¡Más madera!

A Puigdemont no le interesa que haya un verdadero gobierno en Cataluña porque él dejaría de ser «president»

José María Carrascal
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El único elogio que puede hacerse al incendiario discurso de Quim Torra en el Parlament es que fue claro. No se anduvo con tapujos, tan frecuentes en esos foros, y dijo lo que buscaba: la República independiente de Cataluña. Está en su derecho, pues España es una democracia, y todos los ciudadanos son libres de expresar sus deseos. Le faltó, sin embargo, un detalle, pequeño, pero importante: decirnos cómo va a buscar esa república si le eligen president de la Generalitat. De hacerlo respetando las normas establecidas para ello por la Constitución y otras leyes, no hay problema, puede poner manos a la obra mañana mismo. Por desgracia, no es eso lo que dio a entender cuando puso a Puigdemont como modelo, anunció que redoblaría la «acción exterior» –supongo referido a las «embajadas» cerradas–, que revisaría los daños causados por el 155 y, sobre todo, que «seguirá leal al modelo republicano del 1-O», cuando ese día no hubo más que un referéndum ilegal. Para hablar con la misma franqueza que él: todos tuvimos la impresión de que Quim Torra no tiene la menor intención de seguir por la «senda constitucional», sino más bien por la opuesta, es decir, la de su padrino, pese a cómo ha acabado éste.

Pues lo logrado por los secesionistas catalanes saltándose todas las normas no puede llamarse éxito: salida de más de 3.000 empresas, un déficit monumental, la mitad de su cúpula en la cárcel, la otra mitad huida, la ciudadanía dividida y Ciudadanos como fuerza más votada. A lo que se añade que vuelven a estar a merced de la CUP. Y estar a merced de la CUP es como ir montado en un tigre: si sigues cabalgando te lleva a dónde a él le dé la gana y si te bajas, te devora. Los independentistas catalanes que se han puesto en manos de los antisistema lo tienen mal, no importa lo que hagan. La CUP va a pedirles que declaren sin más la independencia. Si lo hacen, ya saben lo que les espera, la cárcel. Si no lo hacen, la CUP les retira su apoyo y pierden el gobierno. Algo que puede ocurrir hoy mismo, en la segunda votación, aunque no creemos suceda, pues los antisistema, incluso con Ana Gabriel silenciosa y peinadita en Suiza, son tan radicales como crueles, sobre todo con los burgueses. Lo sabremos pronto. No han logrado nada de lo que querían, pero en vez de rectificar, insisten en lo mismo, como los hermanos Marx en el Oeste, quemando el tren al grito «¡Más madera! ¡Es la guerra!». ¿Es lo que buscan? Pudiera ser. Cuando se está desesperado, el choque frontal parece una solución.

Aunque todo puede ser mucho más sencillo: a Puigdemont no le interesa que haya un verdadero gobierno en Cataluña porque él dejaría de ser «president». Así que ha puesto un mandado a armar todo el jaleo posible, mientras él se pasea por las capitales europeas vendiendo su república de papel.

José María CarrascalJosé María CarrascalArticulista de OpiniónJosé María Carrascal