José de Pineda y Cantillana: El marqués de espadas
José de Pineda y Cantillana: El marqués de espadas - ABC
RELOJ DE ARENA

José de Pineda y Cantillana: El marqués de espadas

Actor de su propia comedia, intérprete de su propia tragedia, decía que su tiempo era previo a la Revolución Industrial

SevillaActualizado:

Compartió sábanas con Brigitte Bardot. David Niven le enseñó a colocarse el pañuelo en la chaqueta. Tenía las manos tan largas como las que pintó El Greco en el entierro del Conde de Orgaz y llevaba a gala no haberla doblado jamás. Una vez, en una entrevista, sin descomponer la figura, tan cuidada y elegante como la de un dandy londinense, me dijo que se levantaba lo más tarde posible para no ver sudar a los albañiles en lo alto de los andamios porque le daba miedo. No recordaba haber trabajado nunca. Y, etimológicamente, se consideraba un vividor. Un hombre que amaba la vida. Nació en Sanlúcar de Barrameda en el seno de una familia de comerciantes muy conocida y respetable. Para algunos fue el garbanzo negro del potaje familiar. Para otros un personaje literario, real, de carne con tomate y hueso de jamón, que se escapó de una novela picaresca del XVI. Pepe Pineda tenía claro que no pertenecía a este mundo. Decía que su tiempo era previo a la Revolución Industrial. Quizás porque la única máquina con la que hacía migas era la del café.

Fue marqués de una corte sin reyes. O con solo reyes de la baraja: copas, picas, espadas y bastos. En las copas, la fresca manzanilla en rama sanluqueña; en las espadas, los sablazos con estilo que se llevaban los incautos con los que se rozaba. Las picas para las noches de amor, donde rindió en sus brazos amables más de una sensual boca escandinava. Basto, tosco, áspero, nunca lo fue. Todo lo contrario. Tenía tanta clase impostada como una recepción en Buckingham. Y tanto peligro como la calle Estafeta en julio. Una vez lo vieron en Madrid, tieso como la momia de Tutankamón, con un pañuelo anudado en sus picos por nudos del sector del ladrillo. Albañileaba para salir de apuros. Un paisano lo reconoció y le preguntó: Pepe, ¿qué pasa? Pepe tenía más reflejos que una clase de neurología.

Y sin que la mineral factura de su rostro diera fe de duda respondió: «Silencio, estamos rodando». Actor de su propia comedia, intérprete de su propia tragedia, un guardacoches que rulaba cerca de la capillita de la Pura y Limpia, lo llamó a voces para saludarlo: «¡¡Marqués, marqués, ¿no me reconoces? Estuvimos juntos en la cárcel…» Hay lugares que no conviene recordar. Y menos si te manchan la fina estampa con la que te trabajas la postura. Pepe Arenzana le preguntó en cierta ocasión si le halagaba que le compararan con Jaime de Mora y Aragón. Nuestro hombre, que gasta picardía en cajita de porcelana, le dijo: «Era un gran señor. A ratos le hubiera gustado ser Pepe Pineda…¡¡Óle!!».

Fue un vividor. Claro que sí. Distinguía perfectamente entre la música de Vivaldi y la de una hormigonera. Una cosa es el estuco y otra el ladrillo, solía decir para distanciarse de los trabajos manuales. Esos trabajos que en la Roma clásica manchaban el prestigio de los patricios. Un tabú imposible de saltar sin que te jugaras la imagen y la reputación. Dicen que por la Costa del Sol no podía dejarse ver. Tenía por costumbre subir con sus conquistas cardiacas a unas habitaciones de las que salía sin pasarse por recepción.

Así inauguró el bar de Paco Hermosilla en la avenida de la Constitución, frente por frente al magnolio de la Catedral. Fue el primer cliente de esa casa. Entró el marqués de espadas acompañado por la pica que había colocado aquella noche en el Flandes del amor. Café, tostada de jamón, agua fresquita. Y piernas. Sin despedirse siquiera. Dicen que Hermosilla lo paró en Correos. Para ajustar cuentas. El marqués no sintió ni frío. Sacó la respuesta habitual de su libro de estilo sin perder un milímetro de educación y elegancia: no llevo nada suelto, señor. Le enviaré a mi mayordomo para que se pague lo consumido. Hasta hoy. Hasta el final de los tiempos. Un artista. Que participó en los rodajes de «Lawrence de Arabia», «55 días en Pekín», «Patton» y «La Caída del Imperio romano». Y compartió noches muy escocesas con Anthony Quinn, Peter Ustinov, David Niven, Peter O´Toole, Charlton Heston... Sin dudas, Pepe Pineda tenía muchos más recursos interpretativos que algunos de aquellos divos.

Un primero de mayo, fiesta del trabajo, me lo encontré en Sanlúcar y me aseguró, desde la cátedra de su ociosa excelencia, que le encantaba ese día porque no había que trabajar. En un restaurante sevillano, acompañado por Joaquín Moeckel, dio una conferencia a su manera sobre la altura que un caballero no debe pasar al agacharse: la posición de coger un palo de golf en el green. Doblarla más era un horror. Murió en Sanlucar, una canonjía de su marquesado, donde le confesó a su amigo Monrovi que lo enterraran en su tierra torera y de panteón le pusieran una flor. A Pepe Arenzana, años antes, le confesó su epitafio preferido: «Aquí yace Pepe Pineda: ¡cuidado…!».