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BORGIA

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Cuatro acaba de estrenar 'Los Borgia', una superproducción creada por Neil Jordan -el de 'Los Tudor'- que cuenta la historia de la famosísima familia italiana de origen aragonés Borja o Borgia, y en particular del papa Alejandro VI, que era el valenciano Rodrigo Borja. El actor que da carne a Rodrigo es Jeremy Irons, que compone un papel estupendo. La serie está rodada con derroche de medios, de manera que el espectáculo es impresionante. Hay algún fallo de guión, pero en general el relato está muy bien construido. En cuanto al argumento, se lo puede usted imaginar: asesinatos, lascivia, crueldad, etc. Seguramente habrá una cierta porción del público que quedará escandalizada por el retrato que se hace de la corrupción eclesiástica en ese mundo de finales del siglo XV. Sin embargo, y desde un punto de vista propiamente católico, estas cosas no dejan de ser un aspecto lateral, incluso menor de la historia de la Iglesia. ¿Por qué? Porque hay otras cosas mucho más relevantes. Mientras el papa Borgia y los cardenales cubrían de estiércol la Silla de Pedro, una reina -española- consignaba por primera vez la obligación de excluir la esclavitud en las tierras recién descubiertas al otro lado del mar, Cisneros -otro cardenal- reformaba en profundidad la inmoralidad del clero castellano, se creaban nuevas universidades en Europa y crecía un niño que enseguida fundaría la Compañía de Jesús. Ante eso, las andanzas de los Borgia -y los Orsini, Colonna o Sforza- no son más que vulgares manifestaciones del pecado original. Ya sabemos que la gente es mala, pero esto no deja de ser una trivialidad. Es verdad que, narrativamente, el retrato del mal es mucho más eficaz que el retrato del bien. Tampoco hay que olvidar que al público anglosajón y protestante le encanta maltratar a personajes mediterráneos y católicos, y pocos linajes hay tan mediterráneos como los Borja. Por cierto que de ese linaje saldría después San Francisco de Borja. Pero a éste no le harán película.