Sociedad

«La 'operación Nécora' fue un fraude»

Absalon publicará las memorias del 'arrepentido' clave en la primera gran redada contra el narcotráfico gallego Ricardo Portabales Testigo protegido

MADRID.Actualizado:

A la hora de la cita, un hombre de pantalón blanco, camisa de rayas y chaleco acolchado fuma en la segunda planta de un edificio de oficinas. Da vueltas por el pasillo. De vez en cuando se para, echa un vistazo al patio y tamborilea con los dedos en el cristal de la ventana. «¿Ricardo Portabales?» «No, está ahí dentro», dice, y señala la puerta entreabierta de uno de los despachos. Un buen rato después, el hombre que no era Ricardo Portabales, pero que de pronto sí que lo es, se sienta delante de la grabadora. «No me queda más remedio», se disculpa sin ganas.

Ricardo Portabales solo ejerce de Ricardo Portabales con quien quiere. Es una de las muchas precauciones a las que «hay que acostumbrarse» cuando «cierta gente» anda empeñada en 'darte pasaporte'. Ahí van otras: siempre llama él, nunca suelta el teléfono, procura no quedar con nadie con demasiada antelación y, pase lo que pase, antes de presentar sus credenciales, se asegura de que su interlocutor sí es quien dice ser.

¿Por qué se esconde? La madrugada del 12 de junio de 1990, en un insólito despliegue policial, más de 300 agentes sacaron de la cama a 51 personas, presuntamente relacionadas con delitos de narcotráfico en Galicia. El juez sentó en el banquillo a 48. El macrojuicio de la 'operación Nécora' sirvió para que España descubriera que existían Laureano Oubiña, Manuel Charlín o Sito Miñanco, convertidos ya por la opinión pública en el trasunto gallego de la Cosa Nostra siciliana; sirvió, también, para confirmar que en la ría de Arousa se cumplía a rajatabla el viejo postulado de «donde hay frontera, hay negocio»; que por allí se estilaban los pazos lujosos como palacios y herméticos como fortalezas; que las motoras teóricamente destinadas a la pesca de bajura amarraban de noche, sin luz ni pescado en las bodegas. Sirvió -finalmente- para que en los bares comenzara a hablarse de un joven y prometedor magistrado, un tal Baltasar Garzón, futura carne de titulares. Todo ello fue posible gracias a que un convicto, al que la prensa bautizó entonces como «el primer arrepentido de la historia del narcotráfico en España», se decidió a hablar, cantó nombres, estrategias, datos, conexiones y fechas clave. Tiró, supuestamente, de la manta.

Ese hombre es y no es Ricardo Portabales. Lo es, según su DNI expedido en 1981. No lo es, según reza en el que utiliza a día de hoy. Quiere volver a hablar, pero esta vez «contándolo todo y afrontando las consecuencias». Lo hará en 'Mentiras de Estado', un libro editado por el sello gaditano Absalon que saldrá a la venta en un par de semanas.

Primera pregunta: «¿Qué fue la 'operación Nécora'?» Respuesta: «Un fraude». «¿Por qué?» «Porque fue manipulada desde el principio». Matiza y explica: «Fue un fraude, al menos en un 80%. Sirvió para desviar la atención de otros temas políticos delicados». «¿Cómo acabó usted relacionado con ese 'fraude'?» «Imagínate que eres un chico de barrio, un poco 'espabilao', que conoces a gente, y las circunstancias de la vida te llevan a contratar buques para contrabandistas. Y entonces acabas en la prisión de Pontevedra».

Todo al revés

«Este montaje empezó cuando unas personas se entrevistaron conmigo allí, y me coaccionaron para hacer el tema. Me quedaban ocho meses para salir, pero podía tirarme ocho o diez años dentro. Y no solo eso: se haría correr la voz de que yo era un confidente. Y un confidente, en la cárcel, es peor que un violador. Tenía que colaborar con ellos. En un cuarto de la prisión que no medía más de seis metros cuadrados, dos señores me dicen que tengo que contar unas historias de gente a la que no conozco. Yo no conocía personalmente a Miñanco, ni a Oubiña...Yo trataba con gente de menor capacidad. Los demás estaban a otro nivel. Esa documentación me la pasaron. Y yo me negué. Me negué tres veces. Hasta que ocurrieron muchas cosas, entre ellas que me dieron una paliza, y que me advirtieron que me acabaría chupando diez años a pelo. Con cuatro hijos. Acepté».

Así que Portabales cuenta que durante meses lo fueron alimentando de información, «alguna sobre personas de las que no tenía ni puñetera idea de quiénes eran». «Ni Ochoa, ni Ballesteros, ni los tipos esos de la Camorra, ni los narcos colombianos».

Según el 'testigo', todo el proceso se hizo al revés: primero le facilitaban detalles sobre reuniones, él las 'cantaba', y luego aparecían fotografías que confirmaban los encuentros. O, por ejemplo, 'el testigo' se refería a una agenda, de un tamaño y de un color concreto, según le habían indicado previamente, y esa agenda terminaba 'saliendo' por aquí o por allí. Portabales ni afirma ni niega que las personas detenidas estuvieran implicadas en actividades delictivas: simplemente recalca que él no tenía la certeza. «¿A quién benefició aquéllo?», se pregunta. «A algunos políticos, a gente de la justicia que obtuvo notoriedad y a los que se pusieron sus medallas». «¿Por qué siguió adelante?» «Porque no me quedó otro remedio. Pero la verdad es que yo no soy ni ex narcotraficante ni arrepentido. De lo único que me arrepiento es de no haber tenido la suficiente gallardía, en su momento, para quedarme en prisión el tiempo que hiciera falta».

El acuerdo roto

«¿Qué ha cambiado? ¿Por qué quiere confesarlo todo ahora?» «Había un pacto, ese pacto se ha roto y ha salido perjudicada mi familia. Quiero limpiar mi nombre. Ya no les debo nada. Si ellos no han cumplido, yo tampoco tengo por qué cumplir».

El resultado de aquellas 'reuniones' en la cárcel de Pontevedra fue que Portabales, una noche de junio de 1990, se vio saliendo de Madrid «en una caravana impresionante de unos cien coches», en dirección a Galicia. «Y sobre las seis de la mañana comienzan a detener a estas personas, algunas semidesnudas o descalzas, y las llevan a la comisaría de Vilagarcía. Y allí las voy viendo pasar, y me da por llamar a casa, y mi mujer me dice '¡Qué estás haciendo, por Dios!, lo están dando todo en la tele, y entonces les pregunto que qué va a pasar con mi familia, y me aseguran que nos va proteger, pero nadie había pensado en eso».

Portabales cuenta que fue entonces cuando comenzó a trabajar para las Fuerzas de Seguridad del Estado. Primero con «pequeños temas de infiltración en narcotráfico», y después con otros «más delicados». Diez años 'largos' en los que afirma que tuvo acceso a documentación «sensible». «Decidí irme, estaba quemado, y ellos me pidieron que entregara todo lo que me había llevado. Y yo les dije que lo entregaría si antes ajustábamos cuentas. No estamos hablando de dinero, sino de que cumplieran lo prometido. Pero empezaron a joderme, me cambiaron la documentación, y yo tenía negocios, y ni siquiera podía acceder a mis cuentas... ¿Cómo voy a retirar dinero con una identidad que ya no es la mía?».

«¿Y qué pretende usted ahora con este libro?» «Que se abra una investigación y se demuestre si es o no verdad lo que digo».

Sin miedo

«¿Ya no tiene miedo?» «Miedo, ninguno. Respeto, sí. Y mira que tengo muchos enemigos. Hace solo unos días que un familiar muy cercano llamó a un contacto de Madrid, para ver cómo andaba, y éste le soltó: 'Dile a Portabales que tenga cuidado, que dejó muchos muertos por aquí'. ¿Qué muertos? ¿Muertos de palabra o de hechos? Pero yo he vuelto a este país a contar mi verdad y a cobijar a mi familia. Y a decir que el personaje del '13-90', de la 'operación Mago', de la 'operación Nécora', no existe, que solo era un papel que hice, un papel que me obligaron a hacer».

Y Ricardo Portabales, el hombre que ha tenido diez identidades distintas en una década, que lleva los últimos años deambulando por Sudáfrica, Centroamérica y EE UU, apaga el último de sus cigarros, más de una hora después de iniciar la conversación, y comienza a guardar expedientes y carpetas en una maleta grande que rebosa de papeles, discos duros, cintas de vídeo, y mientras lo saca todo, lo revisa, lo reordena y lo vuelve a guardar, avisa: «Que no se te olvide poner que esta vez he vuelto para dar la cara».