EL RECUADRO

No me creo lo de ETA

Las estructuras de la ETA se han disuelto. Pero esas ideítas no hay quien se las quite a sus seguidores, activistas y votantes

Antonio Burgos
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No se han rendido ni disuelto como un azucarillo, según han anunciado y escenificado, haciendo de locutor la voz de metralla y tiro en la nunca de Josu Ternera. Que, por cierto, si está huido, ¿por qué no mandamos una orden internacional de busca y captura, como hicimos con Puigdemont hasta que nos encontramos con la Justicia alemana? Sostengo que la ETA, como la materia, ni se crea ni se destruye: se transforma y se mete en las instituciones en forma de Bildu. Prueba de ello es que siguen hablando del «conflicto». ¡Qué tíos más pesados con el conflicto: que si el conflicto para arriba o el conflicto para abajo! No, miren, señores asesinos de la ETA: aquí no ha habido más conflicto que ustedes, que asesinaron a 853 inocentes, secuestraron, extorsionaron, amedrentaron a España entera y enviaron muy lejos de las Vascongadas a los que llamaban «comandos» (que era pandillas de pistoleros) para que nos quitaran del tabaco a las voces que querían callar, metiendo el miedo en el cuerpo a toda España. (En este punto, lo digo como en el cante: «Lo digo por experiencia/porque a mí me ha sucedío», ¿verdad, Carlos Herrera?).

Me parece que hay por ahí quien se está queriendo ganar el premio Nobel de la Paz y se llama Rodríguez Zapatero. Que fue quien, con la claudicación del Estado ante los intereses de los asesinos etarras, hizo que se llegara a este punto del paripé final del aireado y pregonado Proceso de Pazzzzz. Ha sido una trágica comedia en varios actos que ha tenido su final en la conferencia del Palacio de Arnaga en Cambo (Francia). Pero no han entregado las armas, como anunciaron. Cierto que han sido derrotados por el Estado de Derecho, por los jueces, por la Guardia Civil, por la Policía Nacional. Pero no han tenido que sacar bandera blanca. Porque han sido derrotados, pero desde nuestro punto de vista: los militares ya no tienen que mirar bajo del coche antes de arrancarlo por la mañana para ir al cuartel, ni tenemos que llevar escolta los que estábamos amenazados por ese «comando Andalucía» que una tarde vino a por nosotros y no nos encontró por obra y gracia de la Virgen de los Reyes. Renunciaron a las armas porque ya no las necesitaban: estaban en las instituciones, en las alcaldías, en las concejalías, en el Parlamento vasco, transformados en Bildu. Concedamos la tesis más generosa: las estructuras de la ETA se han disuelto, anuncian. Pero esas ideítas no hay quien se las quite a sus seguidores, activistas y (ahora) votantes y agitadores.

Y lo que queda de la ETA, que es todo, está por lo que está: por iniciar nuevos caminos, no sé si a la catalana, para la independencia. Y para algo que más cercano y que se da mucho más por descontado: la anexión de la españolísima Navarra a las Vascongadas. Cuando los obispos vascos dieron aquel comunicado alegrándose del paripé del fin de la ETA, cantaron la gallina: encabezaba el escrito el señor arzobispo de Pamplona. ¿Qué tiene que ver Pamplona, la hasta ahora españolísima Pamplona de la Unión del Pueblo Navarro, la de la Plaza del Castillo de García Serrano, con el final de la ETA? Pues tiene que ver que van a por ella. Ya no dan tiros en la nuca ni exigen el «impuesto revolucionario», porque para eso cobran de los presupuestos del Estado como cargos electos y grupos parlamentarios. Ahora quieren arrodillar a Navarra, con un artículo de la Constitución que nadie ha leído ni tenido en cuenta: la final Disposición Transitoria IV. Tiemblen en el comienzo de su lectura: «En el caso de Navarra y a efectos de su incorporación al Consejo General Vasco o al régimen autonómico vasco que le sustituya...». Referéndum habemus; o si no, al tiempo. Y acercamiento de presos, ya lo verá usted, aunque Rajoy diga que chirrín-chirrán en las cárceles. A la larga, veremos que el asesinato de Miguel Ángel Blanco, como las otras 853 muertes, ay, fue inútil.

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos