OPINIÓN

El mercado que me conviene

A menudo el buen camino, sobre todo en política, no es el mejor que podemos seguir

Actualizado:

En esta vida hay unas cuantas enseñanzas que voy atesorando como el niño que se guarda las conchas más blancas y lisas de la orilla. Unas son inconfesables, otras sólo las comparto tras un soborno fermentado y las menos las repito con insistencia de cuñado en Nochevieja. Entre éstas últimas está aquella de que, a menudo, la realidad se nos separa en dos caminos: el que está bien y el que nos conviene. Y es mejor no equivocarse porque si el buen camino promete hacernos dormir mejor, el conveniente es el que procura las camas más cómodas.

El escenario político actual, tanto a nivel nacional como provincial, nos confirma que muchos están eligiendo bando buscando las sábanas más suaves, aunque eso suponga empujar a quien, hasta hace dos días, era compañero de himeneo. Muchos de quienes se burlaron de Casado cantan ahora sus alabanzas y creen parusía lo que hasta ayer era desvarío. Tanto monta con Soraya, aunque presenta el problema de que tiene lleno el carro al que muchos se quieren montar en marcha.

En Cádiz, una callada legión está buscando hueco en la mesa del rey Fran Arturo González, que lo logró el Excálibur de que lo pensaba que estaba bien al final fue lo que más le convino. A él y sus fieles, como demuestran los nombramientos de dos de sus concejales como subdelegado del Gobierno y delegada de Zona Franca. No les faltan méritos, pero a quien le falta padrino al final no tiene quien le bautice, aunque la fe le rebose por las orejas. Los gélidos con González quieren ahora arrimar su sardina a este sol que parece calentar tanto.

Aunque bien pensado, lo que conviene, a la larga, tampoco es tan diferente de lo que está bien. El repaso de las traiciones que fuimos cometiendo cada uno de nosotros nos deja una ristra de cadáveres tan larga como justificaciones para clavar el puñal. Rodrigo Rato, ese don Quijote anticorrupción al que un golpe de molino económico lo volvió tan cuerdo que hubo que encerrarlo, lo resumió perfectamente al tratar de justificar su cruzada latrocida: «es el mercado, amigo». Un mercado donde se ponen y quitan lealtades con la misma facilidad con la que se adoba unos trozos de maloliente cazón.