El Papa Francisco, en el Coliseo de Roma
El Papa Francisco, en el Coliseo de Roma - EFE

El Papa invita a ver la Cruz de Jesús «en la cruz de los pequeños heridos en su inocencia y pureza»

Preside en el Coliseo un Vía Crucis en defensa de las prostitutas inmigrantes esclavas

Corresponsal en el VaticanoActualizado:

Al término de un impresionante Via Crucis nocturno el Papa Francisco pronunció anoche en el Coliseo de Roma una oración conmovedora: «Señor Jesús, ayúdanos a ver tu Cruz en todas las cruces del mundo…» como «la cruz de las personas abandonadas por sus propios hijos», o «la cruz de los inmigrantes que encuentran las puertas cerradas a causa del miedo y de los corazones blindados por los cálculos políticos».

Especialmente incisiva fue su referencia a los abusos sexuales, invitando a ver la Cruz de Jesús «en la cruz de los pequeños heridos en su inocencia y pureza», así como en «la cruz de los consagrados que, por el camino, han olvidado su primer amor».

Con un punto de dolor, el Papa invitó a ver la Cruz de Jesús en «las cruces de la Iglesia, tu esposa, que se siente asaltada continuamente desde dentro y desde fuera», y en «la cruz de nuestra casa común (el medio ambiente), que sufre seriamente ante nuestros ojos egoístas, cegados por la avaricia y el poder».

En esa línea de realismo y sinceridad, hubiera sido hipócrita conmemorar el Via Crucis de Jesús ignorando a millares de mujeres inmigrantes, muchas de ellas menores de edad, que a esas mismas horas de la noche ejercen la prostitución forzada en las calles de Roma y otras grandes ciudades italianas.

Por ese motivo, el Papa escuchó esta noche, junto con decenas de miles de fieles, las meditaciones que había pedido a la hermana Eugenia Bonetti, presidenta de la asociación «Slaves No More» contra el tráfico de personas, y coordinadora de la red internacional «Talitha Kum», que rescata en las calles a prostitutas esclavas de sus explotadores.

Esta misionera de la Consolación, una heroína de nuestro tiempo, pasó 24 años en Kenia, pero solo al regreso a Roma descubrió su vocación de rescatar mujeres –en su mayoría nigerianas, muchas de ellas menores de edad– en las calles de la ciudad donde son sacrificadas poco a poco cada noche.

Varias religiosas y voluntarias protagonistas de esta lucha llevaron anoche la Cruz en las catorce estaciones que conmemoran la Pasión de Jesús mientras el Papa Francisco y decenas de millares de fieles escuchaban meditaciones que eran retratos de la realidad, de la despiadada realidad de Roma.

Francisco había presidido, a las cinco de la tarde, los oficios conmemorativos de la Pasión de Jesús en la basílica de San Pedro. La ceremonia empieza con un gesto de arrepentimiento: el Papa se postra sobre el pavimento de la basílica pidiendo perdón por sus pecados y los de todos los hombres en un silencio largo, casi interminable, que se puede cortar.

El Viernes Santo toma la palabra el predicador de la Casa Pontificia, quien recordó a todos que «el significado más profundo de la pasión y muerte de Cristo no es el social, sino el espiritual y místico. Aquella muerte redimió al mundo».

Al mismo tiempo, Raniero Cantalamessa hizo notar que «si el Hijo de Dios se hizo hombre y se unió a toda la humanidad, por el modo en que se produjo su encarnación se ha hecho uno de los pobres y rechazados, ha abrazado su causa», y pedirá cuentas a cada persona en el juicio final.

En el Via Crucis nocturno en el Coliseo, la crueldad de algunos abusos contemporáneos salió a la luz en la tercera estación, «Jesús cae por primera vez», con un relato de la hermana Eugenia que no necesitaba comentarios.

Esperanza

«En una fría noche de enero, en una calle de las afueras de Roma, tres africanas casi niñas calentaban sus cuerpos jóvenes y semidesnudos acurrucadas en el suelo alrededor de un brasero. Desde un automóvil, algunos jóvenes arrojaron material inflamable al fuego para divertirse, quemándolas gravemente». El sufrimiento se asomaba al rostro del Papa y de todos los fieles.

Por fortuna, «en ese preciso momento, pasó una de las muchas unidades callejeras de voluntarios que las socorrió y las llevó al hospital para acogerlas después en una casa hogar. ¿Cuánto tiempo ha de pasar para que esas muchachas se curen de las quemaduras y de la humillación de encontrarse con un cuerpo mutilado y desfigurado para siempre?».

En la quinta estación, «El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz», la hermana Eugenia Bonetti preguntaba a todos: «¿Dónde están hoy los nuevos cireneos del tercer milenio? ¿Dónde los encontramos? Me gustaría mencionar la experiencia de un grupo de religiosas de diferentes nacionalidades, orígenes e institutos que, desde hace diecisiete años, visitamos todos los sábados un centro para mujeres inmigrantes indocumentadas».

En la sexta estación, «La Verónica enjuga el rostro de Jesús», sor Eugenia se refirió a niños «como una menor de edad de cuerpo diminuto, encontrada una noche en Roma, cuando hombres en automóviles lujosos hacían fila para aprovecharse de ella. Y, sin embargo, podía tener la misma edad de sus hijas...».

Después de otras historias desgarradoras, la décima estación, «Jesús es despojado de sus vestiduras», incluía un homenaje a héroes contemporáneos: «que, en estos últimos meses, desde distintas funciones, han arriesgado su propia vida, particularmente en el Mar Mediterráneo, para salvar las de tantas familias: seres humanos que escapan de la pobreza, las dictaduras, la corrupción, la esclavitud».

Habían sido reflexiones duras y, quizá por eso, sor Eugenia concluyó con una historia de esperanza. La de «la pequeña Favour, de 9 meses, que salió de Nigeria junto a sus jóvenes padres en busca de un futuro mejor en Europa». Ambos murieron ahogados «junto a centenares de personas que se habían fiado de traficantes sin escrúpulos para alcanzar la ‘tierra prometida. Solo Favour sobrevivió. También ella, como Moisés, fue salvada de las aguas».