David Gistau

Infalibles

El Estado estuvo como está: paralizado y contraído, un conejo rígido ante los faros del coche que lo va a atropellar

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Ha quedado desbaratada la convicción de que el Estado es infalible y, ante cualquier contingencia catastrófica, posee un sofisticado plan urdido por abogados, jefes de gabinete y personal uniformado en una sala subterránea llena de mapas y botones. Existía una leyenda acerca de esto, de lo pensado que lo tenían Rajoy y Sáenz de Santamaría y de la eficacia quirúrgica con la que paliarían todo cuando, llegado el momento, descolgaran el teléfono para decir: "¡Adelante!", llevando Rajoy en el bolsillo de la chaqueta, como Ike, dos discursos, uno para ser leído en la victoria y otro en la derrota. Pero qué va. El Estado, o al menos el Gobierno, estuvo como está: paralizado y contraído, un conejo rígido ante los faros del coche que lo va a atropellar. Es difícil confiar en la infalibilidad de una máquina hobbesiana si ésta comunica que no tenía nada pensado el 1-O para compensar una traición de los "mossos", en cuya obediencia confió "hasta el último minuto". Es difícil no contemplar esa maquinaria reducida a una condición autoparódica si sale Maíllo ¡el lunes! y, a la pregunta de si el Gobierno activará el 155, responde que primero hay que esperar a ver cuáles son las intenciones de la banda de Puigdemont. Les pedirán el pasaporte en El Prat y aún estarán esperando a averiguar las intenciones. Para cualquier reportero que durante el fin de semana estuviera cubriendo la jornada en Cataluña y viera con sus propios ojos lo que allí sucedía, las intervenciones de SSS y Rajoy fueron las de unos marcianos que no se enteraban de nada. O las de unos falaces que todo iban a confiarlo a las intoxicaciones posteriores de su Ministerio de la Verdad.

Mientras la Infalible Maquinita piensa, calibra, calcula, debate, se reúne, se posterga y efectúa unas llamadas a consultas retóricas en las que Rajoy se da pisto de jefe de Estado, el independentismo acelera gracias a la legitimidad autoconcedida por ese innegable triunfo propagandístico del cual España ha salido retratada ante el mundo como una dictadura terminal que aplasta demócratas y rompe los dedos uno a uno a doncellas y viejitas, causando por añadidura más heridos que en la toma de la Colina de la Hamburguesa en Vietnam. Todo esto amedrenta aún más a los Infalibles, los deja en un estado de nocaut balbuciente donde lo más enérgico que han logrado hacer es convocar una sesión parlamentaria para el 10 de octubre. Que sabe Dios dónde estará Cataluña el 10 de octubre. Percibida la debilidad, el independentismo potencia su sensación de impunidad –España ya se fue, convengámoslo– y propulsa la purga, la persecución interior, que tiene como objeto tallar esa sociedad monolítica y militante que nunca existió en realidad. Abandonados a su suerte, hubo catalanes que ayer hicieron en el programa de Herrera llamadas de auxilio. El auxilio no llegará, en la puerta del Estado hay un cartel: "Do Not Disturb. Estamos urdiendo planes".