José María CarrascalSeguir

¿Presidente a la fuerza? José María Carrascal

Como buen norteamericano, sonríe también, pensando ¿quién me ha mandado meterme en este lío?

Lo que Donald Trump dijo al New York Times fue justo lo contrario que había dicho en su campaña electoral. Nada de meter en la cárcel a Hillary, ni del muro con México, ni de insultos a Obama, ni de expulsión masiva de emigrantes, ni de los alardes machistas, racistas o ultras que le hicieron famoso y odioso. Al revés, dijo que tanto Obama como los Clinton le caían simpáticos, que planeaba unir al país, que había cambiado de parecer en ciertas cosas, entre ellas el New York Times, al que calificó de «joya, no sólo americana, sino también mundial». Excuso decir que los redactores no se rindieron ante tan vulgares piropos y un escepticismo irónico empapa sus columnas sobre el encuentro. Pero no pueden ignorar que ha sido elegido presidente y dicen «veremos si los hechos siguen a las palabras». Que es lo que dicen sus seguidores, escamados, y sus rivales, sin acabar de creérselo.

¿Va a ser el Trump presidente distinto al Trump candidato? se pregunta todo el mundo, sin que nadie se atreva a responder, por lo que las hipótesis se multiplican. Mi teoría particular es que el primer sorprendido de su victoria fue él. Su aspiración era alcanzar la candidatura republicana. Para alguien que no había tenido un cargo público, que nunca se había significado ideológicamente, acostumbrado a hacer y decir lo que le daba la gana sin consecuencias, pues nadie le tomaba en serio, era toda una hazaña. Y una vez conseguida esa candidatura, título vitalicio y rango superior al resto de los norteamericanos, volver a su vida privada, a sus negocios, a sus desplantes, a sus programas de TV y otras fantochadas, que es lo que realmente le gusta y para lo que sirve. La presidencia se la regalaba a la tontaina de Hillary, para que apechugara con sus problemas.

Pero miren ustedes por dónde, ese «duendecillo irónico» que según Hegel mueve los hilos de la historia le ha jugado la mala pasada de tener que afrontar tales pejigueras: la indignación del pueblo norteamericano, la guerra de Siria, el caos de África, el reto de Putin, la oleada de inmigrantes, la amenaza terrorista, la clase media que desaparece, el miedo de los europeos y mil asuntos sobre los que no tiene ni la más remota idea. Me lo imagino en su torre dorada recibiendo a próximos y extraños, todos pidiendo algo con una sonrisa, sin poder contestar más que con un apretón de manos ante las cámaras. Como buen norteamericano, sonríe también, pensando tal vez ¿quién me ha mandado meterme en este lío?, pero diciéndose «a lo hecho, pecho». La pregunta del millón de dólares es: ¿va un aficionado a lograr lo que la clase política no ha logrado, dar la vuelta a la endiablada situación? Se aceptan apuestas.

Advertencia: todo esto es sólo un hunch, «sentimiento de que algo ocurre o va a ocurrir, sin pruebas de ello», según el diccionario. Como casi todo hoy en día.

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