Hugh Grant cantando en albanés en el filme de Gonzalo Suárez, «Remando al viento» (1988)
Hugh Grant cantando en albanés en el filme de Gonzalo Suárez, «Remando al viento» (1988)

Prometeo enfocado: el cine de Frankenstein

Como Frankenstein, el cinematógrafo es un montaje de piezas muertas, imágenes que cobran vida al acoplarse

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El cinematógrafo comparte en su esencia la misma naturaleza que el monstruo de Frankenstein, pues su existencia consiste en el acoplamiento (montaje) de imágenes fijas y «muertas» que ensambladas cobran movimiento y vida. Y comparte también esa idea difusa de imposible, inmortalidad, monstruosidad, progreso tecnológico y el potencial de belleza-fealdad o bondad-maldad… La primera vez que se visitaron el cine y Frankenstein fue en 1910, un cortometraje de 16 minutos producido por Thomas Edison y dirigido por J. Searley Dawley a toma única, en plano largo y con la ingenuidad que se puede suponer. Lo que literariamente nació como idea romántica, como reflexión sobre el papel y los límites de la ciencia, como metáfora de libertad, de igualdad, de miedos ante lo desconocido, de reflexión entre el cruce de la ética y la estética, el cine lo convirtió en sustancia de un género, el de terror, y alrededor de esa sustancia creó otro mito, otras claves, pero sin olvidar en sus mejores versiones la idea de Prometeo desencadenado, de soledad, dolor, incomprensión y peligro de arrebatarle algo a Dios (ese fuego prometeico) que el hombre no está preparado para controlar.

Peter Cushing como doctor Frankenstein, observa
Peter Cushing como doctor Frankenstein, observa

El director James Whale le abrió de par en par las puertas del cine al mito con sus dos obras maestras «El doctor Frankenstein» (1931) y «La novia de Frankenstein» (1935), las más puras, poéticas, plenas de horror y drama, y por supuesto insuperables. La Hammer cambió las dosis con Terence Fisher, más carne y menos espíritu, a mediados de siglo, y posteriormente otros géneros, desde la comedia, a la ciencia ficción o el cine social, han utilizado el enorme poder de fantasía, poesía y sugerencia del mito de Frankenstein.

El clásico

Los Estudios Universal, el director James Whale y el actor Boris Karloff le dieron sentido formal al universo Frankenstein, y dos títulos abrien y sellan para siempre la relación entre el cine y la creación de Mary Shelley. «El doctor Frankenstein» (1931) encuaderna a la perfección la brutalidad y la inocencia del mito, y «La novia de Frankenstein» (1935) introduce complejidad, humanidad, terror y crueldad a esa criatura que necesita compañera (Elsa Lanchester) y se inmola ante la decepción amorosa.

Grandes cambios

Terence Fisher recolocó los papeles con «La maldición de Frankenstein» (1957) y traslada la complejidad del monstruo a su creador, Peter Cushing en la versión de la Hammer (especializada en «criaturas»). Dentro del monstruo estaba Christopher Lee, también especializado en «criaturas». La siguiente aportación la hizo Kenneth Branagh en 1995: «Frankenstein de Mary Shelley», con Robert De Niro de criatura y esa pretenciosidad de un shakespeariano haciendo de romántico.

La criatura esquiva

«Remando al viento», de Gonzalo Suárez, y «Dioses y monstruos», de Bill Condon, esquivan a la criatura y sus efectos para situarse en sus causas. La primera, evoca cómo de Mary Shelley, junto a Byron, Polidori y el poeta Shelley alumbran la criatura en una noche de cuentos terroríficos. Y la segunda, aborda los últimos días de James Whale en dolorosa analogía entre sí mismo, su terrible soledad, y el monstruo que creó para la pantalla, todo ello escurridizo y su sutil.

Otros géneros

Frankenstein, piedra angular junto a Drácula del cine de terror, se ha colado en la pantalla disfrazado de otros géneros. Recordada comedia la que hizo Mel Brooks en 1974, «El jovencito Frankenstein», donde embadurnaba de gracia la historia su ayudante Igor (Marty Feldman). Un año antes, en España, Víctor Erice usaba toda la sugerencia poética y desoladora de Frankenstein para engatillar de metáfora y nostalgia una historia de posguerra «El espíritu de la colmena».