Los marineros Stiven Pulgarin, Francisco José Teijeiro y Raúl Lorente (de izquierda a derecha) en Cádiz, antes de partir hacia Alborán.
Los marineros Stiven Pulgarin, Francisco José Teijeiro y Raúl Lorente (de izquierda a derecha) en Cádiz, antes de partir hacia Alborán. - Antonio Vázquez
SOLIDARIDAD

«No somos héroes, sólo hicimos lo que debíamos»

Los tres militares que reanimaron a un hombre al que le había dado un infarto en una cafetería de la calle Plocia se sienten felices y «satisfechos»

CádizActualizado:

Domingo por la tarde. Raúl, Stiven y Francisco José vienen de comer por el centro de Cádiz. Ya de vuelta a la Estación Naval de Puntales, donde se ubica la residencia en la que se alojan, estos tres marineros destinados en Ferrol deciden parar a tomar un café en la calle Plocia, concretamente en la Nueva Casa Postas. Conocen poco de la ciudad y están aquí de paso, porque días después partirán hacia Málaga y, de ahí, al destacamento naval que tiene la Armada Española en Alborán, donde permanecerán hasta finales de mes.

Se sientan en una mesa. En la de al lado un padre y su hijo toman café. De repente algo no va bien. «Escuchamos que el hijo empezó a gritar, a llamarlo, ¡papá, papá!. Miramos y vimos que el señor estaba resbalando de la silla», cuenta Steven. El hombre, de 58 años, comenzó a convulsionar y sus ojos se pusieron en blanco. No se lo pensaron. «Creo que dijimos algo así como, ‘tranquilos, somos militares’», explica Raúl, pero ninguno de los tres se acuerda muy bien. Solo saben que cogieron al hombre, lo pusieron en el suelo y comprobaron que no se había atragantado con nada. «Le preguntamos al hijo si había comido algo, porque al principio respiraba y pensamos que se había atragantado», dice Raúl. «Lo pusimos en posición de seguridad, de lado. Respiraba pero le costaba mucho», cuenta Steven.

Entonces, dejó de respirar. «Le comprobamos el pulso, se empezó a poner muy morado y ya fue cuando decidimos abrirle del todo la ropa para ver que no tenía nada que pudiera hacerle daño y empezar a hacer la reanimación cardiopulmonar (RCP)», detallan. Mientras Raúl y Steven se turnaban para practicar el masaje torácico y realizar la respiración boca a boca, FranciscoJosé se encargaba de coordinarles y pedir que los testigos llamasen a una ambulancia. «Fue todo instintivo», aseguran.

Antes de venir a Cádiz para desplegar en Alborán no habían estado destinados juntos. De hecho, aunque los tres son marineros y tienen su plaza en Ferrol, Raúl trabaja en el Parque de Autos, Stiven en el Tren Naval y Francisco José en la Escuela de Especialidades de la Estación Naval de La Graña (Esengra). Pero supieron cómo actuar desde el primer momento.

Llamada de agradecimiento

«Nos han dado muchas charlas y cursos de primeros auxilios y de seguridad operativa en todos los destinos en los que hemos estado y a la vista está que esos conocimientos son muy importantes y en cualquier momento te pueden hacer falta. Te lo repiten tantas veces que cuando te sucede es como un reflejo», explican estos marineros que, a pesar de rondar la treintena, ya llevan más de una década en la Armada.

No saben cuánto tiempo estuvieron reanimando al hombre. «Hubo momentos de agonía, porque volvía, respiraba, volvía a irse y hubo una vez que se puso rígido y yo nervioso empecé a decir, ¡que vengan ya!», detalla Raúl.

Cuando llegaron los servicios de emergencias ya Francisco José se había encargado de explicar a la Policía lo que había sucedido y la atención que estaban proporcionando al infartado. «Yo no me di cuenta. Estaba haciéndole el masaje, alguien me tocó en el hombro y se lo llevaron», señala Steven mientras recuerda el momento, al igual que entonces, en un local de la capital frente a un café.

Y así, sin más, salieron del establecimiento y esperaron en la calle hasta que vieron que los servicios de emergencia se llevaban al hombre, vivo, en una camilla. «Nos fuimos destrozados. Todos nos acordamos de nuestro padre en ese momento y dijimos vamos a hacer lo que podamos por salvarle», declara Francisco José. «Hace justo cinco años que murió mi padre y yo vine muy emocionado, estuve toda la tarde llorando», confiesa Raúl.

Después saltó la noticia, que hablaba de un sólo militar, «porque cuando vino la policía nos pidieron un nombre y dimos el mío», detalla Raúl. Y comenzaron a recibir llamadas de familiares y amigos diciéndoles que eran unos héroes. «Ni héroes ni nada. Por la casualidad y gracias a Dios estábamos allí. Sólo hicimos lo que debíamos. Pertenecemos a las Fuerzas Armadas e hicimos nuestro trabajo», señalan.

Este martes recibieron una llamada telefónica, el hijo del hombre al que salvaron la vida les dio las gracias (también militar pero del Ejército del Aire) y les dijo que su padre se encontraba bien. Y esa es su mayor recompensa. Ahora los marineros Raúl Lorente, Stiven Pulgarin y Francisco José Teijeiro van rumbo a Alborán «satisfechos» por el deber cumplido.