OPINIÓN

Hace 45 años

El 11 de septiembre de 1973 murió Salvador Allende y cientos de miles de chilenos fueron asesinados a causa de un violento golpe de estado

Julio Malo
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Cuando los hombres futuros estudien la historia contemporánea de nuestra civilización, señalarán con tinta tenebrosa la fecha del 11 de septiembre de 1973, ese día murió Salvador Allende y cientos de miles de chilenos fueron asesinados a causa de un violento golpe de estado perpetrado por un grupo de militares, traidores, crueles y codiciosos, para deponer el gobierno constitucional y legítimo de la nación e instaurar una dictadura sanguinaria.

La acción estuvo auspiciada y apoyada por el gobierno de los Estados Unidos, tal como descubrió el periodista americano Charlie Horman, cuyo rastro desapareció durante aquellos lúgubres acontecimientos, aunque los detalles de la conspiración quedaron luego probados cuando su propio gobierno desclasificó los documentos relativos al siniestro complot.

Salvador Allende Gossens, prestigioso cirujano que fue Decano del Colegio de Médicos, veterano militante socialista y activo francmasón, tomó posesión de la presidencia de la República de Chile el 3 de noviembre de 1970, tras vencer en las elecciones del 4 de septiembre, con un programa socialdemócrata apoyado por otros partidos en torno al proyecto de Unidad Popular que incluyó a los comunistas, cuyo candidato Pablo Neruda, premio Nobel de Literatura, cedió su lugar para hacer posible una experiencia de socialismo en libertad que observaron con ilusión amplios sectores progresistas de todo el mundo. También la Democracia Cristiana que había gobernado durante el periodo anterior apoyó a Allende en el congreso, mientras sus militantes se sumaban a las celebraciones por parte de una población muy esperanzada.

Allende también contaba con el apoyo del ejército, que manifestó con entusiasmo su comandante en jefe, general René Schneider Chereau, asesinado por su lealtad a la Constitución, poco antes de la toma de posesión del nuevo presidente. Acción criminal urdida por Richard Nixon tras fracasar en su intento por evitar el apoyo democristiano al gobierno socialista. Así, la nacionalización de la minería del cobre, tan temida por los americanos, se aprueba por unanimidad en el Congreso Nacional en julio de 1971, y eso acelera los planes de Nixon y Kissinger para liquidar por la fuerza esa experiencia de la nueva democracia chilena. La siniestra urdimbre conduce al ambicioso general Pinochet que inicia su asonada en Valparaíso la madrugada de aquel funesto 11 de septiembre. Ya por la mañana, tanques y aviones de combate atacan el Palacio de La Moneda donde se encontraba Allende con sus colaboradores, la muerte del presidente se justifica por los asaltantes como un suicidio, mientras un reguero de crímenes atraviesa un país ensangrentado.

Patrullas militares asaltan con ferocidad los domicilios de políticos y sindicalistas, mientras las descargas de los pelotones de ejecución rasgan el aire de Santiago desde el Estadio Nacional, donde millares de chilenos son sacrificados ante el estupor de un mundo estremecido por la magnitud de la masacre. La ferocidad de los sublevados no se conforma con el genocidio de la izquierda democrática en el interior, la DINA (policía política de Pinochet) llegó a asesinar a los exilados, como al general Carlos Prats, comandante en jefe del ejército, el 30 de septiembre en Buenos Aires, y al canciller Orlando Letelier dos años después en Washington.

Aquellos sucesos representaron el final de la esperanza por construir una sociedad más igualitaria desde el ordenamiento constitucional de un Estado de Derecho. Es el final de ciclo de aspiraciones políticas iniciado con la primavera de 1968. Desde aquel 11 de septiembre de 1973 los intereses de los poderes mercantiles y financieros se han ido extendiendo por toda la Tierra.

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