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La piratería de semillas amenaza al sector que más invierte en I+D en España

El espionaje y robo de semillas resta anualmente cien millones de euros al sector

Corresponsal en BerlínActualizado:

Los piratas de los que hablamos no llevan garfio ni parche en el ojo, pero le sablean al sector agrícola español unos cien millones de euros cada año. Los espías sobre los que trata este artículo no conducen los idílicos automóviles de James Bond, sino que amenazan con eliminar a corto o medio plazo el sector de I+D más potente de España al volante de tractores y cosechadoras. La mejora genética es ya el principal valor añadido en muchos cultivos y resulta que nuestro país cuenta con unas cincuenta empresas pioneras en el sector y que suponen una potencia tecnológica en Europa, como ha quedado en evidencia durante la Fruit Logistica, celebrada esta semana en Berlín. Pero el pirateo sistemático de semillas puede llevar a muchas de ellas a abandonar la investigación si no se ven después respaldadas por los correspondientes royalties.

«Desarrollamos variedades más resistentes, que den frutas y verduras mas saludables, y necesitamos proteger la inversión necesaria para toda esa investigación. Desarrollar cada variedad lleva diez o doce años de investigación y tenemos empresas con cientos de variedades en su portafolio, pero si se extiende la multiplicación ilegal, no solamente las empresas se replantearán ese esfuerzo, sino que además se están introduciendo en el mercado productos que no cuentan con las necesarias garantías fitosanitarias», explica el secretario general de ANOVE, Antonio Villarroel.

España, después de Holanda, es líder mundial de investigación en este sector. No somos el país que más produce, pero sí el que más frutas, hortalizas y verduras exporta de todo el mundo. Se reparten por nuestro territorio 24 centros de investigación. Prácticamente todas las grandes empresas del mundo tienen centros de investigación concentrados fundamentalmente en Murcia y Almería, una especie de Sillicon Valley vegetal conde se desarrollan variedades que se utilizan después en todos los climas, desde EE.UU. a Asia, pasando por todo el arco mediterráneo. «Esas semillas, cuando van a otros países, especialmente a Oriente aunque también en países europeos, se reproducen a veces ilegalmente y terminan regresando a España de manera ilegal, compitiendo con las empresas que sí han soportado esa investigación», explica Villarroel.

Se estima que el 50% del uso de semillas de cereal es pirata en España. El 53% de los viveros inspeccionados por la policía en 2016 carecía de autorización para reproducir variedades protegidas. La región con mayor volumen de semilla fuera de control es Extremadura, con el 77%, seguida de Castilla la Mancha (54%), Castilla León (49%), Aragón (45%) y Andalucía(40%). Las semillas mueven anualmente 600 millones de eruos pero los royalties apenas superan los 4 millones, muy lejos de Francia (5,7 millones), Alemania (35) o Reino Unido (26).

El uso de semillas certificadas aumenta en un 0,2% los costes de producción por hectárea y los pequeños agricultores está completamente exentos del pago de franquicias, pero la semilla pirata se sigue utilizando, especialmente en el caso de los cereales en las dos Castillas, frutales como el melocotón o la nectarina en Aragón y Cataluña, y los arándanos y frutas rojas en el sur de España. «Es necesario que nos tomemos esto en serio», insiste Villarroel, «la protección de la propiedad intelectual es un indicador del desarrollo de un país. Allí donde reina la piratería, está asociada sin duda a problemas de desarrollo. En España hemos logrado importantes mejoras, pero hace falta una mayor concienciación si queremos convertirnos, y contamos con unas condiciones óptimas para ello, en la primera potencia mundial en semillas». Recuerda que «ya se habla de nosotros como el laboratorio del cambio climático», gracias al hallazgo de variedades que se adaptan a las modificaciones del clima, «pero todo eso no será posible si no se respetan las reglas del juego, porque si no la inversión huye».

El sector hortofrutícola español está sometido actualmente a una competencia feroz con Turquía, Italia y Grecia, competidores sobre los que los obtentores españoles llevan ventaja. Poner en el mercado una nueva variedad más competitiva de tomate, por ejemplo, le cuesta a una empresa unos tres millones de euros que revierten en mayor resistencia a enfermedades de la planta, mayor productividad, mejores condiciones organolépticas y de presentación. «En el tomatito de la ensalada hay más tecnología que en un iPhone», bromean en el sector. En otros casos como los frutales, el tiempo de experimentación y selección se alarga mucho más debido a los ciclos de cultivo y alcanza fácilmente los 12 años.

La obligación de remunerar las mejoras de las semillas existe en la UE desde 1995 y los agricultores españoles disponen de un convenio marco. Las empresas son conscientes del reto de atender una demanda creciente de alimentos por el aumento global de población, al tiempo que se pueda preservar los recursos naturales. Las nuevas variedades ahorran agua, energía y suelo, aumentando la sostenibilidad de los cultivos, y repercuten en el hecho de que la esperanza de vida sea cada día más alto..

Las empresas son conscientes del reto de atender una demanda creciente de alimentos por el aumento imparable de la población, al tiempo que se preservan los ya escasos recursos naturales que disponemos. Se ha avanzado mucho en este camino, y son numerosos los estudios que demuestran la eficiencia de las nuevas variedades, en los principales cultivos como el maíz, trigo, tomate, algodón, etc., en ahorros de agua, energía, suelo, etc., al tiempo que se han incrementado exponencialmente los rendimientos.