Tocamientos

El problema estará en saber qué tocamiento es permitido o no, que ya sabemos cómo somos en ese terreno

Antonio García Barbeito
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Por lo común, una mano atrevida era castigada con una bofetada, sin esperar a más juicio que la sensación de saberse tocada. Ni tú ni ella habíais acordado nada, pero allí donde la umbría se aliaba con la calentura, la mano era la mano cuando buscaba la carne de clausura de la pierna con media: «…Y cómo temblaba el pulso / del tacto al tocar la liga, / aquella estrangulación / elástica y fronteriza…» El acuerdo se firmaba con tinta de silencio en una encogida actitud de animalillo indefenso y entregado. Mandaba la mano del varón, mandaba el roce. La mano tenía entonces, cuando entre los enamorados había ganas de darse, licencia de fronteras; de los brazos, primero; de los hombros, más tarde; de las rodillas…

Lees que cualquier tocamiento no consentido será considerado abuso sexual, y penado con cárcel. Y te parece bien, aunque temes que haya tocamientos consentidos que a mitad de faena la tocada decida que a partir de ahí es delito. Te acuerdas del silicio con el que un Luis Cernuda propenso a los muchachos se ceñía en la intención, cuando los contemplaba desde lo que el poeta consideraba su vejez: «Mano de viejo mancha / el cuerpo juvenil si intenta acariciarlo. / Con solitaria dignidad el viejo debe / pasar de largo junto a la tentación tardía…» El mismo Cernuda que había dicho, con cuánta dolida sensualidad, «Un roce al paso, / una mirada fugaz entre las sombras, / bastan para que el cuerpo se abra en dos, ávido / de recibir en sí mismo / otro cuerpo que sueñe; / mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne, / iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo. / Aunque sólo sea una esperanza / porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe…» Por otro lado, y quizá por lo mucho que lo conocí y lo traté, prefiero el Montesinos sensual, antes que al místico; el Montesinos con un punto poéticamente sátiro, el Montesinos que miraba a las muchachas por la calle como quien mira de reojo el pecado: «Ay, qué pena me da verte / intentándome asustar / con otro fuego. Pecar / es dejarte y no tenerte…» Ay, Rafael, «que te pierdes, que te pierdes…»; sí, piérdete: «Vayan mis labios derechos, / ahora que nadie nos mira, / hacia la dulce mentira / levantada de tus pechos…» El problema ahora, Rafael, estará en saber qué tocamiento es permitido o no, que ya sabemos cómo somos en ese terreno, no me toques, que te mato; o te mato, si no me tocas. Mejor, esto: «Por los caminos del tacto, / Braille de amor y de prisas, / yo fui aprendiz del deseo. / A ciegas por tus provincias, / se licenciaron mis manos / en la total geografía.» En todo esto, que Dios ponga su Mano… Y que no lo denuncien.

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