Dos de las alumnas que consiguieron cambiar la sentencia, junto con el protagonista de la historia, Valentino Dixon - ABC

Unas alumnas de Georgetown logran que un hombre salga de prisión 27 años después de un crimen que no cometió

El caso de Valentino Dixon fue uno de los que estudiaron en un curso codirigido por un abogado que pasó injustamente 17 años en la cárcel

Carlos Pérez Cruz
Corresponsal en WashingtonActualizado:

Valentino Dixon es un hombre afortunado. Puede sonar irónico, pero es así. Lo es a pesar de que la justicia le ha mantenido entre rejas durante 27 años. Entró en la cárcel con 21 para pasar allí el resto de su vida por un crimen que no cometió y salió libre hace tan solo unos días. De no haberse producido un giro de guión, a Valentino le faltarían todavía doce años para poder solicitar la libertad condicional, su única rendija al exterior de la cárcel durante casi tres décadas.

Dixon ha tenido suerte porque en Estados Unidos ha habido, hay y posiblemente habrá otros muchos encarcelados en su misma situación. Solo en los dos últimos años, más de 300 presos han salido en libertad después de que se revisaran sus condenas. Son las cifras que maneja Marty Tankleff, abogado que pasó diecisiete años en la cárcel por un doble asesinato que tampoco cometió: el de sus propios padres.

Tankleff salió libre en 2007 y ahora, junto a Marc Howard, profesor en la Universidad de Georgetown, trabaja para ayudar a personas que consideran injustamente encarceladas. Los casos de éxito son escasos porque, según Howard, en Estados Unidos «los fiscales casi siempre se oponen a liberar a alguien aunque se haya probado que fue condenado de manera errónea».

Marty y Marc, que se conocen desde la infancia, dirigieron hace unos meses en Georgetown un curso cuyo objetivo es estudiar casos de condenados que llevan años clamando por su inocencia. En uno de ellos, el de Dixon, se concentraron Julie Fragonas, Isobella Goonetillake y Naoya Johnson, tres alumnas cuyo trabajo ha resultado crucial para cambiar el curso de los acontecimientos.

Marty Tankleff y Marc Howard, profesores que dirigieron el curso sobre personas injustamente encarceladas
Marty Tankleff y Marc Howard, profesores que dirigieron el curso sobre personas injustamente encarceladas - ABC

La pesadilla de Valentino Dixon empezó de madrugada el 10 de agosto de 1991 en Buffalo, Nueva York. Estaba comprando cerveza cuando oyó unos disparos. Salió a la calle a mirar y, al ver la escena, corrió a su coche para largarse de ahí. Valentino estaba en libertad bajo fianza por tráfico de cocaína y no quería problemas. Se había producido una pelea que acabó a tiros y dejó un muerto, Torriano Jackson, y varios heridos. Al día siguiente, la policía detuvo a Dixon. Valentino estaba tranquilo. ¿Cómo no estarlo cuando la zona estaba llena de testigos?

Más tranquilo se debió de quedar cuando a los dos días el autor del asesinato confesó ante las cámaras de una televisión local. LaMarr Scott, que tenía 19 años, explicó que él había disparado y que «la razón por la que [Torriano] murió es porque yo no logré controlar la automática». ¡Caso cerrado! Sorprendentemente, Scott no fue ni detenido cuando, acompañado del padre de Valentino, se entregó a la policía.

El fiscal Chris Belling acusó al padre de haberlo coaccionado para declararse culpable. Sin embargo, salvo cuando fue presionado por el fiscal, LaMarr Scott ha reconocido siempre ser el autor del crimen. También el pasado miércoles ante la corte que dejó libre a Dixon. Ironías del destino, dos años después de los hechos, Scott se convirtió en compañero de prisión de Valentino por dejar tetraplégico a un adolescente en otro tiroteo.

El tiempo pasaba y Dixon se pudría en la cárcel. Había estudiado arte en el instituto y sus dotes para dibujar le servían para evadirse. Con pinceles y pinturas prohibidos en prisión, Valentino se apañaba con lápices de colores. Inopinadamente, su suerte empezó a cambiar el día en que el alcaide le pasó una foto del hoyo 12 del Augusta National, el campo en el que se celebra el famoso campeonato de golf, y le pidió que lo dibujara. Fue el primero de cientos de dibujos de golf que hizo Dixon. La hierba, el cielo y el agua de esos paisajes le hacían sentirse mejor. Envió algunos de ellos a la revista especializada Golf Digest.

En 2012, Golf Digest hizo un reportaje sobre él y puso el foco mediático sobre el caso. Su hija, Valentina, recaudaba fondos vendiendo los dibujos, pero Valentino languidecía entre apelaciones rechazadas y perdones que nunca llegaban. Hasta que las tres alumnas de Georgetown encontraron petróleo. Durante la entrevista que hicieron al fiscal del caso, Chris Belling, éste se mantuvo inmutable. Pero soltó una bomba: los análisis de pólvora en la ropa y las manos de Dixon habían dado negativo. Nunca lo comunicó a la defensa, algo a lo que están obligados desde una sentencia del Tribunal Supremo de 1963. Su hallazgo fue fundamental para que, desde el pasado miércoles, Valentino Dixon sea un hombre libre.