OPINIÓN

Estar de paso

Al blanco en África se le denomina ‘mzungu’, que en kiswahili viene a significar el que está de paso

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A la caída de la tarde en la bahía de Biscayne, el mundo suelta el lastre del color, que no es otra cosa que distracción. El verde vegetal del agua es ahora un tono pardo. No hay rastro del amarillo pálido de las patas de la garza blanca, alta. Ese pájaro dispone para picar el suelo de un asombroso cuello de manguera que después siempre recoge como un aragonés cuando sopla el cierzo. Durante el día, el cormorán negro nos observa desde lo alto del poste del embarcadero con disimulada inquisición y abre al viento sus alas para que la brisa las seque. De pronto, ya no está allí y vuelve al manglar volando sobre nosotros convertido en una flecha de oscuridad decidida. Sin esperarla, la noche nos ha sorprendido en el trance de esperar la picada de la pesca y ahora, cuando levantamos la vista, el mundo es otro, algo más quieto, algo más líquido.

El movimiento de las cosas ha perdido de golpe casi todas sus referencias. Sobre el mar, ahora de mercurio espeso, se elevan las nubes de mosquitos y muy de vez en cuando quiebra esa línea mansa de agua la nariz de un manatee buscando el aire, la aleta rota del delfín, el salto de una manta raya en un vuelo torpe que termina en un estruendo o el lomo de algún pescado voraz que recuerda que bajo la superficie ha comenzado ya la masacre. También al fondo, más allá del mar y la línea negra del manglar lejano, suben al purgatorio en ascenso constante las luces de los aviones que parten llenos de gente que se va. También reverbera la luz de los rascacielos del Downtown, coronados de luces rojas y verdes.

Un poco más al norte en el distrito de Wynwood, tapizado de graffitis, gente se hace selfies con obras de las que no sabe nada ni nada les importa. El mundo en una pantalla de un teléfono. Allá a lo lejos como un oasis de depredación, asfalto y cristal, saxofones, deportivos, yonquis en las cunetas, camareras sobre las barras, propinas, valets, promesas del arte contemporáneo, faldas cortas, bolsos de lujo, bongos, maracas, coco, quinoa, silicona y cocaína. Cada noche, Miami se devora a sí misma.

A lo lejos, sentado al borde del mar uno comprende por qué está allí. El viajero constantemente busca raíces con las que asentar su estancia, pero este pensamiento, casi esta revelación mágica del tránsito sobreviene cuando uno comprende que está en un sitio -y lo está de verdad- porque podría estar en otro. La renuncia al arraigo, el deseo de ir y la capacidad de sorpresa constante hacen posible la epopeya.

El que viaja –no el turista– sabe siempre que está de paso y no debe ceder a la tentación de quedarse porque echar raíces en cualquier lugar es matarlo. En el este de África solucionaron este asunto con habilidad lingüística, pues no distinguen entre blancos y negros, si no que califican al turista según el tiempo que se va a quedar. Al blanco en África se le denomina ‘mzungu’, que en kiswahili viene a significar el que está de paso. El que se va pronto, el que disfruta de las cosas porque en el fondo comprende la realidad aterradora de que quizás no las vuelva a ver nunca.

Estar de paso es la única manera de estar en la vida.