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Elogio de la sencillez
Comienza la publicación de las 'Obras completas' de Miguel Delibes, el escritor que ha mostrado la belleza de una literatura despojada de ornamentos innecesarios
28.10.07 -

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Elogio de la sencillez
MAGISTERIO. Delibes posa con su última novela, ante el cuadro de su esposa ('Señora de rojo sobre fondo gris'). / EFE
En el discurso de cierre del II Congreso de la Lengua Española, celebrado en Valladolid en 2001, Miguel Delibes mostró a los asistentes la piedra angular de su escritura: «Hace más de medio siglo -dijo- cuando pergeñaba mi novela El camino, hice un gran descubrimiento: se podía hacer literatura escribiendo sencillamente, de la misma manera que se habla». Nadie podría hacer un elogio mejor de la sencillez, de la pureza de estilo más absoluta. Delibes es, a juicio de los estudiosos de la literatura española del siglo XX, quien mejor ha defendido la lengua, quien la ha despojado de florituras innecesarias, quien ha fijado para siempre palabras que nuestros abuelos usaban con naturalidad porque describían objetos y actividades cotidianos y nuestros nietos desconocerán hasta que se adentren en sus textos. La editorial Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores inicia ahora la publicación de las Obras completas del escritor, que acaba de cumplir 87 años y dio por terminada su carrera literaria hace casi una década, con El hereje. Fue una carrera modélica de un autor crítico con su tiempo, imbuido de un inequívoco sentido ético, ajeno a capillas y repartos de influencias, alejado de la faceta más mundana de la vida literaria y respetado por todos sus colegas, sin excepción. El resultado está en más de 7.000 páginas (siete volúmenes) repletas de vidas de personajes inolvidables, narradas con la sabiduría de los viejos contadores de historias.

Era un contador de historias que no parecía encaminado vocacionalmente a serlo. Porque Delibes, hijo de un profesor de la Escuela de Comercio, siguió los pasos profesionales de su padre y su mayor afición durante la adolescencia era el dibujo. Ni siquiera leía más allá de lo exigido en el colegio. ¿Cómo llegó a convertirse en escritor, entonces? Paradójicamente, leyendo un libro que en apariencia no podía estar más alejado de la literatura: el Curso de Derecho Mercantil de Joaquín Garrigues. Fue la elegancia de la escritura del autor de ese manual, su capacidad para explicar de forma atractiva conceptos áridos y complejos, lo que llevó a Delibes hacia las letras. Eso y la influencia de su novia primero y esposa después, Ángeles de Castro, quien le regaló una máquina de escribir como presente de boda.

Historias de Castilla

El autor de Cinco horas con Mario aprendió los pequeños trucos del oficio de escritor en El Norte de Castilla, el periódico liberal de su ciudad, donde entró como caricaturista -la vieja afición por el dibujo- para ser muy pronto redactor y más tarde subdirector y director. Para entonces, era ya un escritor conocido, que se había hecho famoso de la noche a la mañana con su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, que ganó, no sin polémica, el premio Nadal. Él mismo ha confesado en alguna ocasión que de no haber sido por ese premio probablemente habría dejado la literatura. Pero aquella obra imperfecta y tan distante de lo que luego sería su estilo se alzó con el galardón y se inició así una carrera impecable.

A lo largo de medio siglo, Delibes ha escrito historias de esa Castilla que le vio nacer y ha sido el escenario de su vida. Siempre a máquina, en cuartillas hechas con los restos de las bobinas de papel prensa, ha construido una galería de personajes cortados casi en su totalidad por un patrón: son perdedores que habitan un mundo condenado a la desaparición, pero que nunca venden la dignidad que los hace humanos.

Escribe Ramón García Domínguez, que ha dirigido la edición de estas Obras completas, que el credo novelístico de Delibes se puede resumir en tres conceptos: un hombre, un paisaje y una pasión. El paisaje es siempre el de Castilla, de los riscos del norte, casi en las estribaciones de los Picos de Europa, a la vieja ciudad de Ávila; de las llanuras interminables verdes, amarillas y ocres, según la estación, de la Tierra de Campos, a los frondosos bosques de Soria. Y, por encima de todo, Valladolid, identificable en tantas novelas, aunque de forma explícita sólo aparezca en El hereje.

Ancianos y niños

Las pasiones son todas aquellas que mantienen vivo al ser humano, en especial las derivadas de la lucha por la supervivencia. Aunque sobre los paisajes y las pasiones destacan los personajes. Los más memorables son niños y ancianos. La niñez siempre ha interesado a Delibes. «Es una etapa -tal vez la única que realmente merece la pena de ser vivida- cuyo encanto, cuya fascinación, sólo advertimos cuando ya se nos ha escapado de entre los dedos», ha escrito. De ahí quizá la profunda huella que dejan en el lector El Nini (Las ratas), Daniel el Mochuelo (El camino), el Senderines (La mortaja) o la Niña chica (Los santos inocentes).

La inocencia de los niños se transforma en resignación cuando se vuelven ancianos. Algunos ven ya cerca la muerte y lo hacen con serenidad, sin la rebeldía inútil ni los aspavientos con que la recibe la sociedad urbana contemporánea. El protagonista de La hoja roja lo explica con una metáfora: los librillos de papel de fumar incluyen una hoja de ese color que avisa de que el paquete se está terminando y es preciso comprar otro. Sólo que no hay una segunda vida y quien ve que la hoja roja se ha asomado ya en su librillo debe ser consciente de que su tiempo está literalmente agotado.

Todos los grandes personajes de Delibes están impregnados de un profundo sentido ético. Lo hay en los más complejos y lo hay también en los más simples, como el Azarías de Los santos inocentes. En realidad, Delibes habla por boca de sus personajes, explica su visión de la existencia a través de sus diálogos. «Pasé la vida disfrazándome de otro», ha apuntado. Y también: «Yo no he sido tanto yo como los personajes que fui alumbrando. Ellos son, pues, en buena parte, mi biografía». Lorenzo, el protagonista de varios de sus libros de caza, es quizá el más próximo al autor. Pero resulta imposible no ver también al propio Delibes detrás de Nicolás, el protagonista de Señora de rojo sobre fondo gris', un homenaje de hondo lirismo a la esposa muerta con sólo 50 años.

Su obra se extiende mucho más allá de las novelas; no obstante, es la veintena de títulos que se inscriben en este género donde está lo más conocido y seguramente lo mejor de la producción de Delibes. Algunos títulos destacan sobre los demás: La sombra del ciprés es alargada, por ser el primero; El camino porque define el estilo que desarrollará el resto de su carrera; Las ratas, una descripción de gran dramatismo y enorme concisión estilística de la vida en la Castilla rural; Cinco horas con Mario, seguramente el monólogo más célebre de la historia de la literatura española; Los santos inocentes, reflejo de la vida rural y retrato de una desigualdad sangrante; y El hereje, la obra maestra, verdadero prodigio de ambientación y lenguaje, a cargo de un autor a quien algunos consideraban ya agotado.

La victoria imposible

Delibes recibió de su médico la noticia de que padecía un cáncer de colon justo el día que terminó de corregir las pruebas de El hereje. Si el diagnóstico le hubiese llegado unos meses antes, quizá esa novela no habría visto la luz, como él mismo ha reconocido. En el prólogo al primer tomo de las Obras completas, con una lucidez que estremece, Delibes dice que como escritor «murió en Madrid el 21 de mayo de 1998, en la mesa de operaciones de la clínica La Luz (...) En el quirófano entró un hombre inteligente y salió un lerdo. Imposible volver a escribir. Lo noté enseguida. No era capaz de ordenar mi cerebro. La memoria fallaba y me faltaba capacidad para concentrarme». No se queja porque «otros tuvieron menos tiempo». Pero se niega a aceptar su supervivencia como una victoria. «Los cirujanos impidieron que el cáncer me matara, pero no pudieron evitar que me afectara gravemente. No me mató pero me inutilizó para trabajar el resto de mi vida. ¿Quién fue el vencedor?»

«Debemos escribir como somos», ha dicho Delibes. Él se despojó de cualquier artificio a partir de 'El camino' y optó por la desnudez literaria. «Siempre he escrito de oído, con la regla y el estilo de aquellos a quienes previamente he escuchado para luego cederles la palabra». En sus novelas es el pueblo, y en él representadas todas las clases sociales, quien habla. Él asegura que se ha limitado a copiar la voz y la palabra de la gente de Castilla; un trabajo inmenso para quien, modestamente, ha dicho de sí mismo que ha pasado seis décadas siguiendo el rastro de las palabras ajenas para encontrar las suyas.
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