DELIRIUM TOPIC

#Duelo

Daniel Ruiz
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Sé que no tengo derecho a hacerlo. Sé que es fácil opinar cuando no se ha estado ahí, soportando largas madrugadas frente a la cama sin deshacer de la hija desaparecida, o ya directamente muerta. Asesinada. Sé que no estamos al mismo nivel: él llegó ahí después de destrozarse los nudillos contra la rabia, después de caer en picado sobre la oquedad implacable de la ausencia.

Pero aun así, lo siento, no puedo evitarlo. Siempre que lo veo ahí, en los informativos de prime time, repartiendo abrazos y condolencias, animando a otros padres con la herida de la desaparición aún demasiado reciente, todavía supurante, o bien haciéndose una foto junto al político de turno, el gesto resiliente impecablemente ejecutado, no puedo sino sospechar. Sé que está mal que lo haga, yo, que escribo estas líneas mientras mis hijos descansan plácidamente en sus camas, pero sería traicionarme si no dijera que me chirría su puesta en escena, porque intuyo su artificiosidad, que sabe que nadie le podrá reprochar, ya que el dolor por los hijos muertos y el respeto por sus padres no admite réplica. Es miserable contestar al que perdió tanto, pero yo me pregunto si el duelo debe tener esa forma, yo, que no he llorado a un hijo muerto pero sí a familiares muy cercanos, y que sé que la ausencia no la completan las palabras ni mucho menos las cámaras sino más bien el silencio. Cada vez que desaparece un menor, cada vez que una nueva grieta se abre sobre el corazón de la tierra para tragarse a un niño, lo veo en televisión, renovando los votos de su amargura profesionalizada, padre coraje, predicador compasivo, siempre a la cabeza de las manifestaciones de condena. Ninguna prisión permanente revisable, pienso, le traerá la calma. No mientras siga confundiendo duelo con oficio.

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