OPINIÓN

Fernando en el recuerdo

Añoro esas largas veladas en su casa de Rosario Cepeda, turnándonos en la lectura de textos, a veces en otras lenguas diferentes al castellano

Actualizado:

Le vi por vez primera en la presentación de uno de sus mejores poemarios, una excelente edición de Hiperión Libros de tapas encarnadas, cual luces de versos dedicados a chicas como Lucía la Uruguaya: «Quién diría que aquello era de pago». Poemario a la vez turbador y llano, como el poeta, mestizaje entre la más elegante y sofisticada erudición con la ruda humildad de esos estibadores con quienes compartió su adolescencia.

Aquel libro rojo, escueto y profundo como la obligada concisión poética, presentaba un largo título: ‘Muro de las Hetairas, también llamado Fruto de afición tanta o Libro de las putas’. Fue durante la primavera de 1981, primer año de mi largo regreso a Cádiz; conocí Alcances, entonces era un intenso festival de cine, recuerdo a una amiga gallega a quien también la vida laboral trajo por aquí: «es una ciudad estupenda, playa oceánica y cine de calidad». Las sesiones entonces se celebraban en un destartalado Teatro Falla que aún aguardaba su excelente rehabilitación por cuenta de Micro Carbajal y Rafa Otero.

Una tarde tuve la enorme suerte de sentir a Fernando acomodándose junto a mí; saludó con su fresca cordialidad: «hola poeta», luego pensó en mi oficio y matizó: «poeta de las luces». Me habían enseñado que la arquitectura más que arte, se trataba de ciencia poética, y tomé sus palabras como guiño certero. Fue un sabio disfrutón, como Arístipo de Cirene, a quien Platón dijo: «has de comer acelgas porque no halagas a los poderosos», y el filósofo hedonista respondió: «peor es lo tuyo Platón, como no te gustan las acelgas, has de halagar a los poderosos».

Hasta entonces, yo solo conocía a Fernando Quiñones a través de su obra y, en menor medida, por los programas de flamenco, antes de tratar al personaje había leído que Jorge Luís Borges le consideraba el mejor escritor español y lo tomé como boutade del excéntrico y genial argentino. Pero desde aquel 1981, y hasta que nos deja hace ahora veinte años, Fernando desparrama su genialidad literaria y su inabarcable humanidad, de manera que llegué a compartir el fervor borgiano de forma muy entrañable, no solo releyendo con glotonería sus poemas, cuentos y novelas, sino y sobre todo disfrutando el privilegio de su compañía; si todo amigo de verdad es un tesoro, qué decir de alguien como Fernando.

De entre las muchas cosas aprendidas a su lado destacan dos: que es preferible ser un buen lector a ejercer de buen escritor; así como el placer de leer en voz alta, sobre todo la poesía, pues ésta siempre recuerda que al principio fue canto. Por eso añoro esas largas veladas en su casa de Rosario Cepeda, turnándonos en la lectura de textos, a veces en otras lenguas diferentes al castellano.

Su compaña podía resultar sorprendente, recuerdo un ágape de mucho postín en torno a Jacobo Siruela, el hijo progre de la duquesa de Alba, con un canapé de caviar iraní entre las manos exclamó: «qué buenas tapas». O un acto en el madrileño Círculo de Bellas Artes durante el cual se deshizo en requiebros con dama remilgada para epatar a los asistentes. Era un hombre de mundo que disfrutaba interpretando diversos personajes, no solo a los de sus propias obras. Ya afectado por la cruel enfermedad que nos lo robó, dijo en otro encuentro de cierto protocolo: «sin pelo parezco un banquero suizo». Al releer ahora sus escritos echo de menos su voz, alegre y firme.