LA FERIA DE LAS VANIDADES

Epitafio para un maestro

De verdad no se escribe con tinta, sino con sangre. Y eso lo sabías tú mejor que casi nadie. Sangre de espuelas que nos arañan por dentro

Francisco Robles
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Han pasado casi cuarenta años de aquella lectura que marcó mi oficio de vivir, querido maestro. Ha pasado el tiempo por los cangilones de la vida y por los libros que uno ha leído. Pero ninguno como el tuyo. Los ha habido tal vez mejores, y seguro que peores. Pero ninguno como este Epitafio para un señorito que una mujer acaba de regalarme por mi cumpleaños. Al verlo recordé aquel paseo a la Biblioteca Pública, aquel dolor al dejarlo en el mostrador de las devoluciones, aquella pérdida que creía irreparable cuando no sabía, muchacho aún ignorante de los placeres de la madurez, que esa novela me haría escribir la de mi vida, y que la relectura es disfrutar dos veces de la lectura. Y de mí mismo.

Aquella forma de contar la decadencia de una clase, de una estirpe macerada en vino viejo, se me quedó grabada. Hasta hoy. Hasta que he escrito una novela con un título tan parecido que es el mismo en la vértebra de su esencia. Y esa deuda con el maestro me la ha pagado el Ateneo de Sevilla con el mismo premio que ganaste en 1972. Lo pienso y me quedo perplejo. Me corre un escalofrío al pensar en aquel joven que te leía como si estuviera bebiéndose el mundo. Que eso fue lo que hice con un ejemplar prestado. Como el que releí el verano pasado para gozar de esa estructura basada en mi amado perspectivismo. Libros prestados. Usados. De ida y vuelta. Como la vida misma, maestro.

Al cabo de los años escribo en este mismo ABC donde te leía. Y una mujer que es la Mujer me ha regalado tu libro. Tenía que ser ella. «Para el niño de la calle…» Ella es la protagonista de mi novela. La que salva al personaje que tiene nombre de torero, y que se parece a mí más que la imagen que está en todos los espejos a los que me asomo. Porque escribir de verdad es contar la vida que bulle por dentro. Porque de verdad no se escribe con tinta, sino con sangre. Y eso lo sabías tú mejor que casi nadie. Sangre de espuelas que nos arañan por dentro. Sangre verde de una Andalucía que cuenta con novelas descomunales que duermen el sueño de los anaqueles y del olvido.

No voy a escribirte ningún epitafio. Me voy a desmentir a mí mismo como un pintor hace cuando traza sus arrepentimientos. Como un novelista cuando un personaje le cambia el final a su novela. Seguirás vivo, a nuestra manera, mientras un lector vuelva a bañarse en el río de tu prosa para dejar por embustero a Heráclito. Cada día escribes mejor, maestro. Cada día me pega más hondo el pellizco de esas frases hirientes que van más allá de la metáfora. Cada día es más digno de lástima aquel señorito que no tuvo valor para estrellar su coche contra el árbol de la niebla.

Me gustaría decírtelo a la cara, pero esa niebla de la muerte se ha puesto entre nosotros. Por eso te lo escribo. Como le escribo cositas a mi padre para que las lea en la edición del ABC que llega adonde no llega nadie. Te lo escribo junto al mar de Cádiz. A las cinco de la tarde. Cuando el niño pone los huevos de la memoria en la herida del desengaño. Cuando remato este epitafio vital y luminoso con las dos palabras que te nombran por encima del tiempo, Manolo Barrios...

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