OPINIÓN

El dilema de la sangre

Los populistas mantienen su doble discurso: aquí dicen querer los contratos de Navantia y en Madrid los declaran malditos

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Fueron casi dos años de espera hasta que llegó algo parecido a la confirmación. Es el contrato de trabajo que mayor carga de empleo va a dar a los astilleros de Navantia, en San Fernando, en su historia. La ansiada ocupación completa, durante un lustro, se resistió a ser confirmada y aún ahora, con los acuerdos teóricamente firmados, sigue en el aire. Cuando ya todo estaba pactado y negociado, teóricamente cerrado, las heridas se abren enteras. Ayer bastaron unas palabras y una protesta para que cada duda floreciera como un gigantesco árbol oscuro. Las discrepancias siguen bien vivas.

Los líderes nacionales de Podemos se han encargado de recordar que Arabia Saudí –el país que ha encargado esas cinco corbetas que serían prosperidad industrial para San Fernando– es un estado con demasiados vínculos con demasiados conflictos bélicos, actualmente con Yemen, en especial. Con demasiadas sospechas de amparar o impulsar el terrorismo internacional. La lista de países a los que se achacan, con más o menos argumentos, esas prácticas en los últimos 30 años podría completar un libro bastante voluminoso pero es difícilmente cuestionable que Arabia Saudí está entre ellos. Pablo Echenique, con esa retórica tan melodramática que gusta en su formación, aseguraba ayer que los gaditanos «deben elegir entre pan y paz», que se trata de construir armas o de asumir el paro.

La realidad es que el contrato naval con los saudíes ha estado dos años en el aire y aún sigue ahí. La protesta de Podemos, por más que los dirigentes locales traten de salvar la cara, resulta incoherente. El alcalde gaditano, González Santos, también se apunta a la lírica para decir que los gaditanos tienen derecho a que «suenen las sirenas de las ollas exprés» en sus cocinas. Que es necesario el trabajo por más que el uso de esos barcos vaya a ser cuestionable. Será que el resto de barcos de guerra que se fabrican en el mundo, el resto de los que hace Navantia para otros países, son utilizados para pescar unicornios con purpurina por los mares de la paz.

Los populistas de aquí aún dicen que apoyan la llegada de esa faena, sin concesiones y aunque pertenezcan a un colectivo autodenominado «anticapitalista». Mientras, los dirigentes de allí sostienen que viene manchada de sangre. En ambas partes pesa más el interés político por recabar votos que la ansiada carga de trabajo en Navantia.

Y mientras, los trabajadores vuelven a cortar las carreteras años después.