«Últimos momentos de don Fernando IV el Emplazado», pintado por José Casado del Alisal en 1860 y expuesto en el Senado
«Últimos momentos de don Fernando IV el Emplazado», pintado por José Casado del Alisal en 1860 y expuesto en el Senado - Senado
Leyendas

El Emplazado a morir

Antes de ser ejecutados en Martos, los hermanos Carvajal emplazaron a Fernando IV a comparecer ante la justicia divina por su injusta sentencia. Historia o leyenda, el rey falleció 30 días después

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¿Fue un infarto? ¿Una embolia? ¿Una apendicitis? ¿Sufría una enfermedad de tipo tuberculoso como apuntan algunos historiadores? Nadie sabe a ciencia cierta de qué murió Fernando IV, con sólo 26 años, el 7 de septiembre de 1312. Se había echado a dormir en su tienda y poco después lo encontraron en la cama, sin vida.

Su inesperado fallecimiento fue pronto relacionado con el ajusticiamiento de dos caballeros por orden del Rey apenas unas semanas antes. Así lo recogió la Crónica de Fernando IV, escrita en el mismo siglo XIV: «E otro día jueves, siete días de setiembre, víspera de Sancta María, echóse el Rey a dormir, e un poco después de medio día falláronle muerto en la cama, en guisa que ninguno lo vieron morir. E este jueves se cumplieron los treynta días del emplazamiento de los cavalleros que mandó matar en Martos».

En esta localidad jienense fueron apresados los hermanos Juan Alfonso y Pedro de Carvajal, de la Orden de Calatrava, acusados de haber asesinado en Palencia a don Juan Alonso de Benavides, privado del rey. Fernando IV, de camino al sitio de Alcaudete, se desplazó hasta Martos para condenar a muerte a los dos hermanos. «Era normal que el rey acudiera allí donde su presencia fuera necesaria. Por entonces la corte se encontraba donde estaba el monarca. Además, en este caso él se siente ofendido porque quien ha muerto asesinado es una persona muy cercana a él», explica el historiador José Calvo Poyato.

Aunque a los asesinos de Benavides no se les pudo identificar y los hermanos Carvajal siempre se declararon inocentes, fueron condenados a morir despeñados en Martos. «Fueron arrojados por la Peña de Martos en una jaula de hierro con púas afiladas en su interior», relata Calvo Poyato. Para este historiador, no era un medio tan inédito por aquel entonces. «El método que luego se conoció como la Dama de Nuremberg (un sarcófago de hierro con púas en su interior que al cerrarse dejaba clavada a la víctima) ya existía», afirma.

La Crónica de Fernando IV -y otras como la de Alfonso XI o las de Diego Rodríguez de Almela, Diego de Valera o Esteban de Garibay- recoge que los caballeros, viendo que iban a ser ejecutados injustamente, emplazaron al Rey a comparecer ante la justicia de Dios en un plazo de 30 días.

Cumplida la sentencia, el Rey continuó su camino. Estaba cerca de Alcaudete, a unos 20 kilómetros de Martos, cuando «tomóle una dolencia muy grave» y tuvo que dirigirse a Jaén aunque «no se queriendo guardar, comía carne cada día e bebía vino...». Murió el 7 de septiembre, víspera de Santa María, fecha en que se cumplía el emplazamiento de los hermanos Carvajal.

Similitudes con Jacques de Molay

Alguien debió decir que había oído a los hermanos Carvajal que habían emplazado al Rey. De ahí su nombre de El Emplazado con el que es llamado ya desde el siglo XIV. «Resulta muy fácil construir la leyenda después de que a un hecho que puede resultar controvertido le sigue un acontecimiento histórico en un plazo de tiempo corto», considera el catedrático de Historia y doctor por la Universidad de Granada en Historia Moderna.

Calvo Poyato, autor de « El Gran Capitán», recuerda que apenas dos años después, el 18 de marzo de 1314, fue sentenciado en París el último maestre de la orden del Temple. « Jacques de Molay fue ejecutado en una isla en medio del río Sena, para que los condenados no pudieran ser escuchados y seguramente había tamborileros para que no se oyese nada. ¿Quién pudo oír lo que gritó?», se pregunta el historiador.

Se dice, sin embargo, que también el maestre templario emplazó al rey Felipe IV de Francia y el Papa Clemente V a comparecer ante Dios para dar cuenta de su injusticia en el plazo de un año y, como ocurriera con Fernando IV, fallecieron en el plazo señalado.

Los huesos del sepulcro

Isaías Morales publicó un artículo en 1918 en la revista «Don Lope de Sosa» en el que describía « Lo que hay dentro del sepulcro de los Carvajales». Basándose en el testimonio del párroco Juan Francisco Páez, contaba cómo se sacaron los restos de la tumba, en presencia del médico de Martos, José López Luque, y del juez de instrucción Rafael de la Haba y Trujillo. López apreció «que todos ellos pertenecían solo a dos personas, por cierto de gran desarrollo (...) deduciendo la consecuencia de que serían dos hombres robustos y fornidos».

El médico de Martos no se explicaba, sin embargo, «cómo los huesos largos se encontraban íntegros y sin fracturas, cosa inverosímil, siendo arrojados los Carvajales desde el sitio "Mal Vecino", en la cumbre de la Peña, altura muy respetable y bajando despeñada y dando golpes y sacudidas en las rocas, la jaula de hierro en que se les encerró, hasta caer en el sitio donde está emplazada "la Cruz del Lloro"».

El rudimentario análisis llevado a cabo por López Luque en la iglesia de Martos hace más de un siglo cuestionaría la forma en que murieron los caballeros calatravos, en el caso de que éstos fueran sus restos. Calvo Poyato tiene sus «dudas» de que los cadáveres fueran de los hermanos Carvajal. «Con las precauciones que se tienen hoy para atribuir los restos de Cervantes, ¿quién sabe quién está enterrado allí?», se pregunta.

De la mezquita de Córdoba a San Hipólito

A Fernando IV le dieron sepultura en Córdoba. «Hacía tanto calor en aquellas fechas de septiembre de 1312 que su mujer Constanza decidió enterrarlo en la mezquita», apunta el miembro de la Real Academia de Córdoba. A la Capilla Real de la Mezquita-catedral de Córdoba se trasladaron también los restos de su hijo Alfonso XI, que a su muerte en el sitio de Gibraltar en 1350 había sido enterrado en la catedral de Sevilla, puesto que dejó dicho en su testamento que deseaba ser sepultado junto a su padre.

En la mezquita de Córdoba permanecieron ambos monarcas hasta el reinado de Felipe V en siglo XVIII, cuando sus restos se trasladaron a la Real Colegiata de San Hipólito.