OPINIÓN

Flashback

La Escuela de Arquitectura representaba un conjunto abarcable, los más bisoños nos pegábamos a los mayores, algunos de los cuales ya hasta impartían clases en condición de meritorios

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El pasado lunes celebramos el Día Mundial de la Arquitectura, buen motivo para visitar de nuevo mi Colegio profesional, al cual dediqué grandes ilusiones cuando tuve el honor de ejercer como Decano; ha pasado tiempo y estimula ver cómo ahora lo conducen un grupo de jóvenes arquitectos. Este 1 de octubre de 2018 tuve el placer añadido de volver a estar con tres compañeros de esa edad feliz e insolente de estudiantes: Antón Capitel, y ‘los Monchi’ a quienes aún llamamos así los veteranos, pues Antonio Ramón Cruz era más extrovertido que Antonio Ortiz, y el primero daba nombre al dúo. Antón es un asturiano siempre puntilloso y los Monchi llegaron desde Sevilla. Entonces Rafael Moneo era un joven profesor a quienes todos sus alumnos profesábamos una devoción casi religiosa. Dejando atrás los cursos selectivos, la Escuela de Arquitectura representaba un conjunto abarcable, los más bisoños nos pegábamos a los mayores, algunos de los cuales ya hasta impartían clases en condición de meritorios; una familia plural distribuida en torno a distintos círculos, con frecuencia políticamente comprometidos en tiempos difíciles de final de la dictadura.

Los Monchi ahora son la firma «Cruz y Ortiz», una de los referentes de la mejor arquitectura europea, desde el Rijksmuseum de Amsterdam, a la Estación de Basilea, pasando por el Estadio Wanda Metropolitano. Mientras que Antonio González Capitel no solo ha pasado por dos cátedras universitarias, dejando un grato aroma a esmerada docencia, se trata también de uno de los críticos de arquitectura con mayor prestigio en España, tal vez el más prolífico con abundantes publicaciones reconocidas por su rigor científico. Este encuentro supuso un viaje en la máquina del tiempo de Wells, anticipación de las teorías más avanzadas de la mecánica cuántica, para llegar a una larga jornada de diciembre de 1970, en la escuela madrileña de arquitectura. Esperábamos el fallo de un tribunal de oposición para cubrir las cátedras de Elementos de Composición en las tres Escuelas públicas de arquitectura que entonces funcionaban: Madrid, Barcelona y Sevilla. Se presentaban cuatro figuras relevantes: Alejandro de la Sota, Antonio Fernández Alba, Federico Correa y Rafael Moneo; además del arquitecto sevillano Alberto Donaire, con mucho menos currículo que sus oponentes.

Allí se encontraba el círculo de los más afectos discípulos de Moneo y muchos otros alumnos y profesores, todos ellos de los sectores más progresistas de la Escuela, desde los llamados «cibernéticas» a los militantes del Partido Comunista, entonces muy implantado entre los discentes. Se temía un pucherazo a favor del desconocido Donaire que se asociaba a un tribunal conservador. Eduardo Mangada, luego teniente de alcalde de Madrid con Tierno, consiguió mantener abierto el bar de Julián que servía vino de Moriles, y allí aguantamos hasta que el tribunal anunció su irritante decisión: el segundo lugar era para Donaire que así podía escoger Sevilla, Moneo se quedó tercero; Sota y Correa sin plaza. Luis Moya, uno de los miembros del tribunal, explicaba años después que con esa decisión evitaban que Donaire llegara a Barcelona, de donde le acabarían por echar sus propios alumnos. La historia se escribe con reglones torcidos, pues el paso de Rafael Moneo por la Escuela de Barcelona colocó a ésta en la vanguardia de la arquitectura europea. Sin embargo Francisco Javier Sáenz de Oiza abandona su cátedra en Madrid indignado por tan injusto fallo, a la cual no regresó hasta 1974, se le consideraba el mejor arquitecto español del momento y dejó plantadas a cuatro promociones.