Bassam y su hijo Jan, durante la celebración del tercer cumpleaños de este, en 2016 en Sulaymaniyah
Bassam y su hijo Jan, durante la celebración del tercer cumpleaños de este, en 2016 en Sulaymaniyah - Bassam Zomia

Navidad en Irak: «En cuanto liberaron Qaraqosh, pensé en regresar a mi hogar»

Ayuda a la Iglesia Necesitada lanza esta Navidad una campaña sin precedentes para hacer posible que los cristianos regresen a la llanura de Nínive

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Cuando el Daesh llegó a Qaraqosh el 6 de agosto de 2014, Bassam Zomia y Arin, un joven matrimonio, hicieron lo que todas las demás familias cristianas: huir con su hijo, Jan, de 1 año. La mayoría de las familias de Qaraqosh escaparon a Erbil, en el Kurdistán iraquí, donde muchos tuvieron que dormir en la calle. Después de dos noches así, los Zomia pusieron rumbo a otra ciudad kurda, Sulaymaniyah. Allí los acogió la comunidad del monasterio de Maryam Al-Adhra (Virgen María).

La región de Sulaymaniyah ha acogido estos años a unos 250.000 desplazados internos de Mosul y la llanura de Nínive; de ellos, unos 5.000 cristianos. 1.500 acabaron marchándose a otros países árabes o a Europa. Bassam lo intentó: «Pedí asilo ante Naciones Unidas en Jordania. Pero menos de dos meses después volvimos a Sulaymaniyah. La vida era muy cara, y me acordaba mucho de mi trabajo de veterinario, de mis amigos y de mi iglesia. Lidiar con todo aquello sin una comunidad que me apoyara era muy difícil».

Quedándose en el Kurdistán, parecía más factible volver algún día a una Qaraqosh libre del Daesh. «Confiaba en Dios. No me imaginaba encontrar estabilidad en otro sitio». La ansiada noticia llegó en octubre de 2016. «Cuando me enteré, en lo primero que pensé fue en volver a mi hogar y ver nuestras iglesias. Pero las casas estaban quemadas, destruidas y saqueadas. La mía no tenía muebles, las puertas y la instalación eléctrica estaban destrozadas, y había pintadas del Daesh en las paredes».

El 11 de agosto de 2017, poco más de tres años después de su huida y tras solo dos meses de obras, Bassam, Arin y Jan pudieron volver a casa. Como para ellos, para 6.330 familias cristianas de la llanura de Nínive el año 2017 ha estado marcado por el regreso a sus pueblos: Teleskof, Batnaya, Baqofa, Bashiaa, Bartella, Karmles… Esta será su primera Navidad normal tras la pesadilla del Daesh, y la celebrarán además con la buena noticia –anunciada el 9 de diciembre– de que la organización terrorista ya no controla ningún territorio de su país.

El regreso ha sido posible gracias a la cooperación entre las Iglesias caldea, siro-católica y siro-ortodoxa. En marzo, con el impulso y bajo la coordinación de Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN por sus siglas en inglés), constituyeron el Comité para la Reconstrucción de Nínive, con el objetivo de unificar y repartir las ayudas para este fin. Se trata de un esfuerzo titánico: después de analizar manzana por manzana nueve localidades cristianas de la llanura, el presupuesto para la rehabilitación de las 13.088 casas de las familias que han pedido volver y de los 363 edificios de la Iglesia dañados supera los 200 millones de euros. Del proyecto está excluida Mosul, la capital de la región. Sus habitantes cristianos, de momento, no se plantean volver.

ACN se ha comprometido a aportar 21 millones, un esfuerzo sin precedentes que para la fundación pontificia se prolongará en el tiempo. La campaña Ayúdales a volver, lanzada la semana pasada en España, espera lograr en nuestro país dos de los millones necesarios para cubrir esta inversión que comenzó hace meses. «No es una idea que haya nacido en un despacho –subrayó al presentarla Javier Menéndez Ros, director de ACN España–. Desde que Nínive fue liberada, los cristianos empezaron a pedir ayuda para volver. Casi todos quieren hacerlo». Lo demostró un sondeo realizado en febrero entre los 95.000 que se encuentran desplazados en el Kurdistán iraquí, y atendidos por la Iglesia local.

El anhelo ha llegado a rozar lo cómico. «Casi hemos tenido que ir corriendo detrás de ellos –bromea Marcela Szymanski, responsable de la oficina de ACN ante la UE–. En febrero, yo estaba con un sacerdote analizando el estado de las casas en Batnaya. De repente, nos encontramos a una familia (los padres, tres niñas y un par de abuelos) limpiando las ruinas de un edificio. Casi nos da un ataque, porque acabábamos de ver juguetes-trampa con explosivos dejados por el Daesh. El sacerdote les dijo: “¿Qué hacéis aquí?”. “Limpiando. Nos dijeron que íbamos a poder volver”. “¡Os lo dijimos ayer!” “Pues eso…”».

Para plantearse regresar, las familias pedían tres cosas: seguridad, colegios, y el acompañamiento de un sacerdote. «Cuando les preguntábamos por el trabajo, decían “No se preocupen de eso” –recuerda Szymanski–. Unos van y vienen a su trabajo en el Kurdistán, otros han arreglado con préstamos los pequeños negocios que tenían: pastelerías, zapaterías, restaurantes…». Si a pesar de todo les sigue haciendo falta ayuda, reciben en sus pueblos la comida y medicinas que la Iglesia les repartía en el Kurdistán. En el caso de Bassam, no ha sido necesario: «Nos mantenemos con mi trabajo de veterinario», explica orgulloso.

Algunas de las familias, incluso, han vuelto sin tener agua o electricidad. Al principio, los sacerdotes «gestionaban la compra de bombas de agua y generadores eléctricos». Luego se sumó el trabajo del Gobierno regional, «y en la mayoría de pueblos ya tienen electricidad todo el día».

Con todo, la reconstrucción de Nínive no es solo una respuesta a los deseos de sus habitantes. También de cara al futuro del cristianismo en la región «es importantísimo que regresen –explica Szymanski–. El Gobierno no protege casas vacías», y no faltan candidatos –sunitas, chiitas o kurdos– para repoblar estas localidades tradicionalmente cristianas. «Varios de los pueblos están rodeados de campos que pertenecen a la minoría chiita, y a los cristianos les suelen ofrecer dinero a cambio de las ruinas de sus casas, para que se vayan. Es ingeniería demográfica».

Por ello, el Comité para la Reconstrucción de Nínive ha comenzado arreglando las casas más habitables. El objetivo era que el retorno comenzara lo antes posible. También de cara a los reticentes. Desde Sulaymaniyah, el hermano Jens Petzold, del monasterio de Santa María, explica que al principio algunas personas «no se fiaban y preferían quedarse aquí. Fue Bassam quien rompió el hielo. Cuando él volvió, en muy poco tiempo casi todas las familias que tenían dudas siguieron sus pasos». De hecho –añade Szymanski–, aunque nuestra prioridad eran los desplazados al Kurdistán, por el boca a boca también están regresando familias de los países limítrofes, o incluso de Europa».

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