Jon Juaristi

Apocalíptica

Desde Europa es difícil entender el sustrato religioso del discurso de Trump

Jon Juaristi
Actualizado:

La mayor parte de los votantes evangélicos de Trump creen que el fin del mundo está al caer, lo que explicaría bastantes cosas. Una es el antiislamismo del nuevo presidente, que no se explicaría sin ese trasfondo apocalíptico, porque Trump parece, en general, muy reacio a mantener confrontaciones bélicas en el exterior. Sin embargo, identifica en el islam una amenaza de primer orden. En términos geoestratégicos no parece serlo. Los países islámicos están muy lejos de los Estados Unidos. Existe, obviamente, un riesgo de terrorismo islamista en suelo americano, pero mucho menos preocupante ahora que en Europa (Rusia incluida), Turquía o Israel. ¿Por qué entonces esa importancia dada por Trump a la amenaza islámica?

En el protestantismo evangélico -y en particular, en las iglesias evangélicas americanas- la tensión apocalíptica ha sido mucho más fuerte que en el catolicismo. Durante la Guerra Fría fue alimentada por el temor a un inminente Holocausto Nuclear. Hoy vuelve a adquirir una imaginería más acorde con la del Libro de la Revelación, más «religiosa» y menos tecnológica. Como siempre, la cultura de masas acusa este cambio en la representación del fin de los tiempos. Más exactamente, la cultura de masas fuerza el cambio de las representaciones, instituyendo un nuevo imaginario. Un ejemplo de ello podría ser la serie televisiva Aftermath, de producción canadiense, pero distribuida por Syfy, uno de los principales canales temáticos de los Estados Unidos. En la primera temporada (2016), que en España se emite ya bajo el título de El fin del mundo, la familia Copeland huye entre el caos provocado por la caída de estrellas (meteoritos), seísmos, erupciones y ataques de seres demoníacos, mientras el padre, un arqueólogo especializado en historia de las religiones, intenta encontrar una explicación a lo que ocurre, consultando los libros sagrados de distintas civilizaciones.

La recuperación de la simbología apocalíptica tradicional por el cristianismo evangélico, que partía de la interpretación de la fundación del Estado de Israel como el regreso de los judíos a Sión, se ha visto reforzada por el descubrimiento de otro de los motivos clásicos del pensamiento apocalíptico en el terrorismo islámico: a saber, el de la aparición del Anticristo con sus huestes, las hordas de Gog y Magog. No es algo nuevo. Durante los primeros siglos de expansión del islam, se desarrolló en Siria, Egipto y España una literatura cristiana apocalíptica que veía en Mahoma el Anticristo anunciado por san Juan. La reforma luterana desplazó esta figura al Papa e identificó en la Iglesia de Roma a la Gran Ramera de Babilonia. Desde el atentado contra las Torres Gemelas, todos estos símbolos vuelven a asociarse con el islam.

Lo que explica también otro fenómeno curioso: la creciente simpatía de los evangélicos norteamericanos (y de Trump) por Putin, Rusia y el cristianismo ortodoxo, que, al contrario que la Europa católica, luterana o anglicana, hace la guerra al islam en el Cáucaso y en Siria. Es difícil advertir este giro religioso de la política americana desde una Europa secularizada donde, como observa Erri de Luca en su ensayo Penúltimas noticias acerca de Yeshua/Jesús (Sígueme, 2016), «cada generación ha albergado la esperanza de ser contemporánea del reino, resignándose luego a disolverse en el polvo sin haber sido escuchada». Ya la vieja Europa ni siquiera alberga esa esperanza: el retraso de la Segunda Venida la ha decepcionado y parece esperar sólo, como los aburridos bizantinos de Cavafis, que entren de una vez los bárbaros hasta la cocina y la monten bien montada. Total, que el siglo se está poniendo interesante. Demasiado.

Jon JuaristiJon JuaristiArticulista de OpiniónJon Juaristi