LA FERIA DE LAS VANIDADES

Historia de una víctima

«Era la hora del telediario. En la pantalla vio a su padre llevando el féretro. Vio la fotografía del padrino. Me vio a mí llorando y abrazada a la madrina. Desde entonces…»

Francisco Robles
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Pongamos que se llamaba Julio, y que le decían Julito. Un niño distraído, tirando a abstraído. El maestro se dio cuenta de que así no podía seguir la cosa, y llamó a la madre. Una cita en el colegio como tantas otras. Martes a las cuatro y media de la tarde. Un sol cansado de otoño entraba por una ventana que daba a un patio silencioso. La señora llega puntual. El maestro le cuenta la historia tantas veces repetida. Que si Julito no atiende en clase, que si está en su mundo, que si se dedica a mirar las musarañas. La madre calla. Observa. Y espera su turno.

—Julito era un niño muy despierto, muy espabilado. Vivíamos en Barcelona, en un barrio tranquilo lleno de andaluces y murcianos. Mi marido era policía nacional. Trabamos amistad con la familia de su compañero de patrulla. Bautizamos a nuestros hijos, fuimos padrinos y madrinas, éramos compadres y comadres. Cuando podíamos, nos íbamos las dos familias a la playa si era verano, o al campo para que los niños tomaran el sol en invierno. Hasta que llegó aquella mañana…

El maestro calla, observa, atiende, no se pierde ni una palabra del relato. La mujer lo mira de frente. No quiere que se escape ni un matiz.

—Mi marido y nuestro amigo del alma estaban patrullando. De pronto, una moto que se detiene junto al coche. Disparos. Mi marido puede ocultarse y llega a repeler la agresión. Pero el padrino de Julito cae en el acto. Una bala le atraviesa la cabeza, y otra le rompe el corazón. Al día siguiente fue el entierro. No teníamos con quién dejar a Julito. Además, estábamos bloqueados. Imagínese. Se quedó solo en casa. Con la mala suerte de que puso la televisión. Era la hora del telediario. En la pantalla vio a su padre llevando el féretro. Vio la fotografía del padrino. Me vio a mí llorando y abrazada a la madrina. Desde entonces…

El maestro recompone la escena, recoge los cristales rotos del coche de policía, las imágenes de la televisión, los llantos y las ausencias, la playa que ya no pisaría jamás aquel niño que sigue llevando, como una losa vacía, el hueco que le dejó su padrino. Sus primos, porque así los llamaba aunque no tuvieran su sangre, superaron la pérdida del padre mejor que él la de su padrino. Cosas de la edad, de los sentimientos, del carácter de cada uno.

—Desde entonces, Julito es otro. Mi marido sufrió una depresión que estuvo a punto de llevárselo por delante. Yo no tengo ganas de vivir. Volvimos a nuestro barrio de siempre. Al menos, aquí nos quieren. Pero esto no es vida. Y ya le digo que desde entonces, Julito es otro. A veces no lo reconozco…

El maestro se levanta, despide a la mujer con un apretón de manos, querría darle un abrazo, pero no es la costumbre. Cuando se queda solo en el aula vacía, mira el pupitre donde se sienta Julito, el adolescente al que verá, a partir de ahora, como un héroe. Porque Julito sigue yendo al colegio, sigue esforzándose en olvidar el golpe que le arrancó de cuajo la infancia y que lo sumió en una incertidumbre de la que no sabe cómo salir. El maestro sabe que pasará el tiempo, veinte años o más, y que llegará la hora en que la banda terrorista deje de matar. Y que cuando eso suceda, tendrá que escribir la historia de este héroe anónimo del que no se acordará nadie.

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