James McNew, en primer plano, junto al resto de Yo La Tengo: Ira Kaplan y Georgia Hubley
James McNew, en primer plano, junto al resto de Yo La Tengo: Ira Kaplan y Georgia Hubley - ABC

Yo La Tengo: «Nunca pensamos en vender un millón de discos, nuestras metas fueron más realistas»

El bajista James McNew cuenta cómo entró en la banda de Hoboken a los 22 años, antes de que hoy viernes comience su gira por España en Santiago de Compostela

MadridActualizado:

James McNew (Baltimore, 1969) descuelga el teléfono desde Brooklyn, Nueva York, donde se marchó a principios de 1991 desde Providence, cuando recibió la llamada de Ira Kaplan: «Oye, James, ¿iba en serio lo de la otra noche? Si quieres, vente, puede ser divertido». Tres días antes, el guitarrista y su mujer, la batería Georgia Hubley, habían pasado por su ciudad para cenar con sus amigos de Christmas, la banda en la que McNew tocaba desde hacía dos años. Apenas los conocía, pero cuando el matrimonio comentó agobiado que, una vez más, se habían quedado sin bajista para su inminente gira por Europa tras la publicación de « Fakebook» (1990) y el epé «This Is Yo La Tengo» (1991), McNew soltó «de broma»: «Voy yo, que ahora no tengo nada que hacer».

Al bajista ni se le había pasado por la cabeza que le llamaran. Tan solo llevaba dos años tocando el bajo y su banda apenas daba conciertos, mientras que Yo La Tengo se había convertido en una especie de grupo de culto en el underground de la costa este de Estados Unidos y estaba todo el tiempo girando. «Cuando me lo preguntó, dije inmediatamente que sí. Estaba emocionado. Era un gran fan de ellos, incluso, antes de conocerlos. Hasta ese momento, jamás creí que pudiera ser músico. No lo veía como algo posible ni tenía la más mínima oportunidad de que ocurriera. Mis planes eran otros: ir a la universidad y hacerme profesor. Pero, de repente, todo cambió», recuerda McNew entre risas.

Desde su fundación en 1984, Yo La Tengo había tenido 14 bajistas. Demasiados para solo siete años. Entonces McNew empezó a conducir hasta Hoboken (300 kilómetros) los fines de semana para ensayar con Georgia e Ira y aprenderse rápidamente las canciones aún no grabadas de « May I Sing With Me» (1992), otras viejas y –siguiendo una costumbre mantenida hasta hoy– «toneladas de versiones» de bandas tan dispares como Beat Happening, Gene Clark, Beach Boys, la acordeonista Antonio Apodaca, John Cale, Daniel Johnston, Blondie, Cat Stevens, Roky Erickson o The Escorts. Y el lunes por la mañana, muy temprano, de vuelta a Providence para abrir la cafetería en la que trabajaba por las mañanas y atender en la tienda de discos donde curraba por la noches.

De Providence a Brooklyn… y a España

Poco tiempo después, se embarcaron en la pequeña gira europea que compartieron con Eleventh Dream Day. «Y, efectivamente, fue muy divertida. Teníamos mucho en común. Nos gustaban los mismos programas de televisión, escuchábamos los mismos discos y éramos seguidores de los mismos equipos deportivos.... ¡Fue muy fácil!», asegura el bajista. Así que, al regresar a Estados Unidos, dejó sus trabajos en Providence y se mudó a Brooklyn. Lo primero que Georgia e Ira hicieron cuando llegó fue darle una copia de las llaves del local de ensayo. Eso le hizo pensar que había sido aceptado como tercer miembro oficial de Yo La Tengo. Y así fue. Acababa de cumplir 22 años. «Desde entonces no he tenido otro trabajo. La música se convirtió en mi vida», subraya.

Se acopló perfectamente a la dinámica del matrimonio. En las giras que hacían no tenía problema alguno con las continuas paradas para comer barbacoa y comprar discos. Se adaptó también con entusiasmo al repertorio acústico y, además, cantaba. Y cuando estaba algo deprimido, era fácil verle reír. «James era bastante tranquilo, lo que resultaba esencial, pues Ira no lo es tanto», comentaba un amigo íntimo de la banda en la biografía del grupo escrita por Jesse Jarnow en 2012.

Solo tardaron unas semanas en ponerse a grabar «May I Sing With Me», el último disco antes de fichar por Matador. Y en el verano de 1992, se marcharon de nuevo a Europa para promocionarlo. Iba a ser la segunda vez que pasaban por España. La primera, sin James MacNew, fue en 1989. En Madrid actuaron en la minúscula sala Rock Club de la calle San Bernardo, la misma que el concejal del distrito centro del PP, Ángel Matanzo, describió en ese mismo momento como «un local vergonzoso plagado de auténtica basura. Los vecinos del bloque tienen toda la razón cuando se quejan de esta lamentable situación. Celebrar conciertos de rock en directo hasta las cinco de la madrugada en un club no demasiado grande que era el antiguo Biombo Chino es una barbaridad. Y más aún, en pleno centro de la capital». La crítica de aquel concierto publicada por ABC decía: «Los neoyorquinos Yo La Tengo eran la gran atracción de la noche [también tocaban Las Ruedas y Doctor Petaco]. Si bien en disco suenan bastante inocentes, haciendo un pop rock basado en suaves melodías y, en definitiva, de fácil digestión, en directo se transforman absolutamente creando una auténtica pared de sonido muy similar, quizá demasiado, a lo que hacía la Velvet Underground. El guitarrista maneja su instrumento con auténtico dominio, aunque a veces no lo parezca. Y la base rítmica contribuye con eficacia a esa especie de caos sonoro que solo cede en algunas brillantes baladas como “ River of Water”, su canción más popular entre el público madrileño» (firmada por Pablo Carrero).

La crítica demoledora de ABC

Cuando pasaron por España en 1992 para presentar «May I Sing With Me», la primera visita de McNew a nuestro país, la crítica de su concierto en Madrid en la sala Revolver era muy diferente a lo que hoy están acostumbrados. «Grupo de culto, los de Hoboken son banda de garaje, pero menos, un garaje donde no se encuentran Vitaras de bella factura, todo lo más Skodas checos de basta mecánica. Sostenían mucho las guitarras sobre un haz de rayos ocres y oscuros, las sostenían tanto que al final se les caía la música. Hacían unos finales horribles y, de pronto, se iban a un calma chicha que se agradecía porque, hasta para producir ruidos límites y balances distorsionados, hay que tener un cierto estilo. Tuvieron instantes espléndidos [...] con guitarras contundentes, sonido metal y ritmo frenético a velocidad justa. No fueron muchos minutos, pero quizá justificaron a los que estaban perdidos por sus huesos la presencia en Revólver a tan altas horas de la madrugada. Para nosotros, desde luego, no. Kaplan, McNew y Hubley no merecieron tanta expectación. Había en el local menesteres mucho más interesantes –vikingas doradas, diosas mandadas directamente por Thor y Odin para disfrute de los mortales– como para hundir la mirada en las entrañas de un garaje mayoritariamente ruinoso» (firmada por José Manuel Cuellar).

Pero no nos llevemos a engaño. En ese momento, con la entrada del nuevo bajista, comenzada la época más creativa y gloriosa de Yo La Tengo, que, sin grandes saltos ni éxitos emitidos por la MTV, fueron creciendo poco a poco hasta convertirse en uno de los grupos insignia del «indie» americano. De ese «indie» que, a finales de los años ochenta y principios de los noventa, sí que se desentendió del mercado y se hizo voluntariamente marginal.

–¿No hubierais preferido alcanzar esta popularidad más rápido?

–¿Te refieres a si hubiéramos preferido hacernos millonarios antes? (risas). Es broma. Sí, supongo que hemos crecido muy poco a poco, de manera muy lenta, pero es que la banda no se creó con la meta de conseguir ningún éxito. Nadie pensó: «Vamos a montar una banda, vender un millón de discos, ganar unos cuantos premios y ser famosos». Soy consciente de que muchos músicos lo hacen, pero nuestras metas siempre han sido diferentes... más realistas, supongo. Del tipo de: «Voy a aprenderme este acorde, tocar ciertos instrumentos, escribir una canción y luego escribirlas mejores. Después a grabarlas nosotros solos y hacer discos». Supongo que eso ha hecho que no crezcamos tan rápido, sino de una forma más natural.

–Pero no es que hayáis tenido algún tipo de fobia a haceros demasiado famosos o a que alguna de vuestras canciones se convierta en un hit mundial, ¿verdad?

–No, eso nunca ha sido un problema ni hemos pensado en ello, pero no quiero ser más conocido de lo que soy ahora. De vez en cuando, cuando voy caminando por mi barrio en Brooklyn a comprar, alguien me para y me dice «hola». Esa es suficiente fama para mí.

–No parece mucha fama para los miembros de un grupo que, en ocasiones, ha sido descrito como uno de los padres del «indie». ¿Cuando entraste en Yo La Tengo ya usaba esa etiqueta para describir vuestra música?

–No lo recuerdo. Creo que fue más bien en los 80… mmmmm… pero nunca he creído en ella. Pienso que es solo una palabra de marketing, así que llevo mucho tiempo intentado no pensar en ella. ¡Simplemente no me interesa! (risas). Siento que es una forma muy perezosa de explicar algo que en el fondo es muy complicado.

–Con «I Can Hear The Heart Beating As One» (1997) vendisteis más de 300.000 copias. Vuestro álbum más vendido. ¿Cambió algo en vuestras vidas?

–Oh, sí. A partir de ese momento creo que más gente empezó a prestarnos atención en América, donde comenzamos a dar más conciertos y en salas más grandes. Y a tocar cada vez en más ciudades y pueblos. Fue un época muy emocionante. Y fue guay, porque lo cierto es que no hicimos nada diferente de lo que veníamos haciendo desde hacía muchos años para que eso ocurriera. Éramos nosotros mismos.

–¿Y perdisteis aunque sea un poco de independencia en Matador con ese aumento de las ventas discos?

–No. Y creo que ahora tenemos más libertad que antes para hacer lo que nos da la gana sin dejar de ser nosotros mismos. Nos aferramos a la independencia que teníamos desde el principio y siempre estamos preparados para adquirir más.

Con « There’s a Riot Going On» (2018), el trío suma ya 15 discos de estudio, seis recopilatorios, otros 15 epés, nosecuántos mil sencillos y una libertad fuera de lo normal para una banda de su generación, su éxito y su género. Después de 35 años en la carretera y habiendo superado ya Ira Kaplan los 62, siguen haciendo giras por espacios enormes y salas pequeñas, publicando álbumes de música experimental y de pop, dando conciertos donde el público escoge las canciones en directo, grabando bandas sonoras, lanzando discos de versiones o colaborando con artistas tan dispares como Sun Ra, Jad Fair, Daniel Johnston, Ray Davies o Yoko Ono. «Tocar en Yo La Tengo es el trabajo más divertido del mundo», asegura.