Soy de pueblo

En Castelserás (Teruel) no hay cajeros para sacar dinero, tienes que pedir permiso para nacer en el hospital comarcal y donde solo formas en fila india a la espera es en el tanatorio

Érika Montañés
MADRIDActualizado:

Soy de pueblo. Nací en Castelserás (Teruel), un municipio del Bajo Aragón profundo con 827 habitantes, y ya llevo más tiempo fuera del pueblo que dentro. El ciclo vital de sus jóvenes es nacer, crecer y desarrollarse fuera por obligación, irse a estudiar a la ciudad que pille mejor (normalmente Zaragoza, Pamplona, Barcelona, Valencia y Madrid). Con un poco de suerte, encontrarás trabajo y te quedarás a residir en la urbe, volverás al pueblo por las fiestas patronales y a desconectar. Te quejarás de que no hay wifien las diminutas tiendas (caso real), de que vives en una caverna y de que al tercer día estás cansado de tanto aire puro y tan poco ajetreo, que necesitas más teatros, más museos y discotecas. Así que, por inercia, acabarás renegando de tus propios orígenes de alguna manera. Para algunos, soy una pija en el pueblo y una paleta en la ciudad. Y hasta hace poco tiempo no supe ver que esta dualidad era un plus.

En los pueblos, por supuesto, no es todo malo. El saludo a todos es un derecho inalienable y constitucional. No aguantan atascos, ni colas diarias, no tienen tiendas 24 horas, ni multicines. Por no tener, no tienen clases para todos los cursos, juntan a varios en la misma aula o les trasladan a decenas de kilómetros en autobús hasta el colegio más próximo; y si la guardería, infinitamente más barata que en la ciudad, de año en año se queda sin niños (y ahí hay que confiar solo en la cigüeña), pues cerrará. Sus madres no pueden dejar el trabajo, así que tendrán que ingeniárselas. Si no fuera por los rumanos, magrebíes y sudamericanos (por este orden) que repueblan la Comunidad aragonesa, haría tiempo que se habrían cerrado más de dos y más de tres. Porque mi pueblo, dentro del panorama que se dibuja en la serranía turolense, todavía es de los «grandes». No hay cajeros para sacar dinero, tienes que pedir permiso para nacer en el hospital comarcal y donde sí formas en fila india a la espera es en el tanatorio. El cementerio es el único servicio que se expande con holgura en este Teruel mío.

En plena cuna de Luis Buñuel, hoy su tamborrada memorable retumbaría en petición de más servicios, clamaría contra el olvido. En esta tierra una aparición fugaz en televisión de Pablo Iglesias proclamando las privaciones a que se ve sometido el vulgo suena a un chiste lenguaraz. La gente le diría aquí a Don Chalé en la Navata que el suyo ha sido un parto prematuro «privilegiado» y que no hable de vulgo hasta que no acudan a resolver los problemas de un Teruel donde sus precoces neonatos traen consigo el pago de un alquiler en Zaragoza cuando no también el abandono del trabajo. Solo en el hospital infantil de la capital, donde se concentra la mitad de Aragón, podrás salvar a tu hijo.

Apiñados estamos en ciudades como la descomunal Madrid, mientras Teruel muere. Aferrándome a una jota conocida, antes culpaba de desdén a la España vacía. Creía que podía hacer más para conquistar al foráneo. Los versos de aquella legendaria jota decían así: «Despierta Aragón despierta / despierta si estás dormido/ no permitas que tus pueblos se queden en el olvido». Pero eso es tapar el Sol con un dedo. Me encuentro a José Alberto dentro de una ambulancia. El Hospital Obispo Polanco de Teruel se queda sin otorrinos, y no hay radioterapia. Pacientes como este hombre cuentan que les meten todos los días en una ambulancia 4 horas hasta Zaragoza, porque paran a recoger a otros enfermos. «Yo soy fuerte, pero veo cada anciano que llega en las últimas...», dice este enfermo de cáncer, que se da sesiones semanales. «Cuando llego a casa, tras la ida, la sesión y la vuelta, estoy muerto». No es irónico. Alguno ha perecido en la misma ambulancia que hace el trayecto Teruel-Zaragoza para todos los servicios médicos de que carecen. Los de Teruel Existe no dejan de hablar de «marginación sanitaria», mientras en la Franja de Huesca las competencias de la salud se las reparten y rifan entre habitantes de Lérida y Aragón. Hay un drama en un país donde tienes el mejor hospital de referencia para tratarte de tu dolencia a 15 kilómetros y tienes que irte a 186 porque eres de otra comunidad autónoma. Algo no funciona.

Con nacionales intransitables y récord de muertos, eso, a menos que haya elecciones cerca, no importa. Tampoco va con la ideología, porque por allí han pasado los Zapatero, los Rajoy y los Ábalos de turno para prometer que esas comunicaciones en una provincia que mendigó sus únicos 42 kilómetros de autovía (la Mudéjar en Teruel) no son de recibo. El tren ni se huele. Mucho trazado de alta velocidad por Calatayud, Zaragoza y Huesca y mucha gran autopista para encontrarnos al lado con otra España que se va desangrando poco a poco, basculando hacia las grandes ciudades toda su fuerza demográfica. Se queja también Manuel Vilas en «Ordesa»: no hay descanso para los pueblos aislados, que llegan a costear las máquinas quitanieves que les abran paso cuando una nevada les «sepulta» hasta la memoria.

Es jocoso leer en «la España vacía» del madrileño Sergio del Molino que denomina a la ruptura con el campo el «Gran Trauma», producto de la emigración acelerada a las ciudades. Yo soy de pueblo en la ciudad. Y tengo el trauma de ver a gente cosmopolita renegando de sus raíces o a otros que no entienden que alguien no se desprende de su ADN con solo bañarse en un río de oro.

En estos pensamientos estoy cuando recuerdo a Elena, una taxista que cubre tramos del Camino de Santiago aragonés. Vive en Ruesta, una población al oeste de Zaragoza donde el panadero pasa con una furgoneta por encargo una vez a la semana; el asesor fiscal una vez al año para arreglar las declaraciones de los paisanos y donde ella, en su mejor día trasladando a peregrinos o viajeros, ingresa 20 euros. Que con eso y un marido en paro cría a sus hijos y pese a todas las dificultades, tira adelante. Con una bravía baturra y un coraje digno de los mejores campeadores. Miles de personas gritan desde hace años como Elena que están bregando en el silencio, que la Administración no atiende sus ruegos. Que les han dejado solos y que sus impuestos deberían valer tanto como los del que está en la ciudad y vuelve para disfrutar de un atardecer entre mosquitos y estrellas. Pero ese cielo no es gratis.

Nací en Castelserás y al pueblo las oportunidades se las robaron.Y solo se acuerdan de ellos, de nosotros, empadronados por nostalgia y cobardía a un tiempo, cuando saben que nuestro voto pesa más. La España rural ha hablado, y son ustedes los que no quieren escuchar. Empezamos a estar cansados. Estamos pagando el error de haber ridiculizado y estigmatizado la vida en los pueblos. Dice el profesor Ricardo Ruiz de la Serna que en la despoblación no solo se vacía el campo; que cada uno de los habitantes se va desarraigando y quedando hueco sin darse cuenta. Y que no se puede lancear tanto la unidad nacional sin pensar en provincias como Teruel. Otros países de Europa han sabido convertir su entorno rural en un espacio de bienestar y creación. Ayudemos al nuestro. La jota mentía: Aragón ya no tiene que despertar, está bien despierto. Y ustedes siguen aletargados, probablemente por el ruido y las obras de una vida en la ciudad que sigue en construcción.

Érika MontañésÉrika MontañésRedactoraÉrika Montañés