LCD Soundsystem y John Carpenter rompen la madrugada del Primavera Sound

El regreso de los neoyorquinos y el pase del cineasta marcaron anoche la primera jornada de pago del festival

BARCELONA Actualizado: Guardar
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Sólo es jueves, así que el cuerpo debería estar fresco y las piernas descansadas, pero no. Nada de eso. El Primavera Sound es como un puerto de montaña cada vez más empinado y, a la que te descuidas, te descubres trotando de un escenario a otro como un pollo descabezado y contemplando la línea del horizonte, esa madrugada tras la que se esconde la hormigonera de LCD Soundsystem, como una meta inalcanzable. Un poco de Destroyer, una siesta con Air, un ir y venir entre Tame Impala y John Carpenter, un subir y bajar escaleras para escuchar a Vince Staples y Her Man Superstar y adiós energías. ¿La una y diez de la mañana, dices? Veremos.

Pero entonces suena la batería marcial de «Us V Them», el funk se hace carne y las piernas resucitan como por arte de ensalmo. Así que piernas para qué os quiero y nueva descarga, monumental y gigantesca, de ritmo dislocado y apabullante para poner del revés el Forum y añadir un nuevo hito, otro más, a la historia del Primavera Sound.

En la gigantesca explanada del los escenarios principales apenas se cabía, pero daba igual: James Murphy echó el lazo el público con «Daft Punk Is Playing At My House», recordó su atropellado estreno en el festival hace trece años, cuando nada indicaba que acabarían convirtiéndose en tamaño gigante del ritmo, y espantó cualquier amago de cansancio enganchando a todo el público a su locomotora de baile y frenesí.

La gigantesca bola de espejos marcaba el camino, las proyecciones aportaban enjundia audiovisual y el traqueteo incansable del maratón de hits formado por «I Can Change», «Movement», «Yeah», «Losing My Edge» o «All My Friends» buscaba el trance hipnótico. La gente, apretujada y feliz, hacía el resto. Apabullante. Como si no hubiera pasado el tiempo aunque, bien pensado, en realidad tampoco ha pasado tanto; apenas cinco años desde que anunciaron su adiós.

¡El horror, el horror!

En cierto modo, el triunfo de LCD Soundsystem estaba cantado, así que la gran sorpresa de la noche fue encontrarse a John Carpenter, sumo sacerdote del horror, con el puño en alto y mascando chicle mientras firmaba un vibrante y nutritivo repaso a las bandas sonoras de sus películas. El cineasta se acordó de Morricone para recuperar la inquietante melodía de «La cosa», repartió mal rollo a paletadas mientras retorcía teclados y dejaba que la banda soltase chispas al ritmo de «Golpe en la pequeña China», «Halloween» o «Christine» y, por si quedaba alguna duda, acabó exclamando que adora las películas de terror. Una delicia recién salida de las tinieblas y el contrapunto perfecto para una noche en la que Air y Tame Impala se encerraron en su burbuja de sonidos mullidos y confortables.

Los primeros, como recién salidos de un anuncio de Neutrex, desplegaron impasibles su pop versallesco y su electrónica amable en un escenario demasiado grande para tanta sutileza. Los australianos, en cambio, volvieron a jugar la carta de la psicodelia brillante y colorista y se llevaron de calle al público, aunque se las tuvieran que ver con un inoportuno corte de sonido que decapitó «Eventually» y dejó mudo el escenario un buen rato.

Antes de eso, a primera hora de la tarde, ya quedaba claro que el Primavera Sound tiene cada vez más músculo y unas dimensiones de coloso del indie: por el recinto circula cada vez más gente, se multiplican los acentos -raro será que el público extranjero no sea este año mayoría- e incluso se ven cada vez padres empujando carritos y niños con gigantescos auriculares como de controlar el tráfico aéreo. Así que crece el Primavera, crece su público y crece también una oferta que el jueves se abrió de para en par a la verborrea -y también a los topicazos, todos en su su sitio- de un Vince Staples atropellado pero aún lejos de Kendrick Lamar, al resultón y entretenido soul de serie B de Her Man Superstar, al asombro generalizado ante el despliegue de fuerzas de Kamasi Washington en el Auditori o a la épica springsteeniana que el canadiense Destroyer persigue a ciegas en «Dream Love». Ahí empezó a abrirse una velada que cerraría de par en par y con doble cerrojo la rave eufórica de LCD Soundsystem. Y esto no ha hecho más que empezar.