Ambassador suites

No tiene buena pinta el Melrose Place del «govern» en el exilio. Tiene que estar eso lleno de separados recientes

David Gistau
Actualizado:

Cuando era niño, la conmoción por la separación de mis padres la sufrí cuando visité a mi padre en el apartamento al que se marchó a vivir solo mientras reorganizaba su vida. Nunca me dio más pena que ese día. No es que estuviera en Bruselas, con una bufandita y concediendo entrevistas que fueran como botellas de S.O.S arrojadas al mar. Pero tampoco hacía falta: ese cubículo impersonal con neverita de minibar, ceniceros llenos y alcanzado por los sonidos de los trenes que salían de la estación de Chamartín ya daba suficiente sensación de desarraigo y evocaba un destierro interior.

Los apartamentos tenían un nombre pomposo: «Reina de Castilla». Suele ocurrir. Y siempre me hizo gracia, porque remite a la idealización de la vida en las embajadas, entre cócteles, conspiraciones y chaqués, que los lugares más tristes utilicen a veces, para parecer sofisticados, señuelos diplomáticos. «Ambassador Suites». Ambassador y Suites, doblemente pretencioso. Hay que desconfiar de un lugar llamado así, que es el elegido para instalarse, mientras reorganizan su vida, por los prófugos catalanes del 155. Vistas las fotografías, y más allá de la austeridad que apenas añade nada a lo que es posible encontrar en una celda de Estremera, la existencia de máquinas de «vending», como las de los pasillos de los hospitales o las redacciones de periódico, supone un agravante de desamparo para unos inquilinos a los que suponemos, mal acostumbrados a la soledad, contando monedas delante de la ranura para cenar ensaladas de bote y pollos tandori de microondas. No tiene buena pinta el Melrose Place del «govern» en el exilio. Tiene que estar eso lleno de separados recientes.

Ah, separados. El separatismo era esto. Que Puigdemont terminara viviendo en un apartamento de separados, como si el verdadero «prosés» de divorcio fuera éste que le ha hecho languidecer de melancolía lejos de esa hembra que daba calor bajo el edredón, la patria utópica, la patria en trance de fundación. De manera que los hijos de la causa pueden ahora sentir la misma pena que yo tuve cuando visiten al prócer en ese ámbito despojado de todo cuanto había a su alrededor que lo ungía de autoridad paternalista. Pese a sus intentos de martirizarse como exiliado, ya no puedo ver a Puigdemont sino como a uno que acaba de separarse. Hasta detecto en la figura del abogado que lo llevó en Gante a la ópera a ese amigo preocupado por tu tristeza que te obliga a hacer planes, a salir, quién sabe si a conocer patrias nuevas en algún bar frecuentado por los destinos manifiestos más sexis. Dale, Puchi, anímate, aunque tengas algo oxidados por la falta de uso los resortes del ligue. Puigdemont se ha cortado el pelo y alterado el peinado, que es otro comportamiento típico de los separados cuando cambian de «look» para convencerse a sí mismos de que empieza algo nuevo. Mientras, los consejeros volverán a casa y él seguirá con sus actos de autocompasión en el Ambassador Suites.

David GistauDavid GistauArticulista de OpiniónDavid Gistau