OPINIÓN

Kichi, a través de la pecera

La próxima campaña electoral se vivirá en la selva de tierra firme y en la almadraba de las redes sociales

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Vivimos en dos mundos. No como Carlos Jesús, aquel iluminando capaz de adoptar cualquier personalidad con su soplido mágico, sino como los miles de gaditanos que comprueban que existe la realidad de la calle y la de unas redes sociales en las que, como trenzada almadraba, sólo se perciben los coletazos que van dando los también atrapados miembros de tu especie. Y uno, que hace tantas mareas soñó con encontrar ahí nuevas playas, se topa sin cesar con las mismas agallas y con conocidos cebos.

Le daré una mala noticia. El curso que comienza en este septiembre vestidito de agosto es electoral, así que verá usted sonreír a Kichis, Franes y Juanchos como si estuvieran en un fotomatón y apretar manos como en una boda a la que uno va sin conocer apenas al monaguillo. El estado de la ciudad y las propuestas de nuestros salvadores se discutirá un poquito en tierra firme y un muchito en el océano virtual de que hablábamos que, como las malas pescaderías, cada vez tiene peor olor y género.

En la pecera morada, todos los habitantes compartirán estimulantes vídeos de Kichi (porque a los grandes héroes se les conoce por un sobrenombre como a César o a Napoleón) negándose a vender la Plata de la Tacita y recordarán cómo era esa oscura época en la que un contubernio de 17 demonios en la Alcaldía sacrificaba nuestro futuro en el Puente Canal.

Si nada usted en la pecera azul irá descubriendo sesudos informes (que nacen en periódicos de los que nunca ha oído hablar) que denuncian que Kichi (que lleva alias como cualquier delincuente) ha dilapidado hasta la última peseta rubia de las arcas municipales en bolcheviques frascachelas. Con un baile de fotos se glosará por lo alto del puente y por lo bajo del soterramiento la gestión de Teófila, que gobernó un Cádiz donde todos éramos un poco más altos y cantábamos mejor.

Seguramente usted tendrá en casa, en el trabajo o en ese emisario del demonio que es el teléfono móvil, un acuario con peces de muchas redes que es multicolor, a veces rutilante como arco iris y casi siempre zafio como plastilina mezclada. Ármese de paciencia y no pierda de vista que de estos dos mundos, uno es real y el otro no se diferencia mucho del que veía Carlos Jesús, donde soplando un poco uno podía cambiar la voz, el mensaje y el color. Toca elegir: observar con nuestros ojitos reales y siempre miopes o mirar como los peces cuando, desde el otro lado, alguien toca con rudeza las paredes del acuario.