Fotografía facilitada por el servicio fotográfico del Vaticano de la reunión del Papa Francisco con 34 obispos chilenos para abordar los casos de abusos a menores en el país
Fotografía facilitada por el servicio fotográfico del Vaticano de la reunión del Papa Francisco con 34 obispos chilenos para abordar los casos de abusos a menores en el país - Efe

El Papa, a los obispos chilenos, tras el escándalo de los abusos: «Dejaron de mirar al Señor, y su pecado se volvió el centro de atención»

Les informa que el cese de varios «hay que hacerlo, pero no es suficiente, hay que ir más allá»

Corresponsal en El VaticanoActualizado:

En el documento de examen personal entregado a cada uno de los 34 obispos chilenos durante su primer encuentro el pasado martes, el Papa Francisco les hizo notar que la Iglesia de Chile «dejo de mirar y señalar al Señor para mirarse y ocuparse de si misma. Se ensimismóde tal forma que las consecuencias de todo este proceso tuvieron un precio muy elevado: su pecado se volvió el centro de atención». El «pecado» es el abuso sexual de menores y su encubrimiento por parte de varios obispos, abordado en los encuentros colectivos con el Papa a lo largo de tres días.

El texto confidencial que utilizaron como guía de las reuniones -divulgado por la cadena televisiva chilena Canal 13- es un verdadero diagnóstico de las consecuencias del clericalismo, el vicio que Francisco, desde hace cinco años, les pide continuamente erradicar.

Ese vicio lleva a «caer en la tentación de una vivencia eclesial de la autoridad que pretende suplantar las distintas instancias de comunión y participación, o lo que es peor, suplantar la conciencia de los fieles olvidando la enseñanza conciliar que nos recuerda que ‘la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que esta solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella’ (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 16, Lumen Gentium 12)».

El eje del documento del Papa es llegar a las raíces, a descubrir por qué casi media docena de obispos y una conferencia episcopal han sido incapaces de abordar un problema siguiendo las indicaciones clarísimas de ayuda a las víctimas y «tolerancia cero», dadas por Juan Pablo II en 1993 y en 2002 a los obispos de Estados Unidos, y por Benedicto XVI en 2010 a los obispos y a los católicos de Irlanda.

Francisco les advierte que el problema creado, «no se soluciona solamente abordando los casos concretos y reduciéndolos a remoción de personas (obispos); esto –y lo digo claramente- hay que hacerlo, pero no es suficiente, hay que ir más allá́. Sería irresponsable de nuestra parte no ahondar en buscar las raíces y las estructuras que permitieron que estos acontecimientos concretos se sucedieran y perpetuasen. Las dolorosas situaciones acontecidas son indicadores de que algo en el cuerpo eclesial estámal».

Por eso les exhorta a evitar «la tentación de querer salvarnos a nosotros mismos, salvar nuestra reputación (‘salvar el pellejo’); que podamos confesar comunitariamente la debilidad y así poder encontrar juntos respuestas humildes, concretas y en comunión con todo el Pueblo de Dios. La gravedad de los sucesos no nos permite volvernos expertos cazadores de ‘chivos expiatorios’».

El documento incluye datos del informe realizado por el arzobispo Charles Scicluna -enviado especial del Papa-, después de escuchar a 64 víctimas de abusos cometidos por sacerdotes y hermanos Maristas en las últimas tres décadas.

Señala con toda claridad que «no se trata solamente de un caso en particular. Son numerosas las situaciones de abuso de poder, de autoridad; de abuso sexual. Y eso incluye el tratamiento que hasta ahora se ha venido teniendo de los mismos».

Como ejemplos de tratamiento desastroso figura que «algunos religiosos expulsados de su orden a causa de la inmoralidad de su conducta y tras haberse minimizado la absoluta gravedad de sus hechos delictivos atribuyéndolos a simple debilidad o falta moral, habrían sido acogidos en otras diócesis e incluso, en modo más que imprudente, se les habrían confiado cargos diocesanos o parroquiales que implican un contacto cotidiano y directo con menores de edad».

Mas preocupante todavía es la negación de escucha y de justicia cuando las víctimas presentaban denuncia en las diócesis «pues en no pocos casos han sido calificados muy superficialmente como inverosímiles, lo que eran graves indicios de un efectivo delito. Durante la Visita se ha constado también la existencia de presuntos delitos investigados solo a destiempo o incluso nunca investidos, con el consiguiente escándalo para los denunciantes y para todos aquellos que conocían las presuntas víctimas, familias, amigos, comunidades parroquiales. En otros casos, se ha constado la existencia de gravísimas negligencias en la protección de los niños/as y de los niños/as vulnerables por parte de los Obispos y Superiores religiosos, los cuales tienen una especial responsabilidad en la tarea de proteger al pueblo de Dios».

El arzobispo Scicluna descubrió en Chile actos delictivos suplementarios durante los propios procesos en las diócesis como las «presiones ejercidas sobre aquellos que debían llevar adelante la instrucción de los procesos penales o incluso la destrucción de documentos comprometedores por parte de encargados de archivos eclesiásticos».

El mal estaba dentro y era conocido pues, según descubrió el arzobispo enviado a investigar «en el caso de muchos abusadores se detectaron ya graves problemas en ellos en su etapa de formación en el seminario o noviciado. De hecho, constan en las actas de la ‘Misión especial’ graves acusaciones contra algunos Obispos o Superiores que habrían confiado dichas instituciones educativas a sacerdotes sospechosos de homosexualidad activa».

El documento del Papa resulta duro porque es muy claro, pero no está orientado al lamento sino a emprender cuanto antes caminos de solución, pidiendo perdón por pecados y delitos, y buscando apoyo en los laicos, pues «en ese pueblo fiel y silencioso reside el sistema inmunitario de la Iglesia».

Hablar con los fieles de a pie les pone a salvo, mientras que «la psicología de elite o elitista termina generando dinámicas de división, separación, ‘círculos cerrados’ que desembocan en espiritualidades narcisistas y autoritarias en las que, en lugar de evangelizar, lo importante es sentirse especial, diferente de los demás, dejando así en evidencia que ni Jesucristo ni los otros interesan verdaderamente. Mesianismo, elitismos, clericalismos, son todos sinónimos de perversión en el ser eclesial».

En esa línea, según Francisco, «urge generar dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial evitando cualquier tipo de mesianismo o psicología-espiritualidad de elite. Y, en concreto, por ejemplo, nos hará bien abrirnos más y trabajar conjuntamente con distintas instancias de la sociedad civil para promover una cultura anti-abusos del tipo que fuera».

Es necesario poner todos los medios pues, según el Papa, «queremos pasar de ser una Iglesia centrada en si, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de poner en el centro lo importante: el servicio a su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, enfermo, en el abusado... (Mt. 25,35) con la conciencia de que ellos tienen la dignidad para sentarse a nuestra mesa, de sentirse ‘en casa’, entre nosotros, de ser considerados familia».

Eso es lo que hizo Francisco hace apenas tres semanas recibiendo en su casa del Vaticano a tres de las víctimas durante cinco días para escucharlos, con calma, todo el tiempo que quisieron. Es uno de tantos ejemplos que ha dado a los obispos de Chile, que ahora vuelven a su país a reparar el daño causado.