La Capillita

Cara y cruz de la grandiosidad catedralicia, Sevilla está llena de capillitas

Antonio Burgos
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El muy sevillano Rey Don Alfonso XIII, el que se venía aquí a vivir en el Alcázar por primavera, a pasar la Semana Santa, a presidir el palio de Las Cigarreras y a que incluso lo multara el guarda del Parque por cortar una rosa (igualito que otros, y no quiero señalar) se acordaría mucho de su ciudad amada el 5 de septiembre de 1912. Ese día don José Canalejas (el de la calle del Hotel Colón, no Canalejas de Puerto Real), a la sazón presidente del Consejo de Ministros, le pasó a la firma en Palacio dos Reales Órdenes por las que declaraba Monumento Nacional dos templos sevillanos: Santa Catalina y la Capillita de San José. Ahora, dos lápidas recuerdan la firma regia. En Santa Catalina, un mármol tan abandonado como la iglesia toda pone: «Iglesia de Santa Catalina. Fue declarada Monumento Nacional por Real Orden de 5 de septiembre de 1912». En la Capillita de San José, otro mármol, reluciente y sacado de brillo, que parece recién esculpido, pone: «Capilla de San José. Esta iglesia fue declarada Monumento Nacional por Real Orden de 5 de septiembre de 1912».

Esto es, que las dos iglesias cumplen en estos días centenario de monumentalidad. Cien años justos que las dos son monumento nacional. Cuando tal condición se otorgaba con cuentagotas, y no como ahora, que como al Monumento Nacional lo han convertido en Bien de Interés Cultural, en BIC, que es nombre de bolígrafo, pues reparten esas catalogaciones, eso, como si fueran bolígrafos de propaganda: las espurrean y dan a peluz y a voleo.

Por los duales sevillanos de siempre, las dos iglesias de aquel día de septiembre de 1912 corren suerte bien distinta. La Capillita de San José está perfectamente conservada, mantenida y ¡abierta al culto! por los Padres Capuchinos, y no convertida en un frío museo como El Salvador. Los Capuchinos, sin pasar la gorra entre las administraciones, sin mendigar subvenciones, mantienen que da gloria verla la que por antonomasia llaman los sevillanos «La Capillita». Capillita que se salvó milagrosamente de las llamas en mayo de 1931, en la fatídica «quema de conventos» de pocos días después de proclamada la República. Las hordas le metieron fuego al templo y en el techo aún quedan «huellas de esta barbarie revolucionaria», como recuerda junto al horario de misas un texto que gracias a Dios no han borrado los imbéciles manipuladores de la Memoria Histórica. Si quieren ver el barroco en toda su plenitud, entren en la Capillita de San José.

Y si quieren ver cómo un Monumento Nacional se convierte en una Vergüenza Nacional, Autonómica, Provincial y Local, pasen delante de la cerrada Santa Catalina, donde las autoridades y la Mitra aún se están peloteando la responsabilidad de su conservación, vamos, de las obras imprescindibles y urgentes para que aquello no se venga abajo y se vaya a lo que rima. Ay, si Santa Catalina fuera de los Capuchinos y no de la Mitra... Seguramente estaría tan bien conservada como su hermana de declaración monumental, la Capillita de San José.

Denominación, por cierto, que es lo más sevillano que hay, esto de La Capillita. Cara y cruz de la grandiosidad catedralicia, Sevilla está llena de capillitas. Las capillitas de la ciudad de los capillitas, por aquello de la igualdad de género. La Capillita de San Onofre, ahora farmacia de 24 horas de guardia en la adoración del Santísimo. La Capillita del Carmen en el puente, ante la que se santiguan los trianeros cuando vienen a Sevilla. Y nuestra Capillita de la Pura y Limpia del Postigo, los cien gramos de Catedral mejor despachados del mundo. ¿La Capillita de San José, dice usted? No, eso es cuarto y mitad de Catedral bien despachado. Incluso de Catedral barroca de la Nueva España que hubieran dejado aquí sin embarcar en el galeón de la Carrera de Indias...

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos