
Casas Viejas ha sido sinónimo durante muchos años de la aldea del crimen. Ahora también lo va a ser, no sólo por haber sufrido los grandes cambios del resto del país, sino por disponer de uno de los más ricos tesoros que cualquier otra ciudad, incluyendo muchas más grandes y potentes, desearía tener. A saber: el material etnológico, fotográfico y fílmico que El Americano acumuló durante sus estancias en la localidad gaditana y que su viuda, con gran generosidad, está donando. Una pequeña muestra de él, doscientas cincuenta fotografías, ilustran las más de quinientas páginas del libro que no pudo ver publicado en español.
El trabajo de Mintz no es un estrecho estudio local. Además del carnaval de Casas Viejas se fijó en el de Trebujena y, como no, en el de Cádiz. Tampoco se trata de un acercamiento superficial. Escrito hace casi dos décadas seguro que hay quien lo da por superado aunque nadie podrá negarle su carácter pionero en algunas de las cuestiones que plantea y a quienes da la palabra. En definitiva un clásico antes de que, al alcance del público, éste lo haga suyo. Por si fuera poco el interés del texto, además nos encontramos con las cientos de fotografías que le acompañan.
Iniciativas como ésta son las que enriquecen a una población, a una sociedad. Ponen en solfa algo que parece que echó en España demasiadas raíces: que el movimiento se demuestra andando. Que no es lo mismo que el Movimiento franquista que pretendía cuadrar el círculo de permanecer en el mismo sitio a la vez que se movía. No, no estoy hablando de una cinta de esas de los gimnasios sino de tutelar a una sociedad hasta el punto de que sus ciudadanos, más bien súbditos, terminen por delegar no ya de su capacidad para transformarla sino de pensar, siquiera, la posibilidad de que existe otra diferente de la que viven. La Dictadura franquista utilizaba la corrupción y el miedo. La actual democracia no ha soltado por completo el lastre de la corrupción y quiere que el ciudadano sólo ejerza como tal cada cuatro años.
Cuando vaya al colegio electoral a depositar una papeleta con una lista compuesta de nombres elegidos en cualquier covachuela partidaria. Si pretende hacerlo en otro momento, de forma continua o, grave pecado, alejado de los circuitos normales se verá bajo sospecha de no se sabe que ocultos intereses o manos negras. La independencia no es contemplada más allá de un nominalismo vacuo que sí esconde intereses de diverso pelaje.
Porque una sociedad sana necesita de iniciativas como ésta de Brezo y Castañuela, es por lo que merece que tenga toda la suerte del mundo. Empezando porque quienes arriesgan su patrimonio no lo pierdan. Si sale adelante, su ejemplo puede servir a otros. Aunque, pensándolo bien, quizás sea eso lo que pueda disgustar a más de uno.









