OPINIÓN

Lina

El legado de Lina no es tanto un vocabulario estilístico, sino una actitud, el intento de humanizar la disciplina y socializar la cultura

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El próximo 5 de octubre la Fundación Juan March inaugura en Madrid una exposición que lleva el pintoresco título «tupí or not tupí», y representa la primera muestra que se dedica en España a la reconocida arquitecta italo brasileña Lina Bo Bardi. Se trata además de un homenaje a las arquitectas que han destacado en una profesión reservada a los varones hasta hace muy poco. Por eso, el evento se acompaña de conferencias dictadas por profesoras españolas, como Carmen Espegel, autora del libro «Heroínas del espacio», y también: Beatriz Colomina, Fuensanta Nieto y Ángela García de Paredes.

Achillina di Enrico Bo nació en Roma el 5 de diciembre de 1914, se licenció en 1940 en la facultad de arquitectura de su ciudad, que entonces se alojaba en la Villa Borghese; pero el comienzo de su ejercicio profesional está marcado por la guerra, «Roma era una ciudad muerta, todo estaba lleno de ruinas» relata en septiembre de 1991, seis meses antes de morir en Sao Paulo, a Olivia de Oliveira, autora de una tesis doctoral sobre su obra.

Parecen confusas las circunstancias por las cuales en 1946 abandona Italia con su marido Pietro Bardi, un periodista vinculado al fascismo y al gobierno de Mussolini, que portaba una excelente serie de obras de arte, procedente de colecciones alemanas vendidas tras la derrota nazi. Pero en Río de Janeiro ella relata que ha luchado con la Resistencia liderada por los comunistas italianos, lo cual le granjea la amistad de los arquitectos brasileños modernos, como Oscar Niemeyer, Lúcio Costa y Joao Vilanova Artigas, todos ellos vinculados al Partido Comunista Brasileño.

Por su carácter vital y apasionado, se la ha descrito como «la Anna Magnani de la arquitectura». Lina Bo se había formado en Roma con arquitectos tradicionalistas y fascistas, pero en Brasil se deja seducir por la obra luminosa, racional y humanista de Niemeyer y sus compañeros, incorporándose a esa corriente conocida como «arquitectura paulista de hormigón», considerada como una de las más brillantes del Movimiento Moderno, a la cual aporta tres piezas excepcionales. Sobre todo el Museo de Arte de Sao Paulo de 1957-1968 que aloja en la Avenida Paulista el botín artístico que Pietro Maria Bardi entrega al pueblo brasileño. Obra de gran audacia estructural, innovador modelo expositivo y generoso espacio público.

La Casa de Vidrio de 1951 fue residencia de la pareja, con un pequeño taller al cual se accede mediante un sedero zen de teselas irregulares. Para muchos, la intervención más emocionante de Lina fue la recuperación de una fábrica obsoleta como centro cívico de cultura y ocio, el SESC Pompéia de 1977-1986.

Los militares que pusieron final a los gobiernos socialdemócratas, detuvieron, encarcelaron y arrojaron al exilio a muchos de los arquitectos vinculados a la modernidad y a los movimientos sociales. Oscar Niemeyer, parte de cuya obra ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, no pudo visitar su proyecto de Brasilia hasta que se restaura la democracia. Lina declaró que «si no se hubiese construido Brasilia, seríamos todavía una pequeña república suramericana». Pero sobre todo, Brasil enseñó a Lina la rica complejidad de su arquitectura popular, sus costumbres, la música y el folclore multirracial.

A su vez, el legado de Lina no es tanto un vocabulario estilístico, sino una actitud, el intento de humanizar la disciplina y socializar la cultura. Una arquitectura cívica, tejida mediante formas y materiales sencillos, capaz de enriquecer la vida y las relaciones entre las personas.