TRAMPANTOJOS

Las damas doctas

¿Por qué no recordar en esta semana de reivindicaciones el memorial de las creadoras silenciadas del pasado?

Eva Díaz Pérez
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Buscan sus nombres en las calles y es probable que no los encuentren. Decían que Ana Caro Mallén era la décima musa sevillana, que era el modo en que se llamaba a las damas doctas. Aunque en realidad Ana Caro, que era sobrina del erudito Rodrigo Caro, no inspiraba sino que creaba por su cuenta. Fue la autora de una excelente relación -es decir, crónica periodística- sobre la visita de Felipe II a Sevilla. Ella pertenece a esa saga de mujeres invisibles, de creadoras audaces que lucharon contra la corriente de su época.

Estos días que las calles se han llenado de mujeres reivindicando su lugar en la sociedad, he recordado a artistas y sabias que merecerían un reconocimiento mayor en los memoriales de la ciudad. Sólo hay que pensar en la dificultad que tuvieron para dedicarse a las artes, las ciencias o las letras en un mundo de hombres.

Las biografías de estas pioneras están llenas de auténticas epopeyas como la de la dramaturga Feliciana Enríquez de Guzmán que no dudó en vestirse de hombre para estudiar en la Universidad de Salamanca. La autora de «Los jardines y campos Sabeo», es citada por Lope de Vega en su «Laurel de Apolo» donde relata la historia de una dama travestida, trasunto de Feliciana: «Mintiendo su nombre,/ Y transformada en hombre,/ Oyó Filosofía,/ Y por curiosidad Astrología».

En Sevilla tenemos el asombro poético de Romaiquía, la exquisitez artística de Catalina de Ribera o la sabiduría de María de Bohorquez, que murió en la hoguera por la herejía de leer libros prohibidos en las fiebres luteranas del XVI. Y a Ángela Vernegali, la Safo sevillana, que Lope de Vega conoció en la tertulia de Francisco de Pacheco.

Y cómo olvidar las artes de Luisa Roldán y las inmensas dificultades de su vida de creadora. Entre el revuelo de alas dulces, escorzo de ropajes, ángeles pasionarios y Dolorosas, La Roldana escondía la tragedia de un marido que la maltrataba. Como «venganza» se hizo un autorretrato para la faz de San Miguel y esculpió el rostro de su marido para el diablo que representaba el mal.

Con el XIX llega el siglo de las poetas Mercedes de Velilla, Concepción Estevarena o Antonia Díaz que celebraba tertulia literaria con su marido Lamarque de Novoa. Y Blanca de los Ríos que se adentra en el siglo XX con su gran erudición cervantina.

El silencio que rodea a estas mujeres se explica con la frase de la gran dramaturga barroca María de Zayas:«Por tenernos sujetas desde que nacemos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con los temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza, dándonos por espadas ruecas, y por libros almohadillas».

Eva Díaz PérezEva Díaz PérezArticulista de OpiniónEva Díaz Pérez