Frankenstein y su novia
Frankenstein y su novia - ABC

200 años con FrankensteinEl Monstruo: El pavor y la ternura

«La novedad de Shelley no es haber creado un monstruo sino hacerlo con una tecnología que aún hoy podemos reconocer como nuestra; no hay monstruo sin aparataje asociado»

MadridActualizado:

No podemos considerarnos del todo humanos sin nuestro sesgo monstruoso: el injerto no esperado e indisolublemente tierno que de pronto aparece. Porque antes que el monstruo está lo monstruoso, cuya definición no es más que «aquello que no está en su propia naturaleza». Borges cuenta que cuando vio por primera vez una película doblada se quedó completamente asustado por el radical desfase entre la boca de los actores y el habla, que, en efecto, ajena a su propia naturaleza no encajaba en sus mandíbulas.

La novedad de Shelley no es haber creado un monstruo sino hacerlo con una tecnología que aún hoy podemos reconocer como nuestra; no hay monstruo sin aparataje asociado. La novedad de Kafka fue construir su Gregor Samsa con una tecnología hasta entonces desconocida: la propia cotidianidad y el trabajo asalariado de la clase media. La tecnología natural hoy del monstruo es la Red.

La última criatura que fascina y atemoriza al planeta es Pokemon Go, en tanto que injerto en lo real, en tanto que «realidad aumentada», en tanto que muñeco-presencia que surge en una naturaleza la cual no reconocemos como propiamente suya, sino nuestra, creándose así en la realidad un «cortocircuito Frankenstein», una experiencia de pavor y simultánea ternura. Y es que no puede haber monstruo sin capacidad para producirnos compasión, sin capacidad para que podamos «territorializarnos» en él.

Lo saben bien las religiones, que acostumbran a crear figuras intermedias al humano y al dios para así resonar eficazmente; Dioniso, Jesucristo o Frankenstein vienen de un radical más allá pero también son como nosotros. Es en ese cruce humano-no humano donde se genera la metáfora rica en la exploración de nuestros límites psíquicos y nuestra normatividad social, territorio que en la cultura popular nadie supo trazar mejor que Shelley cuando fabricó su Frankenstein.