Morten Traavik, durante la gira de Laibach en Corea del Norte
Morten Traavik, durante la gira de Laibach en Corea del Norte - ABC

Laibach, la «aventura subversiva» de actuar en Corea del Norte

El artista y cineasta Morten Traavik cuenta a ABC cómo organizó los primeros conciertos de la historia de un grupo occidental en Pyongyang

Reciéntemente se ha estrenado en el Festival In-Edit de Barcelona el documental que salió de aquella experiencia

MADRIDActualizado:

Cuando Morten Traavik propuso a los miembros de Laibach realizar dos conciertos en Pyongyang, en la que sería la primera gira de una banda occidental en la historia de Corea del Norte, reaccionaron con miedo: «Al principio rehusaron, pero no por cuestiones éticas o morales, sino porque pensaban que sería peligroso para ellos. Sabían que varios turistas extranjeros habían sido encarcelados por pequeños incidentes, que las autoridades comunistas calificaron de criminales con respectyo a su régimen», cuenta el director y artista noruego sobre esta aventura «políticamente subversiva que, por supuesto, acarreaba un riesgo».

El pequeño tour de Laibach se produjo en el verano de 2015. Ni siquiera se había producido aún la muerte de Otto Warmbier, el joven condenado a trabajos forzados por robar un cartel del queridísimo líder de su hotel, que pasó más de un año en coma sin que el régimen de Kim Jong-un avisara a su familia. «Aparte de eso, el grupo no tenía ninguna reserva. La cantante, Eva Breznikar, dijo que si iban a dejar de tocar en los países con los que no estaban de acuerdo, lo mejor sería que se quedaran en casa siempre», recuerda Traavik sobre esta banda eslovena que nació, en 1980, para convertirse en la cara más visible del colectivo artístico N.S.K. (Neue Slowenische Kunst), del cual el Museo Reina Sofía realiza actualmente la primera retrospectiva en España («Del kapital al capital», hasta el 8 de enero).

Antes de llevar a Laibach, este director noruego había estado quince veces en Corea del Norte. «Mi primera impresión fue muy fuerte y no ha cambiado desde entonces. Era como vivir algo surrealista, sin comercios, ni vallas publicitarias, ni músicos callejeros, ni prostitutas… Un país del Tercer Mundo con un poder muy fuerte», asegura. La razón de esos viajes fueron los proyectos de colaboración que realizó con el Gobierno de Pyongyang, en los que se produjeron intercambios culturales entre artistas norcoreanos y extranjeros, controlados, obviamente, por las autoridades comunistas. «Sin esa confianza que fui adquiriendo hubiera sido imposible hacer los conciertos. Todavía estoy sorprendido de que hayamos sido capaces de conseguirlo», reconoce Traavik. Uno de sus primeros escollos fue el «embajador» español del régimen de Kim Jong-un, Alejandro Cao de Benos. «Era la persona que me cerrabas las puertas del país. Siempre estaba cabreado, intentado sabotear el proyecto, por lo que tuve que establecer mis conexiones más allá de él», explica el director del documental que salió de aquella experiencia, «Liberation Day», recientemente estrenado en el Festival In-Edit de Barcelona. Finalmente lo consiguió y propuso la idea a sus nuevos contactos, que aceptaron con la «excusa de mostrar al mundo que, quizá, el país más hermético del mundo era un poco más abierto de lo que la gente cree».

Aquello coló, pero aún faltaba un obstáculo que superar. No hay que olvidar que tanto Laibach como N.S.K. nacieron en los 80 con la idea de criticar a los diferentes sistemas de opresión que operaron sobre el pueblo esloveno. En primer lugar, la Alemania nazi, y, en segundo, el Gobierno de Yugoslavia en el que se encontraba, antes de su desintegración, bajo la órbita socialista de la URSS. Su estética militar cercana a esos mismos sistemas totalitarios a los que atacaba, y ese rock industrial en la órbita de grupos como Rammstein, hizo que se les asociara erróneamente con el nacionalsocialismo. «Nosotros somos tan nazis como Hitler artista», insistían. Pero la polémica se amplificó por el efecto de la televisión, hasta que fueron vetados para actuar en su país durante dos años. «Cuando los medios de comunicación se hicieron eco de los conciertos, cayeron en esos viejos artículos en los que se acusaba a la banda de nazi. Todo el mundo se centró en ese enfoque: un grupo fascista va a ir a tocar a país comunista más cerrado del mundo. Las autoridades norcoreanas se alarmaron mucho y tuve que dar numerosas explicaciones. Les convencí diciéndoles que era un error, que al igual que las potencias occidentales trataron a Corea del Norte de fascista en el pasado, Laibach había sufrido el mismo problema». Y en su caso era cierto, porque el grupo detestaba al nazismo (aunque abrazara su estética para hacer visibles sus miserias, defendían) tanto como a los estados soviéticos (por acabar convertidos en auténticas tiranías con la excusa de liberar a los obreros).

Traavik no se vio exento de críticas en Noruega por colaborar con un régimen que no respeta los derechos humanos. «No estaba asustado porque el documental fuera atacado políticamente, ya que todos esos proyectos anteriores en los que había participado fueron cuestionados incluso en el congreso de mi país. Pero no creo que eso sea algo malo. Es más, creo que es bueno, porque el arte contemporáneo debe ser socialmente activo. No puedes hacer un documental como este y combatir contra las críticas diciendo simplemente: “¡Eh, solo estaba haciendo arte!”. Eso no es lo que hace un activista real. Debes estar preparado para las consecuencias».

«Ahora ya conocemos esta música»

Una vez en Pyongyang, los integrantes de Laibach tuvieron que realizar todas las concesiones que no han permitido en sus casi cuarenta años de carrera. Tuvieron que olvidarse de su estética e, incluso, se les prohibió usar gafas de sol frente a los monumentos públicos. Tuvieron que aceptar con resignación la intromisión de la burocracia norcoreana, que decidió colectivamente sobre cómo conectar un micrófono o el amplificador, cuáles debían ser los encuadres de la cámara de Traavik y qué imágenes de debían proyectar durante los conciertos. Estos se celebraron el 19 y 20 de agosto de 2015 ante unas 2.000 personas cada uno. «No esperaba ver al público de pie, aplaudiendo con las manos en alto, saltando y cantando. Fue una reacción muy controlada. Igual que cuando el rock and roll llegó a España, Noruega u otro país por primera vez. Nadie me dijo “amo esta música”. Por las reacciones, a la mayoría de la gente corriente no le gustó nada y pensó que era algo terrible y feo», explica el artista noruego sobre la actuación, en la que sonó incluso alguna versión de los Beatles.

Sin embargo, algunos de los jóvenes norcoreanos universitarios que trabajaron con Traavik en la organización le dijeron que había sido algo nuevo para ellos. Otro hombre, al ser preguntado, le respondió: «Hay muchos tipos de música en el mundo y ahora ya conocemos esta». «Más allá de si les pareció buena o mala, los más importante era que conocieran y supieran que existe esa música, en un régimen tan hermético y cerrado como el norcoreano».