Referéndum del 1-OAllí donde el Estado no existe

Entre las montañas el Estado español se queda sin cobertura antes que los teléfonos

BarcelonaActualizado:

El sábado, a las diez en punto de la noche, arranca una cacerolada en la calle Numancia de Barcelona, cerca de Sants. Al principio es una cacerola sola que suena como cuando te tienes que levantar porque oyes un grifo mal cerrado. Se van sumando otras y detona una fanfarria por la cual sacan sus teléfonos para grabar los turistas, siempre abundantes en Barcelona. En los balcones hay hasta señoras en bata a las que, por la fuerza con la que percuten, no les importa la posibilidad de descubrir abollado el menaje el siguiente día que la familia venga a almorzar. Algunos coches emiten claxonazos solidarios. Uno hay cuyo conductor baja la ventanilla y grita un «Viva España». Lo grita justo cuando pasaba por delante de un badulaque de chinos que sonríen porque lo mismo les habría dado que hubiera gritado «Cumpleaños feliz» o «Me caso». De pronto, tamizada por la lluvia, por arriba de la calle asoma una hilera de luces azules. Es un convoy de alrededor de una docena de furgones de la Policía Nacional, con los cristales opacos, con la cadencia lenta, que se dirige a tomar posición en alguna parte. La bronca es estrepitosa, formidable, aun tratándose ésa de una zona residencial llena de bares con selecta carta de coctelería. Belfast, piensa uno, sólo faltan los fogonazos de los otros cócteles. El sistema inmunológico de la Cataluña independentista empieza ya a detectarse cuerpos extraños contra los cuales, al día siguiente, ejercerá una intensa hostilidad militante. Sobre todo más allá de Barcelona, entre las montañas del interior, donde el Estado español se queda sin cobertura antes que los teléfonos.

Llueve todavía a las 7.30 del domingo en la autovía C-31 a su paso por Badalona. Qué tristes son siempre las fachadas periféricas cortadas por la carretera. Al entrar en el Maresme circula otro convoy, éste de Patrols de la Guardia Civil, con las sirenas prendidas aunque sin sonidos. Bajo la lluvia, las fasces romanas estampadas en las puertas de los vehículos, en el ambiente de rechazo, en la grisura neblinosa de la mañana desapacible, evocan las incursiones en los pueblos vascos en los años ochenta. No sólo eso lo evoca. En Argentona, por ejemplo, pueblo gobernado por las CUP, pueblo, como otros del día, de una radicalidad endogámica, la entrada de un extraño en una cafetería provoca un recelo espeso, como de Western. Durante toda la jornada, este cronista notará esa desconfianza, mayor cuanto más lejano es el pueblo, y cierta obsesión por identificar a los posibles guardias civiles infiltrados para hacer acopio de información. Obviamente, ponerse a tirar fotos te convierte de inmediato en un claro candidato: «Éste sí que lo es, seguro».

Pasadas las ocho de la mañana, hay un gentío haciendo cola en un colegio electoral improvisado en la zona de descarga de la fábrica Velcro Europa S. A. La calle Parres está cortada en sus dos extremos por tractores cruzados que, a modo de barricadas, habrían impedido el paso de un dispositivo policial. Habrá de ser recordado el papel jugado por los tractores en esta algarada de resonancias carlistas, con sus ínfimos tigres del Maestrazgo. En un tiempo de contracción que ha convertido en peyorativa la palabra cosmopolita, los tractores sirven como recordatorio de que no es precisamente en las grandes ciudades donde germina el fanatismo nacionalista, la devoción minifundista. Al analizar ciertos fenómenos políticos globales, resulta que son siempre las grandes ciudades las que no sucumben -o sucumben en menor medida- a tentaciones relacionadas con una modalidad disruptiva de reacción. No sé yo lo del encanto pastoral del campo, lo de los próceres agrarios a lo Cincinato o Jenofonte.

Discretos, apartados en una esquina más allá del tractor, hay dos «mossos». Ni hablan al periodista ni piensan intervenir. Remiten a sus mandos. A las 8.48, abre el colegio electoral improvisado en el ayuntamiento de Argentona. También allí hay tractores John Deere cruzados en una calle más ancha e importante para la circulación. Los vecinos, que también aquí conforman un gentío, se traen las papeletas de casa y las revolotean al aire entre gritos de júbilo cuando abren las puertas. Hay cuatro «mossos» que también tienen pocas ganas de responder a la pregunta de si piensan intervenir. «¿Por qué? -dice uno-. Yo no sé para qué es esa cola. A lo mejor es para comprar entradas para el fútbol». Otro dice, mirando a las familias que esperan: «Eso es una gran barrera humana. No podríamos entrar». No intervendrán ni jamás tuvieron intención de hacerlo. No aparecerá la Guardia Civil. La votación, ordenada, transcurrirá a lo largo de toda la mañana. Los que terminan van luego a comprar en establecimientos de comida hecha el almuerzo dominical. Reparo entonces en que se propaga un agradable olor a pollo a l’ast, un olor muy de domingo. En uno de estos establecimientos, los que aguardan a ser atendidos comentan lo vivido y lo visto en la televisión: «¿Decían que no íbamos a votar? Pues hemos votado, hala».

Berga, a mediodía. También zona cupera. La autopista C-16 se va angostando y, al llegar a Berga, se convierte en un solo carril que se diluye en las calles del pueblo. Sensación, por tanto, de estar en un lugar remoto y terminal, entre montañas que prolongan las del santuario de Montserrat. Bajo el cartel de entrada hay otro añadido: «Municipio por la independencia». A la entrada hay pintados murales que recuerdan los del País Vasco: mujeres guerrilleras que empuñan armas, alusiones revolucionarias. Y un enorme «Puta Espanya». La muchedumbre que espera para votar en la escuela es aún mayor que la de Argentona. Una cola que recorre todo el patio y a la que nadie molesta: hay «mossos» pero ayudan, orientan. También hay bomberos dispuestos a ejercer de barrera protectora si es necesario, así como muchachos con un vago aire radical y otros que llevan camisetas que alude al «orgullo minero» de Berga con martillos cruzados como los de Pink Floyd. No necesitarán enfadarse. Nadie impedirá la votación, el Estado español no existe en Berga, ha sido regurgitado. De España ni siquiera existe el mínimo rastro sentimental. No hay un solo símbolo español compensatorio como los que sí se ven a veces en Barcelona: esteladas como ropa tendida que cuelgan en todos los balcones, incluso en el albergue juvenil, donde hay una inmensa. Una aún mayor, junto a una pancarta del «Sí», cuelga de la muralla del castillo de San Fernando. Un coche circula por el pueblo dando instrucciones para votar por megafonía. También aquí están asando el pollo dominical y la gente se junta en los bares para el vermut. La única presencia del Estado es un Patrol de la Guardia Civil medio escondido en un final de calle a las afueras del pueblo. Los ocupantes miran con tensión a cualquiera que se les acerque: otra vez evocaciones vascas. Desde Barcelona llegan noticias de choques en algunos colegios electorales. En estos pueblos no ocurrirá: se ha renunciado a ellos, han sido entregados. No hay nadie con quien chocar, no ha comparecido España, su Estado, que fue ingenuo sí creyó que tendría en los «mossos» un terminal obediente. Los «mossos» han transferido a la PN y la GC la obligación represora para que con ellos se retrate, en la dimensión internacional, un país que aplasta democracias. Ésa es la trampa de la jornada. Los «mossos» más entusiastas llegarán a chocar personalmente con sus colegas, jugando a paladines de un ejército popular.

De regreso a Barcelona, sigo a un convoy de furgones de la PN que toma la salida en Badalona. Callejean un poco hasta llegar a la calle Guipúzcoa. Ahí está la enorme comisaría de La Verneda, que es uno de los puntos de concentración de los efectivos policiales. Hay decenas de furgones alrededor de la comisaría: parecen carromatos puestos en círculo para defenderla de los sioux. Los que pasan putean y tensan el dedo. Se está votando sin molestias en dos colegios ubicados a tan sólo una manzana de la comisaría. Las cafeterías de los alrededores están plagadas de policías. En el bar Picnic toman café efectivos de la UIP que se alivian del calor provocado por los chalecos dejándolos sobre los taburetes. Uno de los miembros de la UIP cree que no habrá grandes movilizaciones violentas porque la jornada ha sido pensada para que sean ellos, los policías y los guardias, los que queden como radicales. La comisaría de La Verneda es un fuerte Apache. Algunos policías se muestran nerviosos, amenazados, cuando alguien se aproxima demasiado. Uno agarra por detrás a este cronista y le dice: «Amigo, ¿por qué no te vas bien lejos de aquí?». Un poco Belfast, un poco el Norte, y todo en una fea jornada lluviosa donde el Estado español se quedó sin cobertura allí donde aún funcionaban los teléfonos. Al caer la tarde, en los colegios de Barcelona, alrededor de la Rambla, los votantes cantaban «Imagine». Para que se hagan una idea.