El científico posa con su primer libro «La vida en cuatro letras»
El científico posa con su primer libro «La vida en cuatro letras» - ERNESTO AGUDO

Carlos López-Otín: «Pensé en suicidarme, ahora mi propósito es recuperar la felicidad»

Uno de los científicos de mayor prestigio de España se vio obligado a retirar de golpe ocho de sus investigaciones. Ahora reaparece con su primer libro tras superar una historia de acoso laboral

MADRIDActualizado:

Carlos López-Otín vio cómo la sombra de la duda recaía sobre sus investigaciones. Al biólogo español más citado, un pionero en descifrar genomas, le cuestionaron el hallazgo de nuevos genes relacionados con el cáncer. Aquella tormenta mediática y la pérdida por una infección de los ratones modificados genéticamente en su laboratorio de la Universidad de Oviedo -«en un día se arruinó toda nuestra investigación»-, le sumieron en una profunda depresión. Pasó de contestar 200 correos electrónicos diarios a ninguno; de dar una conferencia cada semana en cualquier lugar del mundo a ninguna. Ahora vuelve a la esfera pública con un nuevo trabajo con estrategias para mejorar la longevidad y su primer libro: «La vida en cuatro letras» (Paidós), con las claves para entender la diversidad, la enfermedad y la felicidad.

Alguien vio su libro sobre mi mesa de la Redacción y le extrañó que estuviera leyendo un libro de autoayuda. ¿Lo es? ¿lo ha sido para usted?

El objetivo de este libro fue una llamada desesperada para recuperar la felicidad porque sabía que no iba a sobrevivir. Lo hice desde la soledad más absoluta, durante 28 días y sus noches. Nace con vocación de autoayuda para ayudar al autor, pero puede ayudar a muchísimas personas. Solo con el resumen que ya se ha publicado he empezado a recibir visitas de estudiantes que han sido acosados. Lo llaman «bullying», pero la realidad es que el objetivo de algunas personas es hacer sufrir a otros. A mí no me da ninguna vergüenza decir que he sido acosado.

Durante meses un informante anónimo se dedicó a examinar las aportaciones científicas de 30 años de carrera. Ahí hay mucho odio o envidia.

Sufrí dos años de acoso extremo. El origen, como en la mayoría de los casos de acoso fue local y cercano. Quien lo hizo dedicó muchos meses de su vida a estudiar 450 artículos para encontrar en algunas tablas suplementarias errores insignificantes. Con eso quiso crear una atmósfera de que en mi laboratorio ocurrían cosas raras. Nunca me escondí ni me oculté.

Tampoco se defendió usted.

Hicimos lo que debíamos hacer: corregimos los errores técnicos, repetimos los experimentos de hace veinte años y validamos todos los resultados. Salir a defenderme era salir al barro.

Cuenta en su libro que pensó en suicidarse: «No me hubiera importado compartir cianuro de oro...»

Es cierto. No tenía ningún propósito vital, ahora lo tengo y es recuperar mi felicidad.

¿Cómo se sale de eso?

Con ayuda médica, alejándome del foco tóxico, autoterapia y ayuda psicológica. Si no, no hubiera salido. En el libro me planteo cómo la sociedad es destructiva. Los gurús tecnológicos prometen que seremos inmortales en 2045 y yo que trabajo en la punta de investigación del envejecimiento soy profundamente escéptico. Propongo que mejoremos la especie humana en sentimientos y caminemos hacia un homo sentiens desde el homo sapiens.

En el prólogo asegura que en verano perdió su «ikigai», la palabra japonesa que da nombre al propósito vital. ¿Lo ha encontrado tras esta escritura terapéutica?

He recuperado mi propósito vital, tal vez no es el mismo que tenía, pero ahora tengo uno. En este libro se aborda por primera vez el sustrato material de la felicidad con una fórmula genómica. La felicidad es un proceso emocional complejo cuya pérdida no puede atribuirse a solo un gen o a un cambio epigenético o a una alteración en nuestro microbioma

¿Es más difícil hallar una explicación científica para la felicidad que para el cáncer?

Sin duda, es más difícil, por eso no se había hecho nunca.

¿No le da miedo que de investigador de prestigio pasen a considerarlo un nuevo gurú de la felicidad?

No, porque yo soy científico. Al mismo tiempo que se publica «La vida en cuatro letras» completaba el trabajo más completo de mi carrera investigadora, no solo por su relevancia científica sino por su humanismo. Sammy, un joven con progeria -una enfermedad devastadora que acelera el envejecimiento-, ha participado con nuestro laboratorio en una investigación competitiva. Logramos que superara los 12 años, el tiempo de vida que le habían pronosticado sus médicos, fue a la Universidad, se hizo biólogo y ya ha publicado en una revista científica de prestigio un avance sobre progeria. La gratificación fue extrema y si ahora no puedo investigar más es porque el azar me ha dejado sin herramientas. No sé si ahora lograré sacar adelante una investigación extraordinariamente provocadora en la que trabajo: nuevas estrategias biológicas para mejorar la longevidad, modificando los lenguajes biologicos

Usted asegura que Sammy es uno de los cinco campeones de la felicidad del mundo junto a Jeanne Calment, la mujer más longeva del mundo tras alcanzar los 122 años . ¿Él es la prueba de que la enfermedad no tiene que ser la mayor amenaza de la felicidad?

Este es el reto. Schopenhauer dijo que el 90 por ciento de la felicidad es la ausencia de la enfermedad y a cualquiera que le preguntes ahora te dirá « yo lo que quiero es estar sano». Las enfermedades son democráticas, alcanzan a todo el mundo. Y de repente te encuentras a Sammy, una persona que no solo no está sano sino que tiene una enfermedad devastadora.

Durante su «apocalipsis del alma», se refugió en París en un laboratorio de la Sorbona. ¿Ha perdido la ilusión por investigar?

Sí, entonces solo quería sobrevivir. Ahora voy a ver lo que me depara el destino, el laboratorio está prácticamente en ruinas respecto a los objetivos iniciales pero he dedicado mucho tiempo a proponer proyectos alternativos que podamos hacer sin ratones y en eso estamos, restaurando las heridas. Me intentaron lapidar socialmente y la sociedad respondió masivamente y siempre tendré una gratitud eterna. No tengo miedo, mi vida científica ha sido sana y limpia.

Elija uno de los 14 consejos que desgrana en «Lla vida en cuatro letras»

Elijo dos. El más importante es que debemos ser responsables de nuestra salud. El segundo: aceptar la imperfección. Somos imperfectos y vulnerables y la sociedad actual nos dice lo contrario. Nos está engañando. Nunca seremos inmortales y nunca seremos perfectos.