Sociedad

EL PLANETA MIRÓN

4.500 millones de personas, el 60% de la humanidad, usan móvil con cámara. Es la era del 'Homo Photographicus'

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La última vez que preguntaron a Annie Leibovitz por su cámara favorita, no citó ninguna de las carísimas y sofisticadas máquinas con las que ha inmortalizado a reyes, presidentes y estrellas del cine. La fotógrafa más prestigiosa del mundo se sacó del bolsillo un vulgar 'smartphone' y sentenció: «Esta es la cámara de nuestra era».

Por supuesto, la cámara de un teléfono móvil no puede competir con una poderosa réflex en prestaciones, pese al vertiginoso avance que está experimentando su tecnología. Tanto en resolución como en calidad de la óptica, luminosidad, sensibilidad y otros parámetros, se asemeja más bien a una cámara compacta. Pero tiene otras virtudes que la convierten en una herramienta insustituible. La primera es, naturalmente, su ubicuidad. 4.500 millones de personas -más del 60% de los habitantes del planeta- llevan en el bolsillo un móvil equipado con cámara. No hay acontecimiento, paisaje o suceso que no pueda ser traducido inmediatamente a píxeles y, en pocos instantes, compartido con el resto del mundo. Porque esa es su otra gran virtud: una imagen -o vídeo- tomada por un 'smartphone' puede ser lanzada a cualquier lugar en cuestión de segundos a través de las redes sociales.

Gracias a ello, cada ciudadano se ha convertido en un reportero gráfico en potencia: la muerte de Gadafi, las movilizaciones del 15-M, las torturas en la cárcel de Abu Ghraib, el terremoto de Lorca o el tsunami de Fukushima... Sus imágenes tomadas por teléfono dieron la vuelta al mundo. «No siempre puede haber un periodista con su cámara en el lugar preciso y en el momento exacto, pero siempre estará allí un ciudadano anónimo con su 'smartphone'», señala Daniel R. Bersak en 'La ética en el fotoperiodismo: pasado, presente y futuro'.

«Hace veinte años, para poder sacar una foto decente necesitabas una cámara carísima, por no hablar del precio de carretes y revelados. Ahora te compras un teléfono y te regalan una». Fernando Gómez, fotógrafo del diario El Correo, inaugurará en mayo su segunda exposición en Bilbao de imágenes realizadas con su celular. «Como decía Chase Jarvis, la mejor cámara es la que llevas encima. Evidentemente, la del móvil no vale para cubrir un partido de fútbol, y tampoco me puedo presentar con ella a una entrevista a Maribel Verdú, aunque sea por una cuestión de imagen. Pero he hecho muchos reportajes con el iPhone e incluso conozco fotógrafos que han cubierto con él una boda». Él sigue echándose al hombro cada día sus ocho kilos de máquinas, objetivos, flashes y trípodes para trabajar, pero ha convertido su 'smartphone' en la cámara de su tiempo de ocio. Como resultado, sus mejores fotos son las que hace con este teléfono, pues es el que utiliza para enfocar todo aquello que le llama la atención.

Los fabricantes, conscientes de que estamos ante la segunda revolución digital de la fotografía -la primera arrumbó hace una década al baúl de los recuerdos las cámaras analógicas, los carretes y cubetas de revelado-, se apresuran a mejorar las prestaciones de las cámaras integradas en sus 'smartphones'. El último en hacerlo ha sido Nokia, al presentar en la pasada Feria Mundial del Móvil su modelo 808, con una cámara de altísima resolución, de hasta 41 megapíxels -muchas más que las que ofrece la mayoría de las cámaras profesionales- y dotada de una óptica Carl Zeiss que permitirá tomar fotografías con un nivel de definición impensable hasta hace poco.

Un estudio publicado por la firma NPD confirma la tendencia: el 'smartphone' está reemplazando a la cámara fotográfica. Según una encuesta realizada en Estados Unidos, el 27% de las fotos tomadas el pasado año fueron capturadas con un teléfono inteligente; el año anterior el porcentaje era de sólo el 10%. Y mientras las previsiones auguran que en 2016 se venderán mil millones de teléfonos inteligentes, lo que supone un 230% de incremento respecto al pasado año, en 2011 la venta de cámaras fotográficas digitales bajó un 17% frente a 2010, y las de vídeo un 13%.

¿Una moda o algo más?

El auge de las cámaras de los celulares ha alumbrado un fenómeno social impulsado, curiosamente, por sus propias limitaciones técnicas. ¿Recuerdan la lomografía, esa moda fotográfica que arrasó en los años noventa? Se basaba en el uso de una cámara rusa, la Lomo, paradigma de la obsolescencia tecnológica soviética, con una lente que creaba un curioso efecto túnel y saturaba los colores. Pero su misma tosquedad encantó a miles de aficionados, que la adoptaron como quien acoge al chucho más feo de la perrera. Se crearon concursos, asociaciones de fanáticos, exposiciones...

Pues bien, algo similar pero a una escala infinitamente mayor sucede en nuestros días con la iphoneografía. «Es el arte de sacar fotos con el iPhone y modificarlas con las aplicaciones del propio teléfono», define Jaime Ferreyros. Hace tres años, este productor televisivo peruano recibió como regalo en el día del padre un iPhone 3GS. Aquel aparato le cambió la vida: hoy es un gurú de la iphoneografía y sus fotos se exhiben en las más prestigiosas galerías del mundo. «La cámara como tal tiene muchas limitaciones, y eso te obliga a usar tu creatividad para enriquecer la foto original», destaca.

En la comunidad Flickr, una plataforma en la que cualquier aficionado puede colgar sus imágenes, el iPhone 4 es ya la cámara más popular del mundo. «Siempre me apasionó observar a las personas en su hábitat natural, las calles, con sus miserias y grandezas. Esta cámara me permite capturar ese momento fugaz, editarlo y compartirlo en ese mismo momento», señala el conquense Juan Bermejo, miembro del colectivo FIE (Fotógrafos de Iphone Españoles). «Y es discreta, lo que viene muy bien para la fotografía callejera».

Si a Bermejo le subyuga retratar escenas cotidianas a través de miradas y gestos, el arquitecto Luis Rodríguez consigue extraer de la inagotable paleta de su iPhone los colores más luminosos para fotografiar su Sevilla natal. «El 'smartphone', sobre todo, aporta inmediatez», resume. «Basta con desbloquear y disparar. Es cómoda, pesa sólo 140 gramos, no tengo que andar arrastrando bolsas o mochilas. Hace poco gané un concurso de iphoneografía patrocinado por una destilería de whisky; el premio era un viaje a Escocia, y en los cuatro días que duró ni me acordé de sacar de la maleta mi otra cámara».

«Hoy en día, todo es clímax»

Son máquinas para tontos, que no requieren conocimientos técnicos: no hay que medir la luz, controlar la apertura del diafragma, obturación, enfoque... Sólo apuntas y disparas. Sus detractores dicen que no puedes tirar de zoom, centrar el foco en un plano ni forzar un contraste como harías con una réflex... Y sus defensores replican que hay infinidad de aplicaciones que lo hacen por ti. O que incorporan filtros, tonos, superposiciones, efectos vintage... Y esa es el arma secreta del 'smartphone': miles de aplicaciones baratas que se pueden bajar de las tiendas virtuales, muy sencillas de utilizar, permiten retocar imágenes y producir todo tipo de efectos. Este proceso de edición, que se conoce ya como 'apping', se ha incorporado al proceso creativo. «A veces algo me llama la atención por la calle, tiro una foto, la retoco mientras camino y la subo en un instante... Es una revolución», proclama Sion Fullana, fotógrafo y director de cine mallorquín afincado en Manhattan, un pionero a nivel mundial en la iphoneografía.

«Muchas personas creen que dominar y abusar del uso de aplicaciones les convierte automáticamente en 'iphoneographers'», matiza Ferreyros. «Pero no es así, del mismo modo que tener una brocha a mano no te transforma en un pintor».

La simplicidad de estas cámaras alimenta el desdén con que sus usuarios suelen ser mirados por los profesionales. «No todo el que hace fotos es fotógrafo», aduce un veterano reportero gráfico. «¿Qué es, entonces?», rebate Rodríguez. «Según la RAE, fotógrafo es el que hace fotos, y eso es lo que hacen millones de personas gracias a sus móviles. El 'smartphone' ha democratizado la fotografía».

Cierto, pero, ¿es eso necesariamente bueno? «De 'Homo Sapiens' hemos pasado a ser 'Homo Photographicus'», advierte el prestigioso experto en comunicación audiovisual Joan Fontcuberta, premio Nacional de Fotografía en 1998. «Nos hemos convertido en una sociedad 'voyeur', lo fotografiamos todo, prácticamente sin discriminar, y eso lleva a una cierta banalidad de los resultados, en contraposición a aquella idea del instante decisivo de Cartier-Bresson, para quien la fotografía debía recoger el clímax. Hoy en día todo es clímax. La fotografía ya no se reserva para actos solemnes, sino para cualquier cosa. Eso nos lleva a un horizonte donde el gesto de hacer la foto prevalece sobre el mismo contenido de la imagen».

Fontcuberta se muestra escéptico con la teoría de que, a mayor cantidad de fotógrafos, más artistas surgirán. «La cantidad genera mucho ruido visual. Esa contaminación, una vez destilada, permite extraer ciertos hallazgos fortuitos que pueden constituirse en un nuevo vocabulario expresivo», admite. «De la misma forma que el hiperrealismo fue a buscar un motivo de inspiración en la fotografía 'amateur', hoy todos esos fotógrafos que aprietan un botón despreocupándose del resultado pueden dar lugar a unos accidentes capaces de constituirse en nuevos patrones estéticos: el flash utilizado fuera de norma, los desencuadres, la pixelación... La idea de mala calidad que va pareja con los resultados de estos teléfonos es asumida y pasa a convertirse en un programa estético. Un poco como el grunge o el punk generaron una moda del desaliño».

¿Cambiará esta moda la fotografía como lenguaje? Muchos creen que ya lo está haciendo. Instagram, una aplicación de Apple para compartir en las redes sociales fotografías realizadas por iPhone, cuenta con 27 millones de usuarios en todo el mundo, sólo 16 meses después de salir al mercado. A la sombra de este fenómeno han brotado como champiñones infinidad de foros que muchos aficionados utilizan como redes sociales, para colgar sus fotos de vacaciones o intercambiar chascarrillos. En estos inmensos contenedores se vuelcan cada hora cientos de miles de imágenes, desde el postre que nos vamos a zampar a la consabida puesta de sol, la foto de la mascota, un autorretrato erótico...

Imágenes que fluyen

Ramón Esparza, profesor de Comunicación Audiovisual y Fotografía en la Universidad del País Vasco, destaca otro fenómeno asociado a este auge: la desmaterialización de la imagen. «La fotografía ya no se hace para perdurar en un álbum, sino para circular. Se convierte en un objeto de consumo que no remite a nada ni a nadie. Por la Red circulan millones de imágenes que no sabes de quién ni de qué son». La foto, añade Esparza, «pasa del estado sólido al líquido, de un rectángulo de papel de 10x15 centímetros a algo que fluye, sin tamaño ni forma, que se adapta al soporte y en él cambia sus características. Prueba a ver una misma imagen en las pantallas de un móvil, un ordenador y una televisión: cambian los colores, el tamaño, hasta el encuadre».

Definitivamente, estamos ante una nueva corriente artística, asegura Jaime Ferreyros. «Nuestros trabajos se exponen en importantes galerías por todo el mundo. Creo que nos encontramos ante un nuevo medio que va dar mucho más que hablar en el futuro».

Fontcuberta también discrepa aquí. «Antes la fotografía servía como documento, ahora es una marca biográfica, no tanto para documentar lo que se ve sino para poder demostrar que se ha estado allí. Supongamos que infinitos monos se ponen a hacer garabatos. Al final, uno acabará por escribir el 'Quijote'. Pero lo hará por casualidad, será inconsciente de lo que ha hecho. Lo importante ya no es que por azar surja el 'Quijote', sino que alguien, con capacidad de prescripción, diga que esto tiene un valor».

«Es cierto que la fotografía sufre una sobremasificación», admite Sion Fullana. «Instagram está llena de perfiles que se definen como fotógrafos sin serlo; hay demasiada gente que se toma demasiado en serio a sí misma. Pero también gracias a esta universalización de la cámara muchas personas han conseguido de repente crearse una voz propia. Mientras alguien apueste por buscar esas voces que tienen algo que decir, será positivo para la fotografía».