenía que trabajar en los invernadores y ganarme la vida». Sani tenía 21 años y tuvo que trabajar durante algún tiempo en el campo hasta que logró fugarse del centro de acogida.

«Acabé en Córdoba sin ninguna documentación y estuve los tres primeros meses durmiendo en la calle porque no conocía a nadie. Luego empecé a buscar ONG que trabajaban con inmigrantes. Sabía francés y me puse a dar clases y así conocí a una familia francesa que me acogió en su casa. Las clases las daba en una floristería de su propiedad y la señora se interesó por mí, por dónde y cómo vivía, y cuando le conté lo que había pasado, no podía parar de llorar». Le dijo que ella también tenía hijos e insistió en que ocupara temporalmente una habitación libre que tenía en su casa.

Fue la primera buena noticia que tuvo en dos años. Luego vinieron otras malas: no le convalidaron sus estudios en Camerún y tuvo que volver a examinarse del graduado escolar, de la ESO y del bachillerato. «Me hice una lista de todos los institutos de Córdoba y todas las mañanas iba muy temprano a cinco de ellos para intentar matricularme. Todos me decían que no era posible porque no tenía documentación. Hasta que un día un funcionario de la Consejería de Educación, cuyo nombre nunca olvidaré, lo arregló manualmente porque el sistema informático no lo permitía. Me lo hizo y al cabo de dos semanas me pude presentar».

Durante un tiempo, estuvo en Zaragoza trabajando en una empresa de automoción y regresó luego a Córdoba al conocer que la mujer que le había acogido en su casa padecía un cáncer. En la capital cordobesa tuvo la suerte de conocer a otra familia que lo acogió («mi segunda familia cordobesa», presume con orgullo) durante una charla sobre inmigración. «Los padres me escucharon hablar de lo importante que eran los estudios y la formación y me pidieron que convenciera a su hija adolescente de que los retomara», dice. Y cuenta que lo logró simplemente relatándole lo que él había tenido que superar para conseguirlo. «Fue -recuerda Sani- una de las primeras cosas buenas que pude hacer en España por los demás».

Después, aprobó la Selectividad y empezó a estudiar Integración Social, gracias a lo cual dirige ahora un centro para inmigrantes en Dos Hermanas. Antes descubrió la carrera de Relaciones Internacionales en la Loyola y sus responsables, tras entrevistarlo, le concedieron la beca ¿Quien podría negarse a hacerlo?

El viaje de Juan Bautista

A Epko Jean Baptiste Sams, originario de Costa de Marfil, un país costero situado en la zona occidental de África, tampoco se la negaron. Lleva tres años y medio en España, a donde llegó en una patera con otras doce personas. Ahora ha terminado segundo de Ingeniería de Organización Industrial. Es un gran estudiante, aunque él se limita a decir con modestia: «Lo aprobé todo». Su padre era maestro y viajaba mucho por el país con distintas escuelas. «Todos sus hijos tenían que estudiar y siempre nos enseñó a nosotros que esa es la clave para tener una vida plena. Mis hermanas prefirieron no hacerlo», cuenta.

Sani y Jean Baptiste en el campus sevillano de la Loyola el pasado martes
Sani y Jean Baptiste en el campus sevillano de la Loyola el pasado martes - Rocío Ruz

Este joven africano cuenta lo que le trajo a España. «Yo estaba en la universidad de mi país estudiando Física y Química. Hubo un golpe de Estado y una guerra. Luego cerraron las universidades durante dos años y, cuando volvieron a abrirlas, no había nada, ni laboratorios ni ningún material, y ni siquiera podías protestar.

Al final consiguió hacer tres años y sólo le faltaban las prácticas para terminar. «Me eligieron por mis notas, entre todos los universitarios del país, para estudiar Medicina Nuclear en Ghana, con una beca. Solo eran dos, pero como no pudimos hacer las prácticas, por la falta de laboratorios, no nos dejaron ir. Todo mi sueño se derrumbó. Me sentí cómo si no valiera nada de lo que había hecho hasta entonces, toda mi vida estudiando».

No se rindió y decidió ir a Europa a cumplir su sueño. Su viaje hacia España fue más corto que el de Sani. «Cinco personas salimos de Costa de Marfil. Tuve que pagar bastante dinero para poder abandonar el país. Allí todo es una mafia y para llegar a Europa tuve que gastarme todo el dinero que tenía, unos cuatrocientos euros. Primero llegue a Burkina-Faso, al norte, luego Mali, Argelia y Marruecos. En Argelia tuve que cruzar la frontera a pie».

Cuando llegó a Tánger, estuvo en un refugio de inmigrantes. «Había gente de toda África y algunos llevaban años esperando para cruzar hasta Ceuta. Lo intentamos varias veces pero la Policía marroquí nos cogió antes de que llegáramos al mar. Compramos una patera y a la cuarta conseguimos llegar a Ceuta. Eran las cuatro de la mañana del 29 de octubre de 2015 cuando vi por primera vez el faro de Ceuta. Nos detuvo la Policía y nos llevaron a un centro para inmigrantes, del qu eme liberaron el 5 de enero de 2016», recuerda.

Jean: «Cuando me subí a un autobús en Sevilla, me miraban como si hubiera caído del cielo»

Primero estuvo en Arcos de la Frontera; luego lo llevaron a Ávila. No conocía a nadie en España pero hizo amistad con unas monjas en Ceuta que le ayudaron. «Muchos inmigrantes con los que estuve se fueron a Francia o a Suiza. Cáritas de Sevilla fue la que me trajo aquí -cuenta-. Compartí un piso en Sevilla-Este y empecé a aprender español. El director de Cáritas me preguntó qué podía hacer por mí y le dije que quería estudiar. Me advirtió que era difícil y me buscaron un trabajo en la parroquia de Portaceli; después, la trabajadora social me ayudó a presentarme al examen de acceso a la universidad. No sabía español y le pedí un profesor de gramática, porque en matemáticas, física y química sí estaba preparado».

Lo estaba de sobra, pues sacó un diez. En Física obtuvo un ocho. «Yo quería estudiar Ingeniería y el adjunto al rector de Loyola me entrevistó y me dio una beca. Les estoy muy agradecido porque era mi sueño», dice.

En Costa de Marfil los profesores faltaban mucho a clase y Jean Baptiste cuenta que «aquí son son muy cercanos y están siempre disponibles. Tengo que preguntar mucho porque no entiendo bien del todo el español», comenta.

Buena acogida en la Universidad

La acogida de los demás alumnos también fue excelente. «Nos han hecho sentirnos casi como en casa -cuentan los dos, aunque Sani añade un matiz: «Noté alguna diferencia entre el campus de Córdoba y el de Sevilla, porque, al menos, en mi clase, vi aquí que había como clanes. También llegué a mitad de curso y los grupos ya estaban formados. Pero la acogida ha sido muy buena».

Jean Baptiste vive hoy en la Oliva con un compañero; Sani en un centro de acogida de Dos Hermanas, del que es responsable.

«Lo que más me llamó la atención al principio fue la mirada de la gente —cuenta el marfileño—. Algunas personas te miran en el autobús como si hubieras caído del cielo. También me sorprende que en los autobuses le cedo mi asiento a una persona mayor y no quieren sentarse. Y luego veo que se levanta un chico en una parada y entonces sí se sienta. No lo entiendo».

Una de las cosas que les gustaría cambiar son los prejuicios sobre los inmigrantes subsaharianos. «Mucha gente sigue viéndonos como gente que vende pañuelos en un semáforo o que te va a pedir dinero», se lamenta Sani, que pregunta siempre a los extranjeros que llegan a su centro nazareno si quieren estudiar.

A Jean y a Sani les costó adaptarse a la forma de vida sevillana y española con costumbres muy diferentes a las de sus países de origen. «En Camerún la gente es muy acogedora y lo comparte casi todo. Recuerdo que un día mi madre me notó triste al hablar conmigo por teléfono y me dijo que por qué no me iba a casa de los vecinos a pasar la tarde -cuenta a ABC-. Le dije que sí, pero no lo hice. ¿Qué me habrían dicho mis vecinos si les digo eso?».

Los dos coinciden en que quieren formarse para ser útiles a la sociedad. «África es un continente en el que hay mucho que hacer y queremos ayudar para que pueda desarrollarse y no ser simplemente una fuente de materia primas para los países industrializados», cuenta Jean, que recuerda que su país, Costa de Marfil, es el primer productor mundial de cacao y el tercero de café. «Allí no se transforma ni el 10 por ciento y quiero ayudar a mi país y al resto de Africa a transformar sus materias primas», dice.

Sani vuelve dentro de unos días a Camerún para estar algunas semanas con su familia. Jean no puede volver a Costa de Marfil porque no tiene la documentación preceptiva y si sale de España corre el riesgo de ser deportado. «En mi país tengo padres y hermanos, pero aquí tengo una gente que me apoya y que no la tengo allí», se consuela. Se refiere este joven marfileño a la gente que le ha ayudado en España, a Cáritas, a los curas, a las monjas, a la parroquia de Portaceli, a la Universidad Loyola. «Tengo incluso una especie de padres adoptivos en Sevilla -cuenta-. Me dolería mucho dejarlos a todos ellos. Son ahora mi familia. Siempre querré volver a Sevilla cuando tenga que irme. Ya tengo raíces aquí».