OPINIÓN

Cicerone

Tal vez a unas personas que visitan Cádiz por primera vez les propondría un plan francamente lúdico

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Acabo de atender la cariñosa llamada de Edoardo Narne, profesor en la Universidad italiana de Padua, quien asistió a los cursos de doctorado impartidos por la Politécnica madrileña en el Colegio de Arquitectos de Cádiz, hace ya algunos años. Por eso conoce bien la ciudad y divulga con devoción sus valores; dice que se propone pasar a visitarla de nuevo, junto a un grupo de amigos, y demanda amablemente de compaña durante una corta estancia, lo cual me convierte en ocasional guía, un placer, ya que Edoardo y su mujer Paula son una pareja sensible y entrañable.

Él me dice que se había despertado escuchando ‘Entre dos aguas’ de Paco de Lucía y mirando un video de la «bodega del Manteca». Me preocupa sin embargo cómo diseñar un programa que también muestre la ciudad a sus acompañantes. Recuerdo una situación semejante, vino a Cádiz el entonces catedrático de la Universidad Central de Barcelona Federico Correa, también conocido por su minucioso trabajo como arquitecto.

Comenzamos la visita por la Catedral, le entusiasmó el dramatismo barroco de su traza y se entretuvo un par de horas analizando la versátil geometría de Vicente Acero, preguntándose cómo antes no había conocido arquitectura tan notable. Concluido el disfrute de la singular pieza, indiqué el resto del plan, y el maestro replicó: «No puedo ver más cosas, porque confundirían mi memoria, ahora tomemos una copa».

Tal vez a unas personas que visitan Cádiz por primera vez les propondría un plan francamente lúdico. Nadar muy de mañana por la dilatada playa que configura su litoral oceánico, y luego deambular por el Palacio Marino más allá de los restos del que fuera espléndido Frente de Tierra; nunca entendí la metáfora de Teresa León: «barco de piedra», Cádiz es más bien sólida fortaleza que desafía los vendavales sobre su ciclópeo zócalo de piedra ostionera; no conviene trazar itinerario alguno, mejor pasear por sus largos corredores que siempre se asoman a la mar, y así visitar alguno de los lugares que las múltiples guías recomiendan.

Tal vez la Librería Manuel de Falla, para conseguir libros que prolonguen el viaje una vez que haya concluido, o la de Raimundo donde se encuentran viejas imágenes que muestran la ciudad tal como fue a principios del siglo XX, época dorada de la tarjeta postal.

Tomar luego una copa en La Manzanilla, uno de los grandes templos del vino, como sostiene Fernando Savater en ‘El dialecto de la vida’ (1985), inducirá a pensar que a una ciudad la definen sus librerías y sus tabernas.

El plano superior de azoteas y torres es un atractivo que puede entenderse mejor en los exquisitos lienzos de Cecilio Chaves, ahora expuestos en la Galería Benot; una ciudad la componen también los artistas que la interpretan, como Pepe Baena en cuyos cuadros brilla la luz de la Bahía, o Hans Josef Artz que redescubre Cádiz a través de fotos desde la mar o hacía el cielo.

En los retratos de Kiki se leen los rostros de la gente y el palpitar de la vida. Eugenio Belgrano, espeleólogo y submarinista, describe los sótanos del Palacio, como las contraminas militares del XVIII, o cuevas de Marimoco, y también los restos submarinos de ciudades ancestrales: el Templo de Cronos y el de Astarté.

Acabemos la jornada contemplando cómo se acuesta el sol en La Caleta, un rayo violeta anuncia que la ninfa Calipso le acompaña en su lecho, mientras la noche juega con pescadores y noctámbulos.