OPINIÓN

Viajeros

Se extiende una especie nueva de viajero, cuya motivación es hacer fotos con los sofisticados teléfonos de ahora para colgarlas de inmediato en redes sociales, como Instagram o Facebook

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El viaje siempre se asoció a la pulsión aventurera, cualquiera que fuera la causa que lo motivara: mercadeo, negocio, curiosidad, huida, búsqueda de experiencias y conocimientos; tal vez algo más sencillo como: visitar a familiares o amigos, asistir a un concierto, o presenciar un partido de fútbol. Por eso en su poema ‘Ítaca’, Konstantino Kavafis desgrana dos hermosos versos: «Mas no apresures nunca el viaje./ Mejor que dure muchos años». Desde la ‘Odisea’ a ‘La Isla del Tesoro’, las narraciones más sugestivas se desenvuelven en torno a las peripecias de un viaje, el término peripecia procede del griego y significa mudanza súbita de la fortuna, algo semejante a eso que hoy conocemos como deportes de riesgo.

En el pasado reciente, viajar representaba una estimulante experiencia personal, el geógrafo Humboldt alimenta esa visión, a la vez ilustrativa y romántica, de un mundo ancho y ajeno que siempre podría sorprender mostrando lugares imposibles de imaginar. Para alcanzar regiones poco conocidas era preciso afrontar incomodidades y peligros que resultaban gratamente recompensados mediante el placer de los hallazgos imprevistos.

En el siglo XXI, el tipo de viaje más usual ha cambiado por múltiples razones. De entrada, el carácter depredador del turismo intensivo que colmata las ciudades históricas, las playas y otros parajes de valor natural y ecológico, que se han vendido como recurso mercantil. Por otro lado, parece cada vez más difícil descubrir áreas remotas y poco conocidas, pues todo cuanto contiene el planeta se encuentra fotografiado, minuciosamente diseccionado, y legible en detalladas imágenes.

La industria turística utiliza esa extensa información para rentabilizar un flujo de viajeros controlado y domesticado, al cual conduce por espacios que se encuentran localizados a través de la red, en guías, blogs y aplicaciones. Los viajeros de antaño pretendían descubrir lugares que nadie o poca gente había visto, pero el turista de hoy se desplaza para ver lo que ya han documentado otras muchas personas, y hasta él mismo puede contemplar desde su propio teléfono móvil.

Se extiende una especie nueva de viajero, cuya motivación es hacer fotos con los sofisticados teléfonos de ahora para colgarlas de inmediato en redes sociales, como Instagram o Facebook. Muchos viajeros aún disfrutan con intensidad una puesta de sol en la playa de Ipanema en Río de Janeiro, junto a los montes de la Tijuca, donde se encuentra Pedra da Gávea, el mayor monolito del mundo en línea de costa, por citar el ejemplo de un espectáculo que vale la pena contemplar con devoción.

Pero también hay turistas que hoy permanecen ajenos a la impresión de cómo el sol se acuesta en el océano, dibujando una escena diferente en cada crepúsculo, pues se entretienen preparando un selfie, para mostrar a los seguidores de su red preferida. Ya hace tiempo, la afición por la foto condujo a que muchos turistas dedicaran sus expediciones para confeccionar un álbum y compartirlo con amigos; esta otra pasión más reciente, vinculada al uso de redes, traslada las imágenes a una especie de concurso público.

En cualquier caso, al viajero que emprende su camino pensando lucir fotos en su red le anima un objetivo tan legítimo como el del veneciano Marco Polo, cuya finalidad fue obtener preciados productos del Asia Oriental; el tiempo que pasó encarcelado en Génova le permitió revivir lo mejor de sus viajes y contarlo al escritor Rustidello de Pissa. Los libros, dibujos y fotografías de viaje, «para viajeros y lectores en casa», suponen un patrimonio cultural de notable interés.