María Dolores de Cospedal, Pablo Casado y Soraya Sáenz de Santamaría, tres de los aspirantes a liderar el PP
María Dolores de Cospedal, Pablo Casado y Soraya Sáenz de Santamaría, tres de los aspirantes a liderar el PP - ABC

Evitar el cisma, pensar en el PP

Nada tiene pinta de ser pacífico hasta el congreso del PP. Los contendientes, eso sí, nunca deberían perder de vista el objetivo real: un partido fortalecido, renovado y capaz de seguir liderando el centro-derecha para volver a La Moncloa

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La negativa de Alberto Núñez Feijóo a pugnar por la sucesión de Mariano Rajoy ha generado una decepción en el PP, por cuanto estaba llamado a aglutinar a las distintas «familias» en torno a un liderazgo sólido entre el electorado, las bases y los dirigentes. A cambio, ya son seis los aspirantes cuando faltan escasas horas para que se cierre el plazo para presentar candidaturas. Las dos últimas fueron ayer Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal, que se presentan bajo una legítima expectativa, pero también bajo el riesgo de anularse mutuamente y de que este proceso termine causando una fractura en el partido. Como consecuencia del «no» de Feijóo, el PP se va a adentrar en una batalla y en un hervidero de conjuras y ambiciones. Es cierto que desde una perspectiva positiva, inicia un proceso inédito con una elección orgánica que huye del dirigismo del clásico «dedazo». También es verdad que no fueron precisamente pacíficos los recientes procesos de elección de liderazgo en otros partidos, como la pugna Sánchez-Díaz en el PSOE. La pelea a ceño fruncido va en el guion.

Sería ingenuo sostener, salvo sorpresa de última hora con la aparición de algún nuevo candidato aún oculto, que Sáenz de Santamaría, Cospedal y Casado parten con opciones más viables que las de los otros tres candidatos. Santamaría encarna la continuidad de Rajoy, de quien fue mano derecha en La Moncloa. Sin embargo, goza de escasa ascendencia orgánica en el partido, ya que su labor se centró en la gestión del Gobierno. Cospedal fue una leal secretaria general del partido con Rajoy, especialmente cuando tuvo que asumir personalmente la réplica del PP -a veces inapropiada y desacertada- a gravísimos casos de corrupción como Gürtel o Bárcenas. Además, son muchas las evidencias de una severa incompatibilidad de caracteres entre ambas. En los últimos años no se han molestado en ocultarlo y su mutua falta de armonía solo quedaba a cubierto bajo el liderazgo común de Rajoy. Sin él, y con ambas en liza, los distintos sectores del PP tendrán que retratarse con sus votos, porque a priori ninguna se retirará voluntariamente de la carrera sucesoria.

Más apartado de las luchas intestinas está Casado, perteneciente a una generación política posterior y capaz de encarnar una «tercera vía» para generar consensos. Tiene experiencia política en el partido desde muy joven al amparo de Aznar, fue designado vicesecretario con Rajoy y tiene dotes de comunicación y empatía meritorias. Solo el «affaire» sobre su currículum académico puede empañar su candidatura si finalmente debe acudir a declarar al Supremo. Nada tiene pinta de ser pacífico hasta el congreso extraordinario. Los contendientes, eso sí, nunca deberían perder de vista el objetivo real: que salga fortalecido y renovado un partido capaz de seguir liderando el centro-derecha y al que los españoles vuelvan a colocar en La Moncloa.