Lápida de Saturina
Lápida de Saturina - Museo Arqueológico Municipal de Cartagena

La antigua maldición a los profanadores de tumbas

En la Edad Media se amenazaba a quienes perturbaran el descanso del muerto con «correr la suerte de Judas»

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«El que, faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos será castigado con la pena de prisión de tres a cinco meses o multa de seis a 10 meses». Esa es la pena que establece el artículo 526 del Código Penal para los profanadores de tumbas en España, una condena que no ha impedido que en los últimos meses se hayan violado sepulturas en los cementerios de Brenes (Sevilla), Viana (Navarra), Algar de Palancia (Valencia) o Petrer (Alicante).

A quienes violentan las tumbas siempre se les ha intentado hacer frente con la ley en la mano, pero quizá porque estas penas no resultaban lo suficientemente disuasorias, antiguamente se amenazaba a los delincuentes con una curiosa maldición. «Si alguien removiera este sepulcro, sea partícipe de la suerte de Judas», reza una lápida hallada en Córdoba y fechada en el siglo VI que incluye debajo el garabato de un ahorcado.

En la Edad Media, correr la suerte de Judas Iscariote era la peor de las condenas a las que uno podía enfrentarse. El Evangelio de San Mateo cuenta el trágico final de este discípulo de Jesús de Nazareth que, tras entregar a su maestro por 30 monedas de plata, se arrepintió, tiró el dinero en el Templo y se ahorcó de un árbol. El episodio adquiere tintes mucho más pavorosos en los Hechos de los Apóstoles (1,16-18), donde el apóstol Pedro dice que Judas «con el salario de su maldad se compró un campo, se tiró de cabeza, su cuerpo se reventó y se desparramaron sus entrañas». Según este texto, el hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, que llamaron a aquel lugar el Campo de Sangre.

El suicidio de Judas, de Giovanni Canavesio (1491)
El suicidio de Judas, de Giovanni Canavesio (1491)- Wikipedia

La traición, el remordimiento, el ahorcamiento, el lugar tenebroso y sobre todo el reventamiento del cuerpo de Judas «dibujan, en su conjunto, una secuencia terrorífica, violenta y miserable» que llegó a convertirse «en un lugar mítico infernal, un Hades maldito», según señaló el historiador Sabino Perea Yébenes en su estudio sobre «La mención a Judas Iscariota en epitafios latinos cristianos de la Hispania visigoda y bizantina» publicado en la revista Myrtia en 2006.

Aún en otro antiguo texto de Papias, obispo de Hierápolis en el segundo cuarto del siglo II, se dan detalles aún más truculentos del tormento de Judas, cuya carne «se hinchó hasta tal punto que no podría pasar por donde un carro lo hacía fácilmente» y de cuyo cuerpo «fluía pus con gusanos». El lugar donde murió fue «abandonado por causa del hedor y hasta el día de hoy nadie puede pasar por aquel lugar sin taparse la nariz con las manos. Tan grande era el hedor de su carne, que se extiende también sobre la tierra», se relata en el 4º libro de las «Exposiciones de las Palabras del Señor».

A este lugar maldito y terrible se enviaba a los profanadores de tumbas o este era el final que se les deseaba cuando se escribía en un sepulcro la fórmula «cum Iuda partem habeat» o similar. En el Museo Arqueológico Municipal de Cartagena se conserva una placa funeraria del siglo VII de una niña de 6 años llamada Saturina, en la que se advierte: «Si alguien intentare cualquier cosa en este monumento, tenga parte con Judas Iscariote».

Otra lápida hallada en Cárchel (Jaén) reza: «Este es el sepulcro de Teudesinda, si alguien lo remueve marche con el traidor Judas y el fuego...» y en Asturias, en un sarcófago del siglo X desenterrado en 1984 en Puelles se desea al que removiera la piedra de un sacerdote llamado Juan y depositara en la misma otro cuerpo que pereciera «con el traidor Judas».

La lepra de Giezi

A veces, ni siquiera el destino del personaje más odiado para los cristianos era suficiente castigo para un delito tan sensible, si la víctima era además un hombre de iglesia. En Mérida, el epitafio de un clérigo confesor llamado Eulalio añade una retahíla de maldiciones, a saber: «si alguien quisiere de hecho y de verdad inquietar este monumento mío sea herido con el rayo del anatema, infestado de lepra como Giezi, se complazca en ella; encuentre la suerte de Judas el traidor, y no tenga entrada en la iglesia, y apartado de la comunidad santa sea consorte del diablo y sus ángeles en el daño de los suplicios eternos».

La lepra, considerada una enfermedad maldita, aparece también en otras lápidas junto al nombre del criado del profeta Eliseo. En una inscripción sepulcral de un niño de tres años hallada en Cerdeña, por ejemplo, se amenaza al profanador con tener «parte con Judas y la lepra de Giezi».

Javier del Hoyo, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, señala que en toda la Edad Media y por todo el Mediterráneo se deseó la suerte de Judas. En su estudio « Ne velis violare. Imprecaciones contra los profanadores», Del Hoyo incluye epitafios con esta maldición psicológica hallados en distintos puntos de Italia en Croacia y hasta en Menzel Yahia-Tafekbsite, en Túnez.

«La fórmula "cum Iuda partem habeat" (o variantes) y el hecho de ser incluida como pena o condena por delitos de violación de sepulcros, parece que tiene origen en Rávena, durante los últimos años del reinado de Heraclio», afirma Sabino Perea en su análisis. De Rávena se extendió por Italia y el Mediterráneo, en particular por la Península Ibérica.

En el IV Concilio de Toledo, que presidió Isidoro de Sevilla en el año 633, el apartado de castigos a quien atente contra los reyes y la unidad de la patria concluye deseando que «el tal y sus compañeros tengan parte con Judas Iscariota». Y de estas actas conciliares que reproducen y fomentan la maldición, pasó a ser incluida en algunos edificios para prevenir su integridad, según destaca Perea. En el conventín de Valdediós, en Asturias, se encuentra una de ellas. Allí se grabó sobre una puerta que «si alguno tratare de llevarse nuestros dones, que aquí en tu honor pusimos, que sufra una terrible muerte, entre males sin fin, que deplore su futuro en compañía de Judas».

La figura del discípulo traidor quedó tan grabada en el imaginario que, tal como recuerda Javier del Hoyo, «Dante creará en La Divina Comedia un sector del infierno llamado Judaica, adonde van los ladrones y traidores de amigos (como Judas)».