OPINIÓN

Mazorca y zapallo

Tal cual el cereal americano pasa a formar parte de la cultura culinaria europea los productos de nuestro continente se extienden por la nueva América europeizada

Actualizado:

Respeto el rigor de la historia científica pero me apasionan más los relatos de ficción histórica, la frase puede ser de Borges; y recordarla conduce a una boutade atribuida a Gabriel García Márquez, según la cual el origen de la literatura bien pudiera fijarse en ese pasaje bíblico de Jonás quien, después de pasar unos días de farra en Gadir, contó a su mujer que se lo había tragado una ballena.

Eso me permite leer de manera poética la gesta de ese marino genovés llamado Colombo o Colón, que cambió el mundo, para mejor o tal vez a peor. A finales del siglo XV revela algo bien conocido por pilotos canarios, y sin duda por otros muchos navegantes: que por la imperfecta redondez de nuestro planeta, se pueden alcanzar las costas orientales navegando hacia el oeste, a través del dilatado océano.

Los canarios utilizaban esa ruta para vender en Europa los productos allí obtenidos, como las mazorcas de choclo a las que se atribuían propiedades afrodisiacas. Colón quiso alcanzar la gloria, la vanidad antes que el afán de lucro.

La globalización derivada de este hecho, permite que a partir del siglo XVII se produzcan de forma extensiva en Europa cultivos americanos, de la patata al tomate, pasando por el maíz; y viceversa. Tal cual el cereal americano pasa a formar parte de la cultura culinaria europea, desde la polenta italiana o la brona gallega, a los copos o palomitas; los productos de nuestro continente se extienden por la nueva América europeizada, como la calabaza o zapallo.

Me sorprende la popularidad de tan sabrosa verdura dulce, desde Buenos Aires hasta Nueva York, alimento que aquí ha perdido presencia culinaria. Y esta paradoja fue motivo de la amena charla que completó mi encuentro con un veterano amigo que es un personaje muy conocido en Cádiz, el catedrático en otorrino Diego Gómez Ángel, natural de Toluá, en Colombia; un lugar donde se producen unos modos mágicos de convivencia que asombran al mundo cuando se conocen a través de narraciones tan seductoras como ‘Cien años de soledad’.

Diego cuenta la historia del sacristán Andrés Paradas, que comía pólvora para alimentar un vigor sexual, mediante el cual mantenía la devoción de sus feligresas, a las que daba satisfacción por turnos, desde las cinco de la mañana y hasta las siete de la tarde, cuando ya se apaga el día en el trópico.

Diego me habló de la magia del maíz, el cereal americano que allí ya se cultivaba desde hace diez mil años. Acerca de su flor, plena de colores, «cual pezón de bella hembra»; la mazorca envuelta en una melena de blancas fibras que el sol despega para que luzca su altivez amarilla, símbolo de fortaleza.

Miguel Ángel Asturias y otros muchos poetas han cantado la belleza de los campos pautados de dorada esbeltez. También comenta el embrujo de la calabaza, cercana al esperpento; sin embargo su flor tiene el olor de la piel de mujer, por eso seduce a los varones. Se la toma por metonimia de la muerte, tal vez porque madura en tiempo de difuntos, de ahí su uso en la festividad mexicana «de los muertitos» o en el Halloween norteamericano. Durante nuestra charla tomamos sendos platos de verduras cocinadas a baja temperatura, con trozos de choclo y de zapallo, regados con manzanilla en rama. La magia de esos productos de la tierra, induce a recordar una juventud compartida durante los veraneos de plata en Cádiz.