Mark Reeder se marchó al Berlín Oeste diez años antes de la caída del telón de acero
Mark Reeder se marchó al Berlín Oeste diez años antes de la caída del telón de acero - DORIS KLAAS
MÚSICA

Mark Reeder: punk rock clandestino en el Berlín comunista

El productor y compositor inglés abandonó Manchester en 1979 y se fue a aquella efervescente y oscura capital alemana dividida por el Muro, donde fue pionero del resurgir de la cultura underground, «haciendo muchas cosas consideradas temerarias»

A su alrededor gravitaron personajes como el artista Keith Haring, la actriz Tilda Swinton y músicos como Nick Cave, Bernard Sumner, Blixa Bargeld, Heino o DJ WestBam, más tarde padrino del Love Parade

MadridActualizado:

Quién sabe si Mark Reeder (Manchester, 1958) podría haberse convertido en una estrella. Tenía 18 años cuando fundó The Frantic Elevators con un amigo de la infancia. Grabaron algunos sencillos y dieron muchos conciertos. Además, estaba «muy metido en el negocio de la música» a través del mítico sello Factory Records. Y también estaba bien rodeado, pues trabajaba en una tienda de discos y se codeaba con personajes como Ian Curtis, que pasaba por allí continuamente a comprar vinilos cuando Joy Division ya rechazaba ofertas de Warner Bros. por un millón de dólares. Pero, de repente, decidió abandonarlo todo.

«Todo el mundo me preguntaba: “¿Pero para qué te vas a ir a Berlín?”. Solo me decían cosas negativas. Y eso, sin embargo, aumentó mi curiosidad. Si Billy Idol e Iggy Pop estaban allí, no podía ser tan malo», cuenta Reeder desde la capital germana. Y no les faltaba razón. A su llegada en 1979, la ciudad seguía atravesada por aquel enorme muro de hormigón con 300 torres con policías preparados para disparar y una «franja de la muerte» sembrada de minas antipersona, donde ya habían perdido la vida más de 500 personas desde 1961. Pero él se había quedado tan fascinado con los discos de Can, Neu!, Kraftwerk y, sobre todo, Tangerine Dream, que hizo el petate y se fue como representante de Factory Records a conocer aquel ambiente oscuro que adivinaba en los vinilos.

Su compañero de grupo en Manchester era Mick Hucknall, que no tuvo más remedio que montar otra banda al partir su amigo. La llamó Simply Red, con la que enseguida se hizo famoso y millonario. Pero Reeder nunca dudó de que había hecho lo correcto: «En cuanto llegué allí, pensé: “¡Guau! Esto no es para nada como me lo había imaginado”». Y se hizo productor, compositor, manager, promotor, ingeniero de sonido, presentador de programas de música y, sobre todo, protagonista del resurgir de la cultura underground en aquella capital efervescente que definió la música de finales del siglo XX.

La primera gira de Joy Division

Lo primero que hizo fue llevar a Joy Division a Berlín en la primera y única gira que hicieron por Europa en diciembre de 1979. Tres meses después, Ian Curtis se ahorcaba en su cocina mientras escuchaba a Iggy Pop. «Entonces empecé a hacer muchas cosas consideradas temerarias, aunque entonces no lo pensaba. Sobre todo, en Berlín Este, donde organicé conciertos ilegales, algo mucho más peligroso que cualquier cosa que hiciera en el Oeste», recuerda Reeder sobre esa mitad del país donde «solo había una religión, el comunismo, y el punk rock ni siquiera existía. Para los soviéticos significaba el fracaso del capitalismo y no lo querían para el socialismo».

El primero se celebró en una iglesia, en 1981, encubierto como un servicio religioso. Para despistar a la Stasi, Reeder programó a un grupo local, pero tocó la banda que él había cruzado: Die Toten Hosen. Se trataba de fomentar el intercambio de esas músicas prohibidas en el Este. «Fuimos a pie en grupos de tres personas y en diferentes trenes, como si no nos conociéramos. Aparecieron cincuenta chavales, siempre alerta por si venía la Policía. Todo era secreto», señala. Dos años después, otros dos grupos amigos tocaron en otra iglesia y les cazaron. ¿La condena? Fueron enviados al ejército y a la cárcel dos años.

Berlín Oeste se caía a pedazos, pero muchos jóvenes acudían allí porque les eximía del servicio militar y, además, se podía vivir con cuatro marcos. No les importaba que no hubiera trabajo, ni que muchos edificios siguieran en ruinas desde la Segunda Guerra Mundial. Alrededor de Reeder gravitaban personajes como el artista Keith Haring, la actriz Tilda Swinton y músicos como Blixa Bargeld, Heino o DJ WestBam, más tarde padrino del Love Parade. «Tras la muerte de Curtis, Bernard Sumner también estuvo en Berlín conmigo. Le enseñé sonidos que luego incorporó a New Order. Sin esa electrónica que le envié en casetes no existiría “ Blue Monday”», aseguraba el productor sobre el fundador de Joy Division y New Order en el documental «B-Movie: Lust & Sound in West-Berlin 1979-1989» (2015). Y añade ahora: «A principios de los 80, Nick Cave vino a vivir a mi casa durante diez semanas, mientras buscaba un piso. Lo recuerdo en su habitación, con una pistola, escribiendo el guión que después conocimos como “The Proposition”».

«Daba miedo»

Reeder comenzó a viajar a Berlín Este más frecuentemente, a medida que la burocracia se relajaba. En 1988 organizó otro de sus conciertos clandestinos, de nuevo con Die Toten Hosen. Esta vez lo encubrió como un acto benéfico para huérfanos rumanos en una iglesia en Pankow. «Invitamos solo a 50, pero aparecieron 600. Aquello dejó de ser un secreto y la Policía apareció. Le dijo al cura que los grupos del Oeste estaban prohibidos, pero como no sabían qué aspecto tenían los músicos, aseguró que eran de Dresde y actuaron. Una semana después, la Stasi fue a casa de varios asistentes en busca de responsables. Daba miedo».

El telón de acero agonizaba, pero Reeder era vigilado como una potencial amenaza para el ideal comunista. Mientras, Die Toten Hosen se convertía en el primer grupo del Oeste con permiso para distribuir sus discos en el Este. Y a Reeder le contrataban para producir el primer álbum de la new wave de allí, de Die Vision. Será el último realizado en la Alemania socialista. «Grabé la última canción el 2 de noviembre de 1989 y les dije que me iba de vacaciones, que lo mezclaría a la vuelta. El 9 de noviembre, cuando cayó el Muro, estaba en Auswitch. No me enteré hasta diez días después, en un hotel cerca de Rumanía donde leí un periódico que decía: “Alemania del Este empieza a desmantelar el muro”. Pensé que era broma y busqué un diario inglés. Decía lo mismo... Me lo perdí».