NarcotráficoSanlúcar, sacudida de nuevo por los narcos

La lucha contra el tráfico de drogas en la desembocadura del Guadalquivir ha sido siempre una constante y otra vez se tendrá que intensificar

El Galopa, El Cagalera, La Pinilla, Iván Odero... son nombres de sobra conocidos que ya cayeron

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En realidad el narcotráfico nunca se fue de Sanlúcar. Siempre ha estado presente, fluctuando. Como lo hace en todo el litoral gaditano según mandan las leyes del gato y el ratón con las fuerzas policiales. Si aprietan en un lado, se desplazan hacia otros. El paso de 'gomas' cargadas de fardos por la desembocadura del hachís hacia Sevilla ha seguido activa todo este tiempo. Más alejada de la lupa mediática que apuntaba a La Línea, San Roque, Los Barrios... donde la noticia del arrojo más extremo mandaba, pero en Bonanza, Las Colonias, o la Algaida la historia seguía siendo la misma. En dos versiones: las neumáticas de tres ó cuatro motores cuyo zumbido peinando el agua se escucha desde la orilla llegando repletas de hachís desde el norte o la costa oeste de Marruecos, u, otra opción, barcas más pequeñas como las de recreo y los pesqueros que se cargan de droga en alta mar e intentan camuflarse del SIVE y de los agentes como un miembro más de la flota marinera local.

La escena esta semana de un barco interceptado en la orilla de Bajo de Guía con la playa repleta de bañistas (sus comentarios merecen otro reportaje), ya ha dejado constancia gráfica de que la realidad es esa. Aunque ya lo fuera antes. Desde hace meses existe una «importante preocupación» por la actividad incesante de los narcos en la desembocadura del Guadalquivir, según comentan fuentes consultadas. Sanlúcar vuelve a estar en el 'top' de este negocio. A los que ya trabajaban la zona se han unido los que han visto en esta ruta una alternativa al Estrecho.

De nuevo ha fluctuado. Y no solo por la presión policial en sí, cuyo Plan de Seguridad resaltó recientemente el ministro del Interior con 149 toneladas de droga y 4.852 detenciones en su primer año, sino también por el cambio en los modos. Alijar en las playas del Estrecho para luego correr y descargar la droga en las 'guarderías' está siendo cada vez más complicado. También más costoso al necesitar más gente para hacerlo.

De ahí que otra opción muy pretendida sea intentar llegar lo más lejos posible con los fardos, río arriba. Justo en ese lugar, donde comienza el Coto de Doñana y el río serpentea hasta Sevilla. Los infinitos caños y cañaverales dificultan mucho la vigilancia y además a su paso se encuentran buenos escondites para guardar la carga si es necesario. Así lo han demostrado recientes operaciones antidroga que han desmantelado algunas de estas naves ubicadas a lo largo del caudal.

Los infinitos caños y cañaverales del río dificultan mucho la vigilancia y las persecuciones y ellos lo saben

Seguirlos por estos caminos es casi imposible. Normalmente se necesita un helicóptero. La manejabilidad de las neumáticas y su potencia hacen que el darles caza por agua sea no solo complicado sino muy arriesgado. El calado ya es otro y las patrulleras hacen lo que pueden.

De eso sabía bien Iván Odero, el narco sanluqueño conocido por su gran destreza a los mandos de estas planeadoras por el Guadalquivir. Su historia fue llevada al cine en la película 'El Niño' aunque cambiada de lugar. Odero fue detenido por segunda vez en 2016 tras estar en busca y captura y cumple en prisión sentencia firme por narcotráfico. Él había empezado con veintepocos a pillar fardos. En Sanlúcar. Hace ya unos cuantos años.

Como El Cagalera, otro histórico de la zona que ya saltó a la fama en los noventa en la mítica ‘operación Pitón’, dirigida por Baltasar Garzón. Años después, en 2006, volvió a ser apresado. Esta vez acompañado de su hijo, al que apodaron con cierta sorna 'El Diarrea'. Y así fueron hilando diferentes trabajos, arrestos y condenas.

Otra que cayó fue La Pinilla. Dolores, la reina del trapicheo en la barriada de San Cayetano. Su última visita al juzgado fue en 2016 cuando aceptó en conformidad siete años de prisión. Se sentaba en el banquillo con otros veinte procesados, algunos familiares suyos. Y El Galopa, uno de los últimos en caer también, experto en traficar con hachís camuflados en barcos de pescadores.

Una historia por tanto que se repite. Que continúa y que, como advierten quienes lo persiguen, necesita de más medios –policiales y judiciales– para combatirse «antes de que otra vez se vaya de las manos».